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En cada ciclo electoral colombiano hay una tentación recurrente: confundir ventaja con victoria. Las encuestas, los porcentajes y las tendencias suelen alimentar una sensación de certeza que, en realidad, está lejos de ser definitiva. El reciente análisis publicado por Revista Sur invita justamente a cuestionar ese triunfalismo prematuro y a mirar con más atención a un actor que, aunque silencioso, puede definirlo todo: los indecisos.
No se trata de un grupo marginal. Por el contrario, estamos hablando de un porcentaje considerable del electorado —cercano a la mitad en algunos momentos— que aún no toma una decisión clara. Este dato, por sí solo, debería ser suficiente para desmontar cualquier narrativa de victoria anticipada. Porque en política, liderar entre quienes ya decidieron no equivale a haber ganado el respaldo de la mayoría.
El fenómeno de la indecisión no es nuevo, pero sí cada vez más relevante. Refleja, en buena medida, una ciudadanía más crítica, menos alineada automáticamente con partidos o liderazgos tradicionales, y también más desconfiada. No decidir no siempre es sinónimo de apatía; muchas veces es una expresión de duda razonada frente a propuestas que no terminan de convencer o frente a un sistema político que no logra generar plena credibilidad.
Aquí es donde la política enfrenta su verdadero desafío. No basta con consolidar una base de apoyo fiel ni con dominar la conversación pública entre convencidos. El reto está en construir confianza en un terreno más complejo: el de quienes observan, comparan, dudan y posponen su elección. Este segmento exige algo más que eslóganes o promesas generales; demanda claridad, coherencia y, sobre todo, cercanía con sus preocupaciones reales.
El triunfalismo, en este contexto, no solo es prematuro sino también contraproducente. Puede generar una desconexión con esa franja indecisa al transmitir una sensación de autosuficiencia o de falta de escucha. Cuando un proyecto político se percibe como seguro de su victoria, corre el riesgo de dejar de persuadir y empezar a asumir apoyos que aún no existen.
Por el contrario, reconocer la existencia y la importancia de los indecisos implica adoptar una actitud distinta: más humilde, más abierta y más estratégica. Significa entender que la elección no está definida y que cada voto aún debe ser ganado. También implica aceptar que la política no es solo competencia, sino diálogo.
En últimas, los indecisos representan el verdadero campo de batalla electoral. No porque sean volátiles o impredecibles, sino porque encarnan la posibilidad de cambio. Allí donde aún no hay una decisión tomada, existe espacio para la argumentación, la escucha y la construcción de confianza.
Ignorar este hecho es un error. Subestimarlo, un riesgo. Pero comprenderlo y actuar en consecuencia puede marcar la diferencia entre una victoria aparente y una real.













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