“La experiencia hace al maestro, sí. Pero también revela que los referentes están más cerca de lo que creemos y que, con nuestras decisiones, nosotros también estamos en camino de convertirnos en uno.”
La experiencia hace al maestro. Lo repetimos tanto que, a veces, pierde fuerza, como si fuera solo una frase hecha. Pero basta una conversación honesta para devolverle el sentido. Porque la experiencia no es únicamente acumulación de años; es acumulación de decisiones, de errores, de aciertos, de momentos en los que alguien tuvo que elegir cómo ejercer su influencia.
Hace poco, en una jornada de voluntariado en la Universidad EAFIT, confirmé algo que venía pensando desde hace tiempo: sin notarlo, estamos rodeados de referentes. No hablo de figuras lejanas ni de nombres de libro, sino de personas reales, cuyas trayectorias guardan lecciones que no aparecen en los manuales.
Como buen conversador que me considero, apareció la historia de Leonardo Hincapié. A sus 78 años, egresado de Administración de Negocios en los años setenta y testigo directo de profundas transformaciones en el sector financiero de la región. Su vida profesional atravesó uno de los procesos empresariales más significativos del país: la evolución del Banco Industrial Colombiano y su posterior fusión con el Banco de Colombia y Conavi. Pero, más allá de los hitos corporativos, lo verdaderamente revelador fue comprender cómo alguien interpreta el liderazgo después de décadas de práctica, no de teoría.
Mientras lo escuchaba, pensaba en que los referentes no se imponen; muchas veces nacen en silencio y luego los descubrimos. Surgen cuando alguien comparte, casi sin proponérselo, la lógica con la que tomó decisiones complejas. Leonardo hablaba de liderazgo con una serenidad que solo concede el tiempo.
En su relato aparecían historias que resaltaban formas y valores esenciales. Escucharlo fue recordar que el liderazgo no se sostiene únicamente en el carisma o el discurso, sino en el criterio. Que se erosiona cuando las personas perciben arbitrariedad y se fortalece cuando perciben equidad.
También evocó a quienes marcaron su manera de liderar. Recordó a Javier Gómez Restrepo y destacó una cualidad que rara vez recibe aplausos: la capacidad de delegar. Delegar no como descarga de tareas, sino como un acto genuino de confianza. Reconocer el talento ajeno, rodearse bien, construir equipos donde el liderazgo no asfixie, sino que habilite.
En medio de la conversación entendí que solemos buscar referentes en escenarios extraordinarios, cuando en realidad nacen en espacios cotidianos: un aula, una oficina, una reunión, una crisis. Referente es quien transforma la manera en que otros entienden su trabajo, sus decisiones, su responsabilidad. Es quien deja huella y se convierte en ejemplo.
Tal vez ahí radica la lección más poderosa. No se trata únicamente de admirar referentes, sino de asumir que también podemos serlo. Cada decisión justa, cada acto coherente, cada gesto de confianza construye una influencia silenciosa. Liderar implica modelar comportamientos consistentes con los principios; como consecuencia natural, inspirar.
Leonardo cerró la conversación con una idea sencilla y contundente: un verdadero líder es aquel que, con su actuar, logra inspirar.
Y quizá esa sea la síntesis de todo. La experiencia convierte a las personas en referentes cuando sus trayectorias dejan algo más que resultados: dejan criterios, principios, formas de entender el entorno y, sobre todo, inspiración.
La experiencia hace al maestro, sí.
Pero también revela que los referentes están más cerca de lo que creemos —
y que, con nuestras decisiones, nosotros también estamos en camino de convertirnos en uno.













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