![]()
La oficina del banco tenía ese silencio aséptico propio de los lugares donde el dinero ya no se toca, solo se imagina. Frente a mí, el cajero —un joven con sus ojos fijos en la pantalla—.
—Lo lamento, caballero —dijo, sin mover un solo músculo de la cara—. He escalado su caso hasta los niveles más profundos del sistema. La respuesta es definitiva.
—¿Definitiva? —repetí, apoyando mis manos nudosas sobre el cristal—. Solo quiero retirar mi pensión. Es mi dinero.
—Para el sistema, usted no existe —soltó, como quien anuncia que va a llover—. Sus huellas dactilares están borrosas; los sensores de biometría no encuentran relieve. Y el escáner ocular… bueno, hay una inconsistencia. No sabemos si es un error biológico o una falla técnica de nuestra interfaz. No hay registro de vida validado.
—¿Que no existo? —mi voz vibró con la fuerza de mis ochenta y tres años—. Estoy aquí, joven. Camino, pienso, respiro y, si me apura, tengo la lucidez suficiente para insultarlo en tres idiomas diferentes. Estoy presente. Toque el vidrio, sienta mi aliento.
El cajero no se inmutó. Sus dedos ejecutaron una última secuencia en el teclado, una especie de plegaria digital. Esperó un segundo. La pantalla parpadeó con un mensaje que decía:
—Se me sale de las manos, dijo la máquina —repitió el cajero, textualmente—. Y por lo tanto, a mí también. No hay nada más que hacer.
Me quedé en silencio. Pasaron unos dos minutos. Yo lo miraba a él, buscando un rastro de duda, una chispa de rebeldía contra el código, un gesto de solidaridad humana. Pero el cajero permanecía inerte, con la mirada perdida en el vacío, esperando que mi “no existencia” por fin se retirara físicamente.
Mientras me ajustaba el abrigo para salir al mundo que ya no me reconocía, llegué a una conclusión desoladora: en estos tiempos, es mucho más probable que una máquina llegue a tener manos, a que el personaje que tenía enfrente volviera a recuperar la verdadera funcionalidad de un cerebro humano.













Comentar