Ahorita que ando medio (bueno, ¡bastante!) desconectada de la política, me di cuenta de algo que me dejó cavilando más que la noticia: la burbuja se rompió; no como pensábamos.
Seguramente han leído por ahí sobre una de las tantas joyitas que se viene aventando el régimen con la reforma judicial: ya la UIF puede congelar cuentas bancarias sin que un juez meta las manos. Así, por sus pistolas. En otro momento, esto habría sido un escándalo nacional, marchas, el grito en el cielo.
¿Hoy? En mis cuentas personales, cero. En el algoritmo de la “gente normal”, el tema ni asoma la cabeza. Y lo más fuerte es que, en la vida diaria, nadie lo está platicando.
Crónica de un berrinche anunciado
La verdad, no me sorprenden en lo más mínimo las atrocidades que está haciendo MORENA. Al que le caiga el saco, que se lo ponga: esto se veía venir desde hace kilómetros. No tiene la culpa el indio, sino el que lo hace compadre. Todo esto empezó desde que el “mesías de Macuspana” andaba en campaña y, cuando no le salieron las cuentas, se inventó que Calderón le robó la elección.
¿Se acuerdan del ridículo monumental de autoproclamarse “presidente legítimo” y armar su numerito en el Zócalo? Desde ese berrinche histórico quedó claro que las instituciones y el Estado de Derecho le estorbaban. El que avisa no es traidor, y nosotros llevamos años viendo cómo este tren se perfilaba para descarrilarse. Es el eterno “I hate to say, I told you so”, pero ya hasta flojera da repetirlo.
La fatiga de la atrocidad
Me puse a pensar a qué se debe y llegué a una conclusión francamente triste: nada nos sorprende.
MORENA ha hecho de la “atrocidad” su pan de cada día, y el cerebro humano no puede vivir en estado de alerta permanente. Llegamos a un punto de cinismo en el que el gobierno puede desmantelar el sistema judicial y nosotros apenas parpadeamos.
Nos aplicaron la clásica de la rana en el agua hirviendo: subieron la temperatura tan gradualmente que ni sentimos cuando el agua empezó a quemarnos.
El muro de cristal de los algoritmos
Lo que más me vuela la cabeza es cómo la conversación se quedó atrapada. Si no estás metida activamente buscando el chisme político, el mundo avanza como si nada. El algoritmo nos está haciendo un favor y un daño al mismo tiempo: nos ahorra el coraje; nos quita el termómetro de lo que estamos perdiendo.
La gente no está indignada porque, para indignarse, primero tienes que creer que las cosas podrían ser diferentes. Y a estas alturas, entre la resignación y el bombardeo de estupideces en TikTok, parece que simplemente aceptamos el guion que ya sabíamos que iban a escribir.
¿Ustedes también sienten que ya llegamos a ese punto en el que solo queda ver el choque de trenes en cámara lenta mientras seguimos con nuestra vida?













Comentar