Epstein y el algoritmo del poder corrupto

Los nuevos archivos del caso Jeffrey Epstein no solo amplían una lista de nombres. Funcionan como un indicador de que el sistema no falló por accidente, sino por diseño.

Ahora no les escribiré sobre películas o series, sino sobre un libro que me tocó editar. El algoritmo del apocalipsis, E.B. Santillán plantea una tesis incómoda: las civilizaciones no colapsan por un solo evento. Colapsan cuando múltiples indicadores —económicos, ecológicos, institucionales, informacionales— se activan al mismo tiempo y el sistema pierde resiliencia. Creo que el caso Jeffrey Epstein debe leerse exactamente bajo esa lógica. No es la historia de un depredador sofisticado. Es la radiografía de una estructura que lo permitió, lo cobijó y, durante más de dos décadas, miró hacia otro lado. Hoy se estima que esa red afectó a más de mil mujeres y niñas. Más de mil. Esa cifra por sí sola desmiente la narrativa del caso aislado. Un crimen puede ser individual, pero una red de veinte años es sistémica. Y eso es lo que más me inquieta: no la maldad de un hombre, sino el silencio cómplice de todo un entorno que tenía los recursos para intervenir y decidió no hacerlo. ¿Cuántas alertas fueron ignoradas? ¿Cuántas voces se apagaron antes de ser escuchadas?

“No es la maldad de un hombre lo que asusta. Es el silencio cómplice de todo un entorno que tenía los recursos para intervenir y decidió no hacerlo”.

Los llamados archivos Epstein, liberados recientemente por el gobierno de Estados Unidos, contienen millones de páginas: correos electrónicos, fotografías, registros de viajes, contactos con figuras del mundo político, empresarial, tecnológico y mediático. Conviene ser rigurosos: aparecer mencionado en un archivo no implica delito. No toda cercanía social es complicidad penal. Pero sí revela algo que no podemos ignorar: el nivel de acceso y legitimidad que Epstein tenía dentro de la élite global. Ese hombre no operó en un vacío moral. Operó en salones prestigiosos, en mansiones, en aviones privados, en entornos donde la reputación sustituía al escrutinio.

Y aquí es donde el modelo de Santillán se vuelve revelador. En El algoritmo del apocalipsis se explica que uno de los indicadores más transversales del colapso de una civilización es la rigidez institucional: la incapacidad de las estructuras de poder para corregirse cuando la evidencia de disfunción ya es visible. Roma no cayó por los bárbaros. Primero diluyó su moneda, luego perdió confianza, después perdió cohesión. Algo parecido sucede aquí. Epstein ya había enfrentado procesos judiciales antes de su arresto final en 2019. Ya existían denuncias, ya había acuerdos polémicos. El indicador estaba activo. Pero como el Faraón que endureció su corazón frente a las plagas —metáfora central del libro—, el sistema prefirió no ajustar su curso. Porque cambiar implicaba incomodar al poder.

 

“Cuando una sociedad pierde la capacidad de absorber choques éticos porque ya ha normalizado pequeñas concesiones previas, el colapso deja de ser una posibilidad y se convierte en un proceso”.

Pensemos en esto un momento. De un lado, un financiero carismático invitado a mesas de alto nivel, intercambiando correos sobre viajes y encuentros exclusivos. Del otro, una red de captación que, según documentos judiciales y testimonios, reclutaba víctimas vulnerables mediante promesas falsas y manipulación estructurada. No son dos historias separadas. Son el mismo sistema visto desde dos ángulos. Y Santillán tiene un nombre para eso: la pérdida de capacidad, cuando una sociedad ya no puede absorber choques éticos porque ha normalizado demasiadas concesiones previas. Me preocupa también lo que sucede con la información. En el capítulo que trata sobre el manejo de la información, Santillán advierte que cuando una civilización pierde claridad informativa, pierde su capacidad de respuesta racional. Hoy, frente a los archivos, vemos exactamente eso: fragmentos, filtraciones, negaciones, polarización digital. El ruido mediático sustituye al análisis estructural. La indignación se viraliza y la memoria se diluye. Pero el dato central permanece: durante veinte años, una red operó con suficiente protección social como para no ser desmantelada. Eso no es solo crimen. Es fragilidad sistémica.

El caso Epstein no debe convertirse en morbo ni en cacería indiscriminada de nombres. Debe analizarse como síntoma. Las variables son claras: concentración de poder, cultura de impunidad, vulnerabilidad social explotada, rigidez institucional y fragmentación informativa. Cuando estas cinco se activan simultáneamente, el sistema no necesita un enemigo externo para deteriorarse. Se autodebilita. Y creo que eso es justamente lo que El algoritmo del apocalipsis nos enseña: que los colapsos no ocurren cuando aparece el primer indicador, sino cuando la convergencia de variables reduce la resiliencia hasta hacerla insostenible. Epstein murió en prisión. Pero la red que lo sostuvo fue más amplia que su biografía. Las civilizaciones no se destruyen solo por crisis económicas o climáticas; también se erosionan por corrupción moral estructural. El algoritmo no distingue entre variables financieras o éticas, solo mide resiliencia. Y cuando una sociedad protege reputaciones más que víctimas, el indicador ya está en rojo.

“La pregunta no es quién aparece en una lista. La pregunta es si vamos a seguir endureciendo el corazón frente a los datos.”

Porque el algoritmo, como advierte Santillán, no se detiene por incomodidad. Solo se reescribe con voluntad. Y esa variable aún depende de nosotros.

Enlace al Libro:

https://amzn.eu/d/0fVPqzdP

 

Rubén Eduardo Barraza

Maestro en la Universidad La Salle // Experto en cine.

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.