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Una ciudad universitaria se pone a prueba un martes cualquiera, cuando el estudiante intenta llegar a clase, alguien vuelve del trabajo y una vecina necesita cruzar la calle; ese día no hay inauguración, no hay concierto, ni partido. Hay algo bastante más exigente, la vida cotidiana. Esa fue la motivación para crear este concepto que ya registramos y del cual me siento muy orgulloso, porque en un mundo tan convulsionado, con los valores en bancarrota, con todas las áreas del conocimiento compitiendo entre sí, un lugar donde podamos aportar a su construcción, desprendidos de la arrogancia presuntuosa para mostrarnos sabelotodos y entender muchos puntos de vista. Aportar para construir, no para argumentar que tenemos la razón. De cuenta de esas discusiones, de posiciones politiqueras, de apoyo partidista sin medir las consecuencias, es que hoy en Guadalajara ni el agua se puede tomar, ni el aire se puede respirar, ni en los espacios públicos se puede estar tranquilo.
La ciudad UDG es la que convierte el conocimiento en mejores condiciones de vida, es la que ofrece la oportunidad de reunir educación, cultura, ciencia, recreación y deporte en un territorio donde la innovación pueda sentirse al caminar, al convivir y hasta al esperar el transporte bajo la sombra de un árbol. La sombra, por cierto, también cuenta como indicador de desarrollo.
El centro universitario de ciencias económicas y administrativas – CUCEA, es un gran parque público, con un terreno dotado de aulas y laboratorios, de equipamientos deportivos y espacios que favorecen el aprendizaje, pero lo realmente importante es que se forman ahí casi 25 mil estudiantes en sus 17 licenciaturas, han egresado casi 120 licenciados en estas tres décadas, todos grandes profesionales. Ese es valor inconmensurable de ese lugar, al igual que la Preparatoria número 10, los centros politécnicos, y más recientemente el centro universitario de ciencias sociales y humanas – CUCSH, que también tiene un gran espacio dedicado a la formación de profesionales, que vuelvo y resalto, es más importante que las infraestructuras. Todos estos lugares han ido consolidando un núcleo educativo muy poderoso; mientras que el centro cultural universitario – CCU, el Auditorio Telmex, la biblioteca pública del estado e Jalisco Juan José Arreola, la plaza del bicentenario y el conjunto de artes escénicas – CAE, amplió las posibilidades de encuentro y empezaron a subrayar las agendas en educación, cultura, recreación y participación, por encima de los edificios; A ello se suma el proyecto del museo de ciencias ambientales, para incentivar el estudio de las ciencias y proponer una visión de lo vivo y el futuro y en su interior el laboratorio que yo dirijo en ciencia de la ciudad, que obviamente lo tenía que mencionar. Ahora un estadio para Atlas y Leones Negros añade una nueva dimensión a esta trayectoria: El deporte.
La tarea consiste en articular todo eso para construir una verdadera ciudad. Una que sea ejemplo, que esté por encima de las discusiones políticas y se enfoque en los requerimientos técnicos, planeados, bien estructurados, con visión de largo plazo. Ciudad UDG plantea articular ese conjunto de instalaciones educativas, culturales y deportivas, con la movilidad bien trazada, con el espacio público bien diseñado, teniendo en cuenta la vida de las comunidades vecinas para construir un entorno justo, pacífico, educado, sustentable, abierto a la convivencia y referente de cultura ciudadana. Porque una suma de recintos no generan impacto si no tienen una agenda, porque construir ciudad exige hacerse cargo de la vida que ocurre entre ellos.
Hemos mirado algunas experiencias internacionales y lo que ha sucedido en otros casos similares, nos ayudaron a comprender los posibles efectos cuando los estudiamos (además de admirar sus edificios). La doctora Mayra Gamboa, nos contó de la expansión del distrito de entretenimiento alrededor del entonces Staples Center, hoy Crypto.com Arena, en Los Ángeles, que dio lugar en 2001 a un acuerdo con organizaciones comunitarias, en las que se establecieron compromisos sobre oportunidades de empleo local, vivienda asequible, parques y estacionamiento residencial. La lección es concreta: los beneficios para el entorno pueden negociarse, documentarse y someterse a seguimiento.
Hablar de prosperidad compartida exige precisar qué se comparte, con quién y bajo qué condiciones. También obliga a estudiar el encarecimiento del entorno y la permanencia de sus habitantes, porque sería una extraña manera de mejorar un barrio que sus vecinos tuvieran que mudarse para dejarlo disfrutar a otros.
En Kuala Lumpur, por ejemplo, las torres Petronas forman parte de un conjunto que integra un centro de convenciones, un parque y conexiones peatonales y de transporte público. En Bilbao, la transformación de Abandoibarra articuló el Museo Guggenheim con paseos, áreas verdes y nuevos usos urbanos. Son intervenciones cuyo alcance permite mirar más allá del edificio emblemático y entender las relaciones que construye con la ciudad. En Cambridge, Massachusetts, la presencia de Harvard y el MIT como dueñas de grandes polígonos que comparten con la ciudad, exige una negociación permanente entre la actividad universitaria y las necesidades municipales, mediante instrumentos de planeación y acuerdos de aportación para sostener servicios públicos.
Los ejemplos abundan, pero lo que estamos estudiando es cómo se distribuyen en cada caso, sus beneficios, cómo atienden sus impactos y todo lo que puede aprender Ciudad UDG de los aciertos en el mundo, pero también de sus dificultades.
La movilidad merece una seriedad particular. En Inglewood, el SoFi Stadium cuenta con un servicio especial de autobuses que enlaza el transporte ferroviario con el recinto durante los partidos de Rams y Chargers. Es una referencia útil para estudiar cómo conectar los grandes eventos con el transporte colectivo. Y es que, en nuestra ciudad UDG la movilidad es el tema de mayor controversia. Estamos estudiando cómo reducir la congestión vehicular, evaluando conexiones con el transporte masivo, construyendo los documentos técnicos para pedir a los gobiernos correspondientes cómo reforzar el servicio y sobre todo en días de evento, además de mejorar los recorridos para la movilidad no motorizada tanto en peatones como en ciclistas. Todo lo anterior lo estamos simulando para hacerlo bien. También estamos coordinando horarios entre recintos y gestionando estacionamientos y zonas de ascenso y descenso, manteniendo libres las entradas a las colonias. Todo eso lo estamos estudiando con mucho rigor. Les hago esa pregunta: ¿si a una persona se le tapan las arterias, la solución es ponerle más venas?, ¿ustedes qué creen? Hay que tomar medidas drásticas, puesto que la única salida será revitalizar las que tiene, pero además, cambiar los hábitos de vida, entender que algunas cosas tendrán que cambiar para seguir vivo. Exactamente igual pasa en las ciudades.
Cuando la universidad habla de “hacer una ciudad”, habla de poner a su disposición los institutos de investigación, con sus investigadores y el Laboratorio de Ciencias de la Ciudad (en conjunto con el City Science Media Lab del MIT) para simular escenarios, comparar alternativas y anticipar las consecuencias de cada decisión. Ese acompañamiento científico forma parte de la evaluación anunciada para la ciudad UDG. La universidad aporta conocimiento.
Hay que saber que modelos computacionales nos ayudan a entender lo que ocurre y a explorar lo que podría pasar, siempre con la certeza que como decía el estadístico George Box, “todos los modelos están equivocados, pero algunos son útiles”, porque redondear la vida siempre deja algo fuera; y si bien los unos y los ceros nos ayudan a entender una realidad compleja, entre ellos siempre vivimos nosotros; y así es que tenemos lo mejor de dos mundos, ponemos las simulaciones, los hallazgos y las hipótesis sobre la mesa junto con las experiencias, las dudas y los desacuerdos de quienes habitan el lugar. Preguntar qué estamos viendo y qué se nos escapa también es parte del rigor. Una simulación sirve más cuando abre la conversación que cuando pretende darla por terminada.
¿Qué ocurre si coinciden la salida de estudiantes, un concierto y un partido? ¿Dónde se acumulan personas y vehículos? ¿Qué rutas permiten distribuirlos mejor? ¿Cuánto ruido, calor, consumo de agua y residuos puede generar la ciudad UDG? Porque aunque la ciencia nos ayuda a reconocer lo que todavía ignoramos, un vecino sabe dónde se inunda la esquina, a qué hora deja de pasar el autobús y qué recorrido evita su hija cuando oscurece. Ese conocimiento también tiene que entrar al plan maestro.
Por eso la co-creación requiere continuidad y capacidad de incidir. Talleres, recorridos barriales y una mesa permanente de trabajo permitirían identificar necesidades, acordar prioridades y dar seguimiento a los compromisos durante la construcción y la operación. La participación se vuelve decorativa cuando se invita a la gente a opinar sobre decisiones que ya vienen tomadas.
Ciudad UDG puede convertirse en un laboratorio vivo donde estudiantes, investigadores, autoridades, empresas y vecinos construyan un lugar para vivir juntos. Tendrá que demostrarlo con espacio público accesible, actividades para distintas edades, trayectos seguros y condiciones para permanecer y convivir, y aunque su éxito se podrá celebrar en un estadio lleno, sobre todo a deberá reconocerse al día siguiente: cuando haya que ir a clase, abrir un negocio, caminar con una carriola o regresar a casa en la noche. Cuando tomar agua de la pluma, respirar, descansar y cruzar la calle sean posibilidades resueltas. Estamos trabajando en eso.
Pues bien, esa será la expresión más concreta del conocimiento al servicio de la sociedad. Porque la excelencia universitaria también se demuestra a ras de banqueta y aquí la ciudad UDG es un modelo territorial que respeta y tolera, tiene lo básico elemental resuelto; el agua se puede tomar, el aire se puede respirar, si tocas la calle no te pisa un coche y no te roban.
















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