Llenar el vacío o habitarlo

¿Qué me cabe esperar?

– Kant

En La gaya ciencia, Nietzsche presenta a un loco que encendió un farol en pleno día y corrió al mercado gritando sin cesar: “¡Busco a Dios! ¡Busco a Dios!”. Precisamente había en aquel lugar muchos que no creían en Dios, por lo que sus gritos provocaron colosales carcajadas. Entonces declara que lo hemos matado, que ignoramos lo que hicimos al desprender la Tierra del Sol y, al ver que nadie lo comprende, admite que llegó demasiado pronto. Lo inquietante del relato no es solo la muerte de Dios, sino lo que deja tras de sí. El vacío, en términos prácticos, es la ausencia sentida de algo o de alguien que nos falta. No es neutral, pesa. La pregunta es: ¿qué hacemos con el lugar que quedó vacío?

La respuesta más extendida es llenarlo todo cuanto antes. No soportamos el orificio del tiempo que se abre entre una y otra cosa. Lo cubrimos de pendientes, de planes, de ruido. Del hacer hacemos un refugio. Pero la esperanza requiere tiempo, una promesa que se sostenga y un horizonte por el cual caminar. Cuando todo se convierte en urgente, el presente lo ocupa todo, y de ahí emergen la ansiedad y el cansancio.

Precisamente por eso, la pregunta de Kant resulta un tanto incómoda. Él resume el interés de la razón en tres preguntas: ¿qué puedo saber?, ¿qué debo hacer? y ¿qué me cabe esperar? El conocimiento responde en buena parte a la primera y la ética a la segunda. La tercera no se deja zanjar ni con el saber ni con el deber, y quizá por eso hoy se elude. Kant responde a esta tercera cuestión con los postulados de Dios y la inmoralidad del alma. No sigo aquí esta tesis, sino la estructura de su pregunta: la esperanza excede lo que puedo saber y lo que debo hacer. Esperar significa tener esperanza de conseguir lo que se desea, pero también permanecer en el sitio donde se cree que va a ocurrir algo. Esperanza y permanencia viven en un mismo verbo. No es un ideal; es un lugar donde se elige quedarse, aunque el entorno se vuelva amenazante.

En marzo de 1976, el jesuita húngaro Franz Jalics y su compañero Orlando Yorio fueron detenidos en Buenos Aires por un grupo paramilitar y luego trasladados a la ESMA, donde fueron torturados. Cinco meses después fueron liberados. Jalics narró que pasó todo ese tiempo con los ojos vendados y atado. Es difícil imaginar un lugar con menos motivos para esperar. Posteriormente se instaló en Alemania, donde dirigió retiros espirituales con un novedoso método de meditación. Años más tarde declaró que recordaba en paz aquella experiencia. No es lo mismo el vacío que se sufre que el vacío que se elige. El primero —la ESMA, el campo— no se debe romantizar. Nadie elige ser torturado. Pero el segundo aprende del primero. Su vida sugiere que la esperanza no siempre depende de un cambio de circunstancias, ya que incluso donde todo es impuesto queda un resto de libertad: habitar el vacío en vez de ser destruido por él.

El psiquiatra vienés Viktor Frankl iba por el mismo camino, pero logró sobrevivir al Holocausto. En El hombre en busca de sentido sostiene que, aun despojado de todo, el prisionero conserva una última libertad: tomar posición ante lo que le está ocurriendo. Él denominó ese estado como vacío existencial, es decir, ese aburrimiento sin rumbo que surge cuando la vida pierde el para qué vivir. Para Frankl, el sentido de la vida no se establece por la sola voluntad: se encuentra siempre en algo que nos excede.

Menciono a dos supervivientes, lo sé. Pero los que no sobrevivieron no pueden contarnos qué pasó con su esperanza. No pretendo hacer del horror una técnica, solo rescatar esto: frente al vacío, es posible preguntar en vez de cerrar la vida.

A Pablo d’Ors llegué por mi amigo Luis Fernando González, a quien agradezco haber despertado mi interés por su obra.

Jalics fue su maestro: tras conocerlo y a raíz del intercambio de correspondencia que recibió por Biografía del silencio, d’Ors fundó en 2014 Amigos del Desierto, una asociación para promover la práctica contemplativa. El nombre proviene de su novela El amigo del desierto, donde Pavel viaja varias veces al Sáhara, primero con la organización Amigos del Desierto, y luego solo, hasta rozar algo parecido al infinito. El desierto es la figura misma del vacío elegido: no responde a nada y va despojando lo accesorio hasta dejar la pregunta al desnudo. En Biografía del silencio, d’Ors narra sus tropiezos de principiante —el tedio, la inquietud y la distracción— hasta descubrir que el silencio no huye de la vida, sino que la afronta con más intensidad.

La trilogía del silencio la cierra El olvido de sí. Pablo d’Ors la considera su única novela de talante abiertamente religioso. El título ya lo orienta: la trilogía gira en torno al silencio y al vaciamiento del yo. Colisiona con una época que no soporta el intervalo entre pregunta y respuesta, empeñada en construirse, exhibirse y rendir sin pausa. Si la esperanza fuera un proyecto propio, dependería de nuestras fuerzas; d’Ors apunta a otra cosa: esperar empieza cuando dejamos de ser el centro. Ante tanta prisa no hace falta regresar a ninguna rigidez nostálgica ni aferrarse a dogmas. Basta recuperar la capacidad de permanecer, que es también una de las formas de esperar. Sentarse a callar es lo contrario de la hiperactividad: supone quedarse, sostener la atención y soportar el aburrimiento sin escapar.

Quien logra permanecer ante sí puede hacerlo ante otro, ante un compromiso, ante una cuestión. Eso no asegura la esperanza, pero la vuelve posible.

Aquí la filosofía de la educación tiene algo que ofrecer: hacen falta lugares donde el vacío no se rellene de inmediato: una clase donde una pregunta quede suspendida, una lectura que no se resuma, unos minutos de silencio antes de hablar. No es una pausa improductiva, es el entrenamiento más elemental para quien algún día deberá sostenerse ante su propio desierto.

Quizá el lugar vacío no sea un error por corregir. Puede ser un sitio desde donde empieza la espera. Como decía Paulo Freire, la esperanza no es pura espera; es un acto de imaginación del futuro que nos pone a trabajar en el presente. Por eso cambia el planteamiento: ya no se trata de cómo llenarlo, sino de si somos capaces de quedarnos el tiempo suficiente para que algo que valga la llegue a ser esperado.

Héctor David Arcila Ayala

Soy magíster en Filosofía de la Universidad Pontificia Bolivariana y Especialista en Gerencia Educativa de UNIMINUTO. Docente Universitario

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