Educar para la democracia: una tarea pendiente

Hace unos días volví a escuchar en YouTube la última conferencia pública de Carlos Gaviria Díaz en el Gimnasio Moderno de Bogotá: Cómo educar para la democracia?. El punto de partida no podía ser más exigente: ¿qué tipo de sociedad queremos ser? No era una pregunta retórica ni un gesto académico. Era, más bien, una invitación incómoda a pensar la democracia más allá de las urnas.

Gaviria insistía en que el principal desafío de la democracia no reside en perfeccionar los procedimientos electorales, aunque sea necesario, sino en la formación del sujeto de la democracia. La ciudadanía no puede ser una masa homogénea, dócil o fácilmente influenciable, sino una comunidad capaz de reflexionar sobre sí misma, consciente de su lugar en el régimen político y dispuesta a construir consensos a partir del disenso.

Hoy, cuando Colombia entra en un nuevo ciclo de campañas, debates, encuestas y promesas, esta reflexión es necesaria. No solo se trata de tomar partido por un bando u otro, sino de preguntarnos por cómo nos estamos formando como ciudadanos. Porque la democracia no puede existir allí donde las personas no están preparadas para deliberar, confrontar ideas y decidir con responsabilidad.

Porque una democracia funcional no puede sostenerse sobre una noción superficial de “opinión pública”, reducida en la actualidad a tendencias virales o indignaciones momentáneas en redes sociales. Necesita, en cambio, ciudadanos que hayan aprendido a escuchar, razonar y dialogar, incluso —y sobre todo— cuando no están de acuerdo.

Por eso, la educación para la democracia no puede limitarse a la transmisión de normas o procedimientos. Siguiendo a Kant, educar no es adiestrar, sino formar sujetos autónomos, capaces de servirse de su propio entendimiento. En clave democrática, esa autonomía no es un gesto individualista, sino una forma de dignidad, la posibilidad de decidir a partir de la reflexión y no de las meras emociones, consignas heredadas o lealtades automáticas. Educar para la democracia es, entonces, formar sujetos que piensan por sí mismos, pero también con otros; ciudadanos que reconocen que el diálogo es el espacio donde la pluralidad se vuelve política y la libertad deja de ser una abstracción para convertirse en acción compartida.

En épocas electorales, es fácil caer en reduccionismos, intentar medirlo todo en encuestas, emociones o mensajes simplificados. Pero sin ciudadanos formados para el debate y la deliberación, estos ejercicios terminan reforzando fragmentaciones, resentimientos y polarizaciones que debilitan el tejido social y vacían de contenido la vida democrática.

Formarse como sujeto de la democracia implica aceptar la contradicción, respetar las diferencias y reconocer que nadie posee verdades absolutas, pero que todos tenemos responsabilidades frente al bien común. Es allí donde la conversación se vuelve fundamental.

Como lo enseñó Carlos Gaviria Díaz, una comunidad democrática no se agota en el acto electoral. Se construye en los espacios cotidianos donde las personas se reconocen como interlocutores legítimos: en la mesa del comedor, en la universidad, en el trabajo, en la conversación pública. Ese es el desafío que tenemos hoy, no solo decidir un voto, sino cultivar la capacidad de pensar juntos.

Porque una democracia robusta no se hereda. Se aprende y se practica todos los días.

Daniel Bedoya Salazar

Estudiante de Filosofía UdeA
Ciudadano, creyendo en la utopía.

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.