Votar mal es un acto inmoral

Colombia es un país herido y no precisamente por ideas políticas o por debates que, aunque sean sanos incomoden. Este país está herido por décadas de violencia real, de la que mata, de la que incendia pueblos, desplaza poblaciones, recluta niños y hace volar torres con bombas. Acá no estamos hablando de una diferencia entre izquierda y derecha como en una universidad europea, estamos hablando de narcoterrorismo puro y duro, disfrazado hoy de “proyecto político”.

En este país, hace rato las guerrillas dejaron de ser ideológicas. Todos terminaron siendo lo mismo, bandas armadas al servicio del narcotráfico. Por eso, cuando un candidato promete redención social y transformación total, pero está rodeado de quienes hicieron carrera en la violencia y el crimen, y aun así millones lo apoyan, no estamos ante una revolución democrática, estamos frente a una tragedia colectiva.

El problema no es solo ese político, el problema es el votante que lo elige con rabia, que lo elige por castigar al otro, que lo elige porque odia al que tiene, al que emprende, al que produce, y finalmente, que lo elige porque le dice lo que quiere oír. Porque en Colombia nos acostumbramos a que nos hablen bonito, no soportamos que nos hablen claro. El que habla con datos, con límites, con realidad, es duro, extremista, falto de empatía. En cambio, el que promete todo sin explicar cómo, el que reparte culpas y ofrece milagros, ese sí es humano, cercano, sensible.

Ahí está el veneno. Nos estamos dejando hipnotizar por palabras vacías que son la experticia de los políticos populistas: “justicia social”, “el pueblo”, “dignidad”, “resistencia”, “cambio”. Palabras que suenan bien y que emocionan, pero una cosa es sonar bonito y otra muy distinta es gobernar. La política no es terapia emocional, es el lugar donde se toman decisiones que afectan la seguridad, la economía y la libertad de millones. Colombia no necesita más discursos que acaricien el oído, necesita líderes que digan verdades incómodas y propongan soluciones que funcionen, aunque no sean populares.

Y en ese punto la discusión deja de ser meramente política y se convierte en un asunto ético. Elegir con resentimiento, con rabia o con una esperanza ingenua no es un acto neutral. El voto no es una descarga emocional ni un gesto simbólico sin consecuencias, es una decisión que incide directamente en la vida colectiva. Por eso tiene una dimensión moral ineludible.

Hay que decirlo sin ambigüedades, votar mal es un acto inmoral. El voto no pertenece únicamente a quien lo deposita; sus efectos recaen sobre la familia, los vecinos, las generaciones futuras. Respaldar a quien promete destruirlo todo para “reconstruir desde cero” no es optar por el cambio, sino por el caos. Y el caos, inevitablemente, termina devorando incluso a quienes lo promovieron.

Colombia hoy necesita tres cosas urgentes: libertad económica, seguridad real y justicia con autoridad. Necesita un Estado que no sea ni populista ni represivo, sino fuerte y respetable. Un Estado que haga valer la ley, que proteja a los ciudadanos cumplidos y sancione a quienes la quebrantan. Un Estado que comprenda que sin empresa privada no hay empleo, que sin orden no hay progreso y que sin verdad no hay futuro.

Antes de participar en las próximas elecciones, conviene reflexionar con serenidad y filtrar los discursos. Analizarlos con la razón, no con emoción. Desconfiar de lo que suena demasiado perfecto, y darle la oportunidad al político responsable, quien no siempre dirá lo que resulta agradable de escuchar, pero dirá lo que es necesario saber, aunque incomode.

Lisa Rivera

Abogada y empresaria.

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