El diploma en la mano y el futuro en lista de espera: estudie, gradúese y espere sentado

«Porque no debería ser un privilegio conseguir un empleo después de haberse preparado durante años. Y mucho menos debería considerarse un fracaso personal que alguien no logre encontrarlo».  


Nos dijeron que estudiar nos cambiaría la vida. Se les olvidó contarnos lo demás.

Hay una promesa que se repite en muchas familias colombianas: “Estudie para que no le toque vivir lo mismo que a nosotros”. La pronuncian madres y padres que han trabajado durante años, que conocen el peso de las dificultades económicas y que depositan en la educación la esperanza de que sus hijos puedan construir una vida con mayores oportunidades. Para muchos jóvenes, esa frase se convierte en una razón para levantarse temprano, atravesar dificultades económicas, pagar matrículas, cumplir jornadas académicas, hacer sacrificios personales y llegar, finalmente, a una ceremonia de graduación con la convicción de que todo ese esfuerzo tendrá una recompensa.

Pero ¿qué ocurre cuando el título llega y las oportunidades no?

Hay una realidad que pocas veces se cuenta en los discursos sobre la importancia de estudiar; tener educación superior no garantiza mejores condiciones de vida, así como graduarse no significa tener asegurada la estabilidad económica que durante años se presentó como una consecuencia natural del esfuerzo. Muchos jóvenes terminan sus carreras con conocimientos, expectativas y deseos de independencia, pero se encuentran con un mercado laboral que no necesariamente tiene un lugar para ellos. La promesa de progreso sigue intacta en el discurso, aunque la realidad se encargue de ponerla en duda.

Y es que pareciera que a toda una generación le enseñaron que debía prepararse para el futuro, pero no le explicaron qué hacer cuando ese futuro no llega en forma de oportunidad.

El título no viene con un empleo debajo del brazo

Durante mucho tiempo, la educación se ha presentado como uno de los principales mecanismos de movilidad social. Y tiene sentido, acceder al conocimiento amplía capacidades, permite desarrollar habilidades y puede mejorar las posibilidades de participación económica. El problema aparece cuando esa posibilidad se convierte en una promesa absoluta, como si estudiar fuera una fórmula infalible para alcanzar bienestar y éxito.

La realidad es más compleja. Hay profesionales que, después de cinco años o más de formación, continúan dependiendo económicamente de sus familias, aceptan trabajos que no corresponden con sus estudios o pasan meses enviando hojas de vida sin recibir una respuesta. Algunos terminan desempeñándose en actividades completamente ajenas a su profesión, no porque carezcan de vocación o preparación, sino porque necesitan generar ingresos. Otros aplazan proyectos personales, familiares y económicos mientras esperan una oportunidad que les permita ejercer aquello para lo que se formaron.

En ese escenario, el título puede convertirse en una paradoja; acredita que una persona cumplió un proceso de formación, pero no necesariamente le permite acceder a las condiciones laborales que esperaba alcanzar con él.

Esto obliga a revisar una idea profundamente arraigada: la de que quien estudia y se esfuerza necesariamente tendrá una vida mejor. El esfuerzo importa, la preparación también, pero ninguno de los dos opera en el vacío. Las oportunidades dependen de las condiciones económicas, la estructura del mercado laboral, la disponibilidad de empleos, las redes de contacto, la experiencia exigida y las posibilidades reales de acceder a determinados sectores. Presentar el éxito como resultado exclusivo del mérito individual termina responsabilizando a las personas por obstáculos que también tienen un origen estructural.

Cuando estudiar más no significa entrar más fácil

Hay otra contradicción que merece atención. En determinadas áreas y procesos de selección, un técnico o tecnólogo puede encontrar rutas de vinculación más concretas que un profesional universitario recién egresado. No porque su formación tenga menos valor ni porque exista una superioridad general de un nivel educativo sobre otro, sino porque algunas vacantes técnicas delimitan funciones y competencias específicas, mientras que ciertos cargos profesionales acumulan requisitos que terminan convirtiendo el ingreso al mercado laboral en una carrera de obstáculos.

Un recién graduado puede encontrarse con ofertas que solicitan especializaciones, certificaciones adicionales, dominio de múltiples programas, conocimientos en distintas áreas y dos o tres años de experiencia relacionada. En algunos casos, se trata de cargos de nivel inicial o de remuneraciones que apenas superan el salario mínimo. Entonces cabe preguntarse: ¿qué sentido tiene anunciar una vacante para alguien que comienza su trayectoria profesional si sus requisitos corresponden a una persona que ya ha recorrido buena parte de ella?

La exigencia de experiencia es, quizá, una de las contradicciones más evidentes. Se solicita experiencia para conceder una oportunidad, pero se restringen las oportunidades necesarias para adquirirla. Y cuando el joven presenta sus prácticas profesionales, pasantías o experiencias formativas, no siempre encuentra el reconocimiento que esperaba.

¿Acaso los meses de práctica fueron tiempo perdido? Durante ese periodo muchos estudiantes cumplen horarios, responden por tareas, participan en equipos, elaboran informes, atienden usuarios y se enfrentan a situaciones propias de su profesión. La Ley 2043 de 2020, de hecho, reconoce las prácticas laborales realizadas como opción para obtener un título como experiencia profesional o relacionada, bajo las condiciones establecidas en la norma. Sin embargo, persiste una distancia entre el reconocimiento legal y la manera en que algunas organizaciones valoran las hojas de vida.

No se trata de exigir que las empresas contraten a alguien únicamente por tener un título o haber realizado una práctica. Se trata de cuestionar por qué, en tantos procesos, la experiencia se convierte en un filtro que impide siquiera evaluar las capacidades de quien está comenzando. Una persona puede no tener tres años de trayectoria, pero sí conocimientos actualizados, pensamiento crítico, capacidad de adaptación, habilidades tecnológicas y disposición para aprender. ¿Por qué esas competencias parecen perder valor frente a una cifra de años de experiencia?

La meritocracia no puede convertirse en una excusa

A los jóvenes se les pide prepararse constantemente. Si no consiguen empleo, deben estudiar otro idioma, hacer un diplomado, aprender nuevas herramientas, obtener una certificación o cursar una especialización. La respuesta suele ser que necesitan fortalecer su perfil, como si la solución a cada barrera consistiera en acumular un título más.

Por supuesto, la formación debe ser permanente. Las profesiones cambian, las tecnologías transforman los procesos y las personas necesitan actualizar sus conocimientos. Hay empresas que buscan profesionales jóvenes con las competencias de alguien que lleva años en el mercado, pero con las expectativas salariales de quien apenas comienza. Se espera que dominen varias herramientas, asuman múltiples responsabilidades, resuelvan problemas y se adapten rápidamente, aunque no siempre se ofrecen condiciones proporcionales a lo que se exige. La pregunta no es si las empresas tienen derecho a seleccionar los perfiles que necesitan; claro que lo tienen. La pregunta es si los requisitos guardan una relación razonable con las funciones, la experiencia y la remuneración ofrecida.

Mientras tanto, el joven que no consigue empleo escucha que debe insistir, que tenga paciencia, que no sea exigente o que quizá no está haciendo lo suficiente. Así, una dificultad que tiene dimensiones económicas y estructurales termina convertida en una supuesta falla personal.

Y hay un costo que no aparece en los certificados de estudio ni en las estadísticas de graduación, el desgaste de sentir que se ha cumplido con todo lo que se esperaba y que, aun así, no se consigue avanzar. La incertidumbre de no poder asumir los propios gastos, la dependencia económica que se prolonga, la frustración de no ejercer la profesión y la sensación de que los años invertidos no están encontrando un lugar donde traducirse en oportunidades.

¿Qué está haciendo el país con el talento que forma?

Cuando un profesional no logra vincularse laboralmente, el problema no termina en su situación individual. También se refleja en la economía y en las posibilidades de desarrollo del país. La informalidad, la migración de personas calificadas y la ocupación en actividades que no aprovechan la formación adquirida representan distintas formas de desaprovechar capacidades que requirieron tiempo, recursos y esfuerzo para desarrollarse.

Colombia necesita personas preparadas, capaces de investigar, innovar, gestionar, enseñar, crear y resolver problemas. Sin embargo, formar talento sin construir condiciones para incorporarlo al aparato productivo genera una contradicción difícil de sostener. Las instituciones educativas entregan títulos, las familias hacen sacrificios para financiar la formación y los jóvenes invierten años en prepararse, pero el tránsito hacia el empleo continúa siendo incierto para muchos de ellos.

No basta con celebrar el número de personas que ingresan a la educación superior o con presentar la graduación como una historia de éxito. También hay que preguntarse qué ocurre después, cuántas logran trabajar en lo que estudiaron, qué condiciones laborales encuentran y cuánto tiempo deben esperar para alcanzar una estabilidad que les permita construir su proyecto de vida.

Quizá debamos dejar de repetir que estudiar garantiza un futuro mejor y empezar a preguntarnos qué condiciones necesita una sociedad para que la educación realmente se traduzca en bienestar. Porque el conocimiento abre posibilidades, pero necesita oportunidades concretas para convertirse en autonomía económica, movilidad social y mejores condiciones de vida.

A los jóvenes no se les puede pedir que renuncien a sus expectativas, que acumulen títulos indefinidamente o que acepten cualquier condición laboral como prueba de humildad y agradecimiento. Tampoco se trata de prometer que todo profesional tendrá un empleo acorde con sus aspiraciones. Se trata de reconocer que la educación, por sí sola, no puede cargar con la responsabilidad de resolver las desigualdades de un mercado laboral que no siempre ofrece oportunidades suficientes ni condiciones justas.

Durante años nos dijeron que estudiar era la mejor herencia, que el sacrificio tendría recompensa y que la preparación nos permitiría construir un futuro distinto. Muchos seguimos creyendo en el valor de la educación, pero tenemos derecho a cuestionar una promesa que parece incompleta.

Porque no debería ser un privilegio conseguir un empleo después de haberse preparado durante años. Y mucho menos debería considerarse un fracaso personal que alguien no logre encontrarlo.

Si estudiar es el camino que le proponemos a toda una generación para construir una vida mejor, ¿qué responsabilidad tenemos como sociedad cuando, después de recorrerlo, encuentra las puertas cerradas?

 

Sara García Hoyos

Trabajadora Social y estudiante de Gerencia de Proyectos. La experiencia en los ámbitos social y educativo y mi formación complementaria en intervención psicosocial, infancia, salud mental, género y gestión de proyectos alimentan una mirada crítica y cercana sobre las realidades sociales. Venezolana, hija de padres campesinos antioqueños y migrante, radicada en el municipio de San Luis Antioquia, encuentro en el territorio, las historias cotidianas y las voces que suelen quedar al margen de la conversación pública una fuente constante de reflexión y escritura.

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