¿Por qué soy ateo? | Introducción a mi diario filosófico

Si le pregunto a la gente si cree en la vida, no entienden lo que les pregunto. Es una pregunta equivocada: puede significar tanto que, al final, no significa nada.
Por eso les pregunto si creen en Dios. Y si me contestan que sí, entonces sé que no creen en la vida.

— Kira Argounova, “Los que vivimos”, Ayn Rand (1936)

La respuesta corta: porque amo mi vida y todo lo que ella implica. Pero habrá que explicar más al respecto. Y qué mejor momento para hacerlo que en el inicio de la semana más irracional del año.

Siendo los humanos seres racionales y emocionales, nos es natural tratar de entender —especialmente a nivel emocional— cómo funcionan las cosas y por qué suceden. Existen aspectos que no solo son contraintuitivos —como cuando se formula que el tiempo dejará de existir en el colapso gravitatorio de la masa de una estrella, creando un agujero negro—, sino que son ininteligibles en lo emocional, donde la explicación causal no nos satisface (como cuando llego tarde a un tren que se accidenta: debe haber algún aspecto adicional, la explicación no puede ser “me atrasé”). Empero, no es por causas místicas que la humanidad se ha desarrollado al nivel actual. Por el contrario, es gracias al estudio de la realidad y el desarrollo de la ciencia que la humanidad ha podido alcanzar el nivel de bienestar presente. Entonces, es por medio de la racionalidad y la evidencia que también podemos alcanzar ese estado de bienestar a nivel personal; es nuestra mente, anclada en la realidad, la única herramienta que tenemos para ser felices.

Bertrand Russell planteaba que Dios es creado por el humano bajo un impulso muy nuestro: el miedo. Por su parte, Neil deGrasse Tyson señala que Dios es usado exclusivamente en los huecos de nuestro entendimiento, en esos lugares donde no encontramos una explicación que nos dé alivio emocional en el minuto. En las antípodas de estos gigantes del pensamiento humano, se cuentan otros interesantes pensadores que defendían la idea de la existencia de Dios y de la religión católico-cristiana. C.S. Lewis postuló que en todo ser humano subyace un criterio de justicia —de lo que está bien o mal—, siendo ese criterio insertado por Dios en nuestra creación; un criterio que nos permite elegir correctamente, siendo Dios necesario para ello. Santo Tomás elaboró cinco vías que demostrarían, en un intento interesante, aunque insuficiente, la existencia de un primer motor del universo. Asimismo, tenemos autores como San Agustín e Immanuel Kant que afirman que no se puede teorizar sobre la existencia de Dios, que se la debe dar por cierta dadas las limitaciones de nuestra mente, siendo la fe y la obediencia el camino correcto.

La cuestión de Dios cobra relevancia cuando se nos imponen, como obligaciones o deberes morales, ciertos mandatos supuestamente establecidos por él. No basta con sostener que uno debe adoptar un estilo de vida determinado, sino que se exige educar a los hijos bajo ese mismo esquema, y es deber de uno mantener ese estado espiritual, alejándose de los que no están en ese camino, pues su comportamiento es contrario al “carácter cristiano”. Adoptar un modelo de conducta como verdadero y correcto, utilizando el mero dogma de la fe como fundamento —sin comprender nuestra naturaleza humana ni el funcionamiento de la realidad que nos rodea—, es el peor pecado contra la propia vida y contra la de quienes decimos amar. La gran mayoría de la humanidad desea ser feliz; y dado que la felicidad, al ser un estado de alegría no contradictoria, surge de la integración de las ideas que aceptamos, las emociones que estas provocan y la coherencia entre ese mundo interno y sus resultados en la práctica, la ética se convierte en la ciencia de mayor importancia para el ser humano. Por lo tanto, el tema de Dios es, en última instancia, un asunto ético.

La ética es la ciencia que estudia lo que está bien o mal; ¿bien o mal respecto a qué? Para decir que algo es bueno o malo necesitamos un estándar de valor y un objetivo; valores que nos sirvan de brújula para hacer tal aseveración. Mire la trascendencia de conocer dicho estándar de valor y el fin último de sus valores. De lo contrario, usted no tiene una guía clara sobre qué valor debe elegir, creando así contradicciones en su comportamiento y un choque emocional en su psiquis. Al no saber cuáles son esos valores que guían su vida y al no poder evidenciar que estos se encuentran respaldados por la realidad, usted termina confundido, lo que provoca ansiedad y dudas profundas, perdiendo el norte de lo que, en su consciente, realmente le importa. Entrará en crisis ya que no sabrá qué decidir; todas las decisiones posibles le parecerán malas y buenas al mismo tiempo. Es así que las famosas crisis generacionales —de los 20, los 30 o los 40 años— son el resultado de no tener una ética clara y/o de tener una ética que no es humanamente posible (es decir, que es impracticable para el ser humano).

Para saber cuál será el valor que usaremos como estándar de valor en nuestra ética, debemos, primero, entender qué es un valor. Un valor es algo que uno busca alcanzar y/o mantener. Entonces, partiendo de la realidad, vemos que ese estándar de valor no puede ser otro que la vida de cada uno. Sin “estar vivo” usted no existe, no puede elegir, no puede siquiera hablar de Dios. Por lo tanto, la vida es ese valor que nos ayudará a ver si ese “algo” es bueno o malo.

Estamos vivos en un mundo que podemos conocer. Ello significa que podemos actuar, podemos elegir. Ya vamos entendiendo que esas elecciones están delimitadas por la realidad (si queremos volar, debemos estudiar las leyes de la realidad y construir un avión que nos lo permita). Por lo tanto, ¿no cree usted que es de orden capital saber cómo funciona el ser humano? La respuesta, aunque parecería obvia, muchos la soslayan deliberadamente. ¿La causa? Miedo y comodidad. Pues para conocer algo debemos enfocar nuestra mente, estando predispuestos no solo a equivocarnos, sino a modificar nuestras creencias; ello requiere de un esfuerzo emocional que no muchos están listos para realizar.

Nuestra naturaleza nos da la seguridad y los límites en nuestra vida, porque podemos conocerla y actuar en consecuencia. No podemos volar, pero sí pensar y crear un avión; no podemos vivir sin comida, pero sí podemos estudiar y aprender a producirla. La clave está en que el humano, por aspectos que no dependen de su voluntad, es un ser conceptual. Esto implica que el conocimiento es almacenado en forma de conceptos y estos se forman cuando aislamos e integramos datos de la realidad. Es decir, el humano percibe aspectos de la realidad por medio de sus sentidos, información que es aislada e integrada por nuestra mente con el objetivo de reconocer los patrones que se repiten o no en la realidad; esos patrones —que luego serán leyes— nos permiten prever lo que sucederá en ciertas circunstancias, dándonos la posibilidad de anticiparnos y aprovecharlo. Entonces, los conceptos revisten carácter fundamental, en tanto que sirven de puente cognitivo entre la realidad y nuestra consciencia, y nos permiten comprimir y seleccionar una cantidad inmensa de información.

La información de la realidad —sobre la que ya no debería haber debate— es de vital importancia para nuestra vida. Usted no va a tomar un remedio si sabe que solo va a perjudicar su salud (salvo que quiera morir). Lo curioso es esto: buscará evidencia sobre lo que le dio el doctor para su enfermedad, buscando saber si es bueno o malo para usted —para su vida—, y no lo hará con las ideas y conceptos que, sin conexión con la realidad, le dicen cómo vivir. Esta es la causa principal de los grandes fracasos humanitarios en nuestra historia. Esa es la causa del fascismo, del nazismo y del comunismo: ideas aceptadas sin análisis de ninguna índole, dogmas aceptados por fe y porque se acomodan a su emoción, destruyendo su mente y la de otras personas.

Dentro de la epistemología, la ciencia que estudia el conocimiento humano, existe una categorización de ciertos errores en nuestro razonamiento que, si se identifican correctamente, permiten superar algunos severos errores. Es así que tenemos “lo arbitrario”. Cuando nos referimos a lo arbitrario, lo hacemos al señalar una supuesta verdad indiscutible, verdad que entraña consecuencias en nuestros argumentos y nuestra conducta. Por ejemplo, que afirmemos que existen varios extraterrestres que nos dicen qué comer, sin que podemos comprobarlo porque ellos viven en una dimensión que está por fuera de nuestra capacidad. No hay forma de comprobar ni refutar esa información. ¿Por qué deberíamos guiar nuestros actos por una supuesta verdad que no podemos comprobar ni refutar?

Junto a esta categorización, hay dos errores epistemológicos de gran calado: la falacia del concepto robado y la falacia del anticoncepto. La primera consiste en utilizar un concepto mientras se niega la validez de sus raíces genéticas, es decir, de uno o varios conceptos previos de los que depende lógicamente (su conexión con la realidad). La segunda se refiere a un término innecesario y racionalmente inutilizable, concebido para sustituir y borrar algún concepto legítimo. El uso de estos anticonceptos genera una sensación de comprensión aproximada. No obstante lo anterior, en el ámbito de la cognición, nada es tan malo como lo aproximado. Necesitamos certeza, por lo menos en lo fundamental de nuestra vida, para actuar. El concepto de Dios, y todas las ideas que de él derivan, es una mezcla de estos tres errores en nuestro razonamiento.

Cuando uno se refiere a Dios, la respuesta, en última instancia, radica en la fe: en “creer”. Son pocos quienes, como Santo Tomás, buscan dar una explicación lógica de Dios. Es más, los creyentes llegan al extremo de ni siquiera conocer estos criterios: “no hay que leer lo mundano, ya que abrimos puertas”, me dijo un pastor una vez. Se cree, pese a la ausencia de evidencia, en la existencia de Dios. Se aduce que no podemos entender el concepto de Dios por su magnificencia y nuestras limitaciones humanas; se aduce que solo se puede comprender la existencia de Dios dándolo por existente y, solo luego de vivir un tiempo bajo su palabra, se lo podrá entender en el sentir (C.S. Lewis). En los hechos, ello se decanta en la aceptación de lo arbitrario: Dios existe sin pruebas. Así, se cae en las falacias mencionadas, pues se busca quitarle propiedades de la realidad y otorgárselas al concepto de Dios, además de no poner bajo examen los elementos que constituyen dicho concepto y que, es evidente, no tienen conexión con la realidad. Ello tiene consecuencias graves en nuestra vida.

Dios no existe; no hay pruebas. Para decir que algo existe no basta con que se lo sienta. Nuestros sentimientos son actos de valoración que realizamos de forma consciente o subconsciente sobre algo; es un sistema emocional automático de premio y castigo sobre lo que aceptamos como bueno o malo. No es prueba de que algo exista. Yo puedo sentir que existen los extraterrestres, ¿por eso van a existir? Absurdo. Lo que uno siente al orar y/o meditar no es la presencia de Dios, es la respuesta emocional a una idea: la creencia de que orar es correcto. No es Dios quien nos hace sentir bien. Al mismo tiempo, esto configura un acto de cobardía racional y emocional, en la medida que nos quita la carga de actuar y decidir, en ese contexto, sobre nuestra propia vida. Por eso muchas personas afirman que Dios es necesario: les permite “descansar” sus problemas en él. En realidad, lo que se está diciendo es: “soy lo suficientemente cobarde como para no hacerme cargo de mi vida”, por muy compleja que pueda ser la situación, dejándole la carga a una figura que no hemos comprobado que exista; en la nada. Pedir ayuda no es malo; en ciertos momentos es necesario. El problema es que, al no buscar ayuda en los profesionales o apoyos correctos, nos sentenciamos a la voluntad de un fantasma que no existe.

Se colige de la “palabra de Dios” —la Biblia— mandamientos y reglas de conducta que se van a premiar o castigar en la eternidad de la próxima vida. Si bien se discute sobre si la salvación se da por gracia y/o merecimiento, todos los creyentes coinciden en que uno debe acatar la Biblia y lo que su pastor o sacerdote diga sobre ella. En los hechos, ello supone un chantaje y una manipulación de las personas que creen, en caso de que no obedezcan arderán en el fuego del infierno por la eternidad. Se enseña a los niños que la realidad es modificable a simple voluntad (oraciones y ayuno) cuando eso no sucede; se les miente a quienes, en teoría, más se ama. La realidad tiene reglas que se cumplen y que nos afectan sin importar lo mucho que oremos. Piense en la criatura que cree que puede modificar los hechos de la realidad orando y, cuando no sucede, la desdicha toma control de ella y se le dice, como consuelo: “no era el plan del Señor”. Cuando, si el actuar es diferente y se enseña a usar la mente correctamente, ese plan sí es posible.

Los sentimientos que forman la base de todo autoritarismo surgen de forma natural. Por un lado, un resentimiento subconsciente. Claro: si a mi vecino “se le dio” y a mí no, ¿será mi vecino el favorito de Dios? La respuesta suele ser: “él está en santidad”. Esto engendra una necesidad aún mayor del beneplácito del líder —una dependencia mayor— para estar yo también en santidad. Y, cuando no se le da al vecino, surge satisfacción por no estar yo tan mal. Además, consideremos un aspecto esencial: si mi Dios es el único verdadero y su camino es la única forma de salvar mi alma, todo lo que vaya contra Dios es un error y un problema que debe ser erradicado. Esto es un llamado a la “guerra espiritual”. Traza amigos y enemigos automáticamente; personas que valdrán la pena y personas que no. “A mis amigos todo, a mis no-amigos ni justicia”, dijo un gran líder fascista.

El problema de Dios también pasa por un tema de control. Por un lado, de quienes viven de los demás diciéndoles cómo deben portarse (y cobrando por ello). Pues, si está en santidad —es decir, con Dios—, ese pastor no puede equivocarse; es Dios quien habla por medio de él. En realidad, son parásitos que creen que tienen una moralidad superior al resto y necesitan que la gente no cuestione jamás su autoridad; si no, ¿de qué vivirían? Son de la misma madera que los políticos que juegan con la esperanza de la gente. Por otro lado, tenemos un conglomerado de personas que viven pendientes de cumplir normas que son inhumanas —imposibles de ser cumplidas— y con el miedo de no poder decidir por sí mismas. Los mandatos divinos son imposibles de cumplir; no corresponden a una realidad humana. Ellos mismos dicen que el ser humano es malo y vil por naturaleza, y que solo Dios puede dignificar la vida. Empero, se debe seguir intentando; “tal vez la próxima Dios nos ayuda”. Es una forma de manipulación emocional milenaria que tiene mayor efecto en personas con menos educación. Al mismo tiempo que se hace sentir culpable al ser humano por el hecho de nacer, se le quita capacidad de reacción, quedando su autoestima por los suelos mientras más se confía en ese Dios que no existe. Pierde toda seguridad en su mente, su única herramienta de sobrevivencia. Lo preocupante es el grado de alteración en la percepción de la realidad: luego de un tiempo prolongado donde se sostiene que todos los logros son por Dios y no por causas específicas y capacidad personal, es natural que aparezcan severas crisis emocionales y psicológicas, buscando estas personas, como una droga, dosis mayores de desconexión.

Se aduce que es gracias a la religión que el mundo de Occidente ha alcanzado un estado de bienestar impensado y la protección de los derechos humanos. En realidad, no fue así. El mundo cristiano, influenciado por el pensamiento pagano de Aristóteles y el ateo de Spinoza, permitió que se consolidaran principios filosóficos cardinales que luego sirvieron de andamiaje a Locke y sus coetáneos para desarrollar una teoría completa de derechos individuales. Es decir, son Aristóteles, Spinoza y los científicos perseguidos por la Iglesia quienes sientan las bases de la prosperidad de Occidente. Es pese a la religión y al concepto de Dios que Occidente se ha desarrollado, no gracias a ellos. Además, se constata un patrón interesante: es incumpliendo los mandatos de Dios como se han logrado los avances más importantes en ciencia y tecnología. La Iglesia siempre se opuso a ellos, intentando silenciar en todo momento a los herejes. Un texto de unas cuantas páginas no alcanza para abarcar el daño que la religión y el concepto de Dios provocan en su totalidad. Es a modo de diario filosófico que se establece el presente, siendo el génesis de la promesa de un texto mayor al respecto.

Conviene subrayar, antes de finalizar, que muchas cosas no las sabemos y no podemos explicarlas. Lo cierto es que no es por ausencia de explicación o conocimiento que se deba afirmar que Dios existe y actúa. Es, más bien, ante la falta de toda prueba de la existencia de Dios que se debe desconfiar de todo mandato moral que salga en su nombre. Porque en la realidad, es un puñado de hombres quienes se arrogan la voluntad divina y terminan diciéndote cómo vivir tu vida y, sobre todo, viviendo de los demás. El humano ha nacido con una mente tan poderosa que ha llegado a la Luna por mérito propio, ha logrado extender la vida en más del doble del promedio y ha mejorado su calidad de vida a niveles nunca soñados. Fue el hombre individual, no Dios. ¿Ahora resulta que estamos en épocas de decadencia porque nos alejamos de su palabra, siendo el fin del mundo el final? ¿Se dan cuenta del grado de depravación en la manipulación? “Si no crees, tu alma sufrirá en el infierno por la eternidad”. Es de cobardes y deja en evidencia la putrefacción moral de las personas que, aprovechándose de la ignorancia y la necesidad de apoyo emocional, buscan manipular dando un supuesto cobijo espiritual donde, al final, lo arbitrario de “es la palabra de Dios” sale a brillar y opaca todo intento de independencia.

Finalmente, es de las “verdades eternas” de lo que uno debe desconfiar. Los peores actos de la humanidad han sido cometidos en nombre de ideales divinos y verdades eternas. Las ideas gobiernan al ser humano. La verdad y la objetividad son contextuales. ¿Qué quiere decir ello? Que lo que es verdad hoy, dado nuestro acervo cognitivo, puede ser diferente ante el descubrimiento y avance de mañana. Podemos estar equivocados. Pero eso no quiere decir que la verdad sea subjetiva, ni que ante la falta de sustento cognoscitivo y en nombre de una humildad nociva, se deba dar por válidas ideas y teorías sin evidencia. Es evidente que el hombre necesita un ancla, cierta seguridad para actuar, y la ciencia nos ha permitido alcanzar un grado de conocimiento suficiente como para construir nuestra vida y alcanzar la felicidad. A tal efecto, se debe dejar atrás creencias sin fundamento e incentivar en la gente la responsabilidad de pensar por sí misma, no que un pastor le diga qué hacer. Pese a que habrá momentos donde uno no sepa qué pasa o cómo actuar, no se pueden ignorar las consecuencias de ignorar la realidad. Peor aún es buscar alivio emocional en formas inhumanas que, luego de un tiempo, explotarán en problemas emocionales y psicológicos que nos harán ver la felicidad como picos momentáneos y no como lo que realmente es: un estado emocional de alegría sin contradicción. Esto si usted desea que sus amados tengan la posibilidad de alcanzar la felicidad. Por mucho que se alegue ser feliz en Dios, el humano debe procesar y resolver los problemas, no esconderlos dejándoselos a Dios. En algún punto de su vida, ese problema explotará y, como Dios no existe, permanece sin ser procesado ni tratado, causando crisis complejas en otras áreas de su vida, relacionadas subconscientemente.


Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.

Gelo Wayar

Abogado, profesor universitario y ensayista. Catedrático de Sociología del Derecho y Filosofía del Derecho en la Universidad Privada Boliviana (UPB). Posee una Maestría en Derecho Empresario por la Universidad Austral (Argentina) y es becario del programa Ayn Rand University del Ayn Rand Institute.

En 2026, fue distinguido como Alumni del Año (Aldina Jahić Memorial) por The Atlas Society. Es miembro fundador de El Insubordinado y Coordinador Senior de SFL Bolivia (Students For Liberty). Su trabajo se centra en la intersección entre el derecho, la ética objetivista y los fundamentos racionales de la libertad.

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