Los voraces: la erosión de la pausa y la profundidad

Un libro abierto sobre el regazo. Cinco páginas leídas con atención. Una notificación salta en pantalla. El gesto casi automático de revisar el teléfono. La promesa silenciosa de volver al texto “en un momento”.

Ese momento no siempre llega. No es falta de disciplina. Tampoco pereza intelectual. Es algo más profundo: vivimos rodeados de estímulos diseñados para interrumpirnos. Habitamos un contexto digital que convierte cada pausa en un momento de consumo. Y en ese entorno, la concentración empieza a sentirse como un esfuerzo extraordinario y la distracción como ejercicio inconsciente.

Nos hemos vuelto voraces. No por hambre de conocimiento, sino por incapacidad de vacío. Consumimos con gula fragmentos de noticias, opiniones, imágenes, tendencias y conversaciones con la sensación permanente de que algo más está ocurriendo en otra parte. El famoso FOMO (Fear Of Missing Out) no es solo miedo a perdernos información; es miedo a quedar fuera del flujo continuo. A no estar.

Vivir en un scroll infinito no es sólo una función automática. Es una forma de llenar un tiempo sin umbrales, sin finales claros, sin espacios de cierre. Siempre hay algo más abajo, siempre hay otro enlace, otra historia, otro dato. La experiencia digital borra la frontera entre el “ya fue suficiente” y el “solo un poquito más”. Y así, casi sin notarlo, sabemos un poco de todo y casi nada de algo. La cultura contemporánea premia esa amplitud superficial: estar informados, opinar rápido, reaccionar a tiempo, participar en múltiples conversaciones. La profundidad, en cambio, exige pausa, exige silencio, exige sostener la atención en una sola cosa durante más tiempo del que el entorno considera rentable o el que la mente considera posible.

No es casual. La economía digital monetiza la permanencia, la interacción y el estímulo constante. Nuestra atención es materia prima. Cada clic y cada segundo de permanencia entrenan sistemas que aprenden de nosotros. El algoritmo no solo organiza lo que vemos: se perfecciona con nuestra conducta. Cuanto más tiempo permanecemos conectados, más sólido se vuelve el modelo (Agente). Y cuanto más dispersos estamos, más eficaz resulta en sostener esa dispersión. La fragmentación no es un error del sistema, es su lógica.

Hay una paradoja que subyace en todo esto. Mientras fortalecemos la inteligencia de los sistemas que organizan nuestros estímulos, debilitamos nuestra propia capacidad de concentración sostenida. Y el efecto no es abstracto, es íntimo. Cuesta leer un libro sin interrupciones, cuesta ver una película sin revisar el celular, cuesta sostener una conversación sin la tentación de consultar una pantalla o ese bendito reloj que marca notificaciones y nos hace lucir siempre de afán. Incluso el ocio se fragmenta: saltamos de una pestaña a otra, de una serie a otra, de un tema a otro. La experiencia se vuelve episódica, discontinua, acumulativa.

Y, sin embargo, la creatividad —intelectual, artística o profesional— no nace de esa fragmentación constante. Surge del tiempo largo, del pensamiento que se deja madurar, del silencio que permite otras conexiones, de la capacidad de enfocarse en algo. Si eliminamos el vacío, reducimos el espacio donde algo nuevo puede emerger.

Y así, lo que empieza como un hábito individual termina siendo un fenómeno colectivo. Una cultura que no tolera la pausa difícilmente produce obras u acciones profundas. Una sociedad que no sostiene la atención encuentra cada vez más difícil abordar problemas complejos. El debate público se vuelve reactivo, emocional, episódico. Las decisiones se aceleran mientras la reflexión se acorta.

La dispersión no solo afecta nuestra vida íntima; erosiona la calidad de nuestra conversación común.

No se trata de nostalgia ni de demonizar la tecnología. Se trata de reconocer que el entorno moldea nuestras capacidades. Si habitamos permanentemente en la estimulación, la profundidad deja de ser hábito y empieza a convertirse en excepción. No es simplemente un exceso digital ni una falla de carácter; es una forma de vida en la que habitamos un entorno de estímulos permanentes que evita el vacío y nos acostumbra a no permanecer demasiado tiempo en ningún lugar.  Y el vacío incomoda, el silencio sin notificaciones, el aburrimiento sin distracciones.

A lo mejor el problema no sea que queramos saber mucho. Tal vez el problema sea que no toleramos saber menos, pero mejor. En una cultura que celebra la presencia permanente, elegir ausencia puede parecer extraño. En una época de voraces, detenerse empieza a ser un gesto poco común, una pequeña revolución.

Quizá el acto más radical hoy no sea opinar sobre todo, sino sostener una idea hasta el final. No sea consumir más, sino proteger espacios de silencio. No sea estar en todas partes, sino permanecer el tiempo suficiente como para que algo propio o colectivo pueda surgir. Porque la profundidad no es solo una virtud individual. Es una condición cultural.

Y defenderla, tal vez, sea una forma de resistencia.

Luis Roberto Durán Duque

Arquitecto, Magister en Pensamiento Estratégico y Prospectiva, fotógrafo por afición, opiniones literarias, constructor de transformaciones sociales.

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