Ten cuidado con lo que pides, no vaya a ser que se te conceda

bairon jaramillo valencia

¿Cuántas veces hemos deseado algo con tanta vehemencia que olvidamos preguntarnos qué ocurriría si finalmente lo consiguiésemos? ¿Cuántas decisiones hemos tomado en medio de la euforia o el entusiasmo, para descubrir después que aquello que tanto anhelábamos terminó convirtiéndose en un gran problema? ¿En qué momento confundimos el deseo de obtener algo con la capacidad de asumir sus consecuencias? ¿Qué hacemos ahora, cuando la realidad nos concede exactamente aquello que pedimos, pero nos damos cuenta que el contenido no coincidió con las descripciones del empaque?

La sabiduría popular en el fabulista griego de la antigüedad, Esopo, —que aún hoy consigue que se pueda expresar en pocas palabras aquello que la reflexión académica necesita páginas enteras para explicar— nos advierte tener cuidado con lo que pedimos, porque eso mismo puede hacerse realidad. La frase es, a todas luces, una advertencia fabulesca, casi una de esas expresiones que repetimos sin detenernos demasiado en su significado; sin embargo, contiene una paradoja que atraviesa buena parte de nuestras decisiones. Las personas solemos concentrarnos tanto en conseguir aquello que deseamos, que pocas veces nos detenemos a pensar en las responsabilidades y dificultades que podrían acompañar su realización. En otras palabras, queremos el resultado, pero no siempre estamos dispuestos a asumir el precio que debemos pagar por obtenerlo.

En la vida personal, por ejemplo, alguien puede desear terminar una relación porque considera que su pareja representa un obstáculo para su felicidad. Convencido de que su decisión es la correcta, quizá llegue a defender a ultranza su postura, sin detenerse a considerar otras perspectivas ni las consecuencias de su elección. Después de dar ese paso, podría descubrir que la libertad que tanto reclama también trae consigo incertidumbre y responsabilidades que antes compartía con esa otra persona (Kahneman, 2011). Algo parecido ocurre cuando alguien abandona sus estudios, convencido de que “eso ahora ya no le sirve para nada”, renuncia a un empleo sin considerar sus obligaciones económicas o toma decisiones definitivas durante un momento de ira. El problema es latente cuando confundimos la intensidad de una emoción con la claridad de un juicio; sentir profundamente algo no significa haberlo pensado suficientemente.

La vida, ora académica ora profesional, tampoco escapa de esta contradicción. Cuántas personas desean obtener un título universitario sin considerar las exigencias que supone formarse, cuántas aspiran a ocupar cargos de dirección sin dimensionar las responsabilidades que deberán asumir y cuántas reclaman ascensos, reconocimiento o independencia económica sin preguntarse qué sacrificios podrían acompañarlos. En ocasiones, eso pude relacionarse como cuando se escucha a esos elementos lingüísticos, profundamente convencidos de que hay que “explotar el subsuelo a lo que dé”, como si todo debiera llevarse al límite —hasta a la misma flora— con tal de complacer al empresario de turno, sin detenerse a considerar los costos que esas declaraciones viscerales pueden acarrear para ellos mismos; naturalmente, suelen estar en el error de suponer que alcanzar la pasada meta presidencial equivalió automáticamente a conseguir la felicidad. En definitiva, aquello que pareció un premio de lotería, terminó revelando exigencias que desconocíamos, y es ahí cuando comenzamos a añorar las condiciones que antes considerábamos insuficientes (Elster, 1983).

Esta paradoja adquiere una dimensión todavía más compleja, porque las consecuencias de nuestros deseos no siempre recaen exclusivamente sobre quienes los formularon. Según Dewey (1927), cuando una ciudadanía respalda a un candidato, no solamente expresa simpatía por una persona; consecuentemente, también contribuye a llevar al poder una determinada concepción del Estado y una manera particular de interpretar los problemas colectivos. No obstante, durante las campañas electorales, las expectativas se impusieron sobre el examen cuidadoso de las propuestas, ya que algunos votantes se dejaron conducir por la indignación, otros por el temor, otros por la esperanza y otros por el rechazo que sienten hacia una visión alternativa de nuestra realidad. Incluso, entre personas cercanas, estas diferencias pudieron ser tan profundas que llegaron a reconocer que tenían opiniones sideralmente distintas, sin que ello implicase necesariamente que alguna de las partes estuviera dispuesta a revisar sus convicciones. En esas circunstancias, el deseo de que un personaje llegue a la Presidencia puede terminar siendo más importante que la reflexión acerca de lo que ese alguien hará una vez instalado en el poder.

Al final, la advertencia popular que retomó Oscar Wilde en el siglo XIX —en una de sus famosas máximas expuestas en La paradoja de obtener lo que deseamos: “Cuando los dioses quieren castigarnos, responden a nuestras oraciones” (Wilde, 1895)— conserva toda su vigencia, porque precisamente desear algo también exige preguntarnos qué estamos dispuestos a asumir cuando ese deseo se convierta en realidad, incluso a sabiendas de que podríamos terminar perjudicados por sus consecuencias. La vida personal, la formación académica, el ejercicio profesional y la política nos recuerdan que las decisiones tienen consecuencias, aunque estas no siempre aparezcan en el momento en que las tomamos.

Por eso, antes de exigir, elegir o decidir, convendría detenernos un instante y preguntarnos si hemos considerado aquello que podría ocurrir después, y si, llegado el momento, las consecuencias recaen sobre quienes pensaban distinto, sería justo esperar que se afronten en la misma medida en que se exigieron para el contradictor. Porque, a veces, la vida termina concediéndonos lo que pedimos y nos obliga a descubrir, demasiado tarde, que habíamos deseado el resultado sin comprender sus implicaciones. Entonces, ¿estábamos realmente preparados para recibir aquello que tanto exigíamos o simplemente necesitábamos conseguirlo para empezar a comprender por qué debimos pensarlo mejor?

 

Referencia

Dewey, J. (1927). The public and its problems. Henry Holt and Company.

Elster, J. (1983). Sour grapes: Studies in the subversion of rationality. Cambridge University Press.

Kahneman, D. (2011). Thinking, fast and slow. Farrar, Straus and Giroux.

Wilde, O. (1895). An ideal husband. Leonard Smithers and Co.

Bairon Jaramillo Valencia

Doctor en Socio-educación, magíster en Educación Superior, especialista en TIC para la Educación y licenciado en Humanidades y Lenguas Extranjeras (Inglés).

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