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Podemos encontrar muchos significados atribuibles a todas las cosas que nos rodean, y éstos dependen en gran parte de las vivencias pasadas y presentes, del momento en que nos encontremos con ellas. Esa abundancia de significados hace parte de la riqueza que el universo pone nuestra disposición y que muchas veces, en el afán de vida que nos hemos autoimpuesto, parecemos olvidar. Reflexionando sobre esos diversos significados, en este caso me gustaría mencionar uno interno y personal, sumado a uno externo.
A nivel personal, para mí, los libros, la música y las historias van más allá de la cotidianidad: hacen parte de mi ser y, de alguna manera, definen lo que soy. Me han acompañado desde que tengo uso de razón.
Todavía me emociono y evoco diversas sensaciones, como percibir olores o sabores, cada vez que escucho 1/1, de Brian Eno, una pieza de 1978 que hace parte de su álbum Music for Airports (Música para aeropuertos). Es, tal vez, la primera canción que recuerdo haber escuchado con plena conciencia. Sonaba en la radio Toshiba RT-6100 de mi padre, porque era la cortina musical de la emisora de la Universidad Pontificia Bolivariana, y allí además de la música, se encuentra encapsulado el recuerdo del olor a una mañana de domingo guardada en plástico, el olor al cassette viejo que guardaba canciones y voces que ya no están. Y cerrando los ojos puedo ver además aquello que estaba alrededor, estar sentado a la mesa con la grabadora en frente y un desayuno de chocolate, arepa y huevos que me servía mi mamá. Desayuno que preparaba con el mismo amor con que lo sigue preparando hoy, sin falta. Cada vez que vuelvo a casa de mi familia y me quedo a pasar la noche, ella madruga antes que el sol para servírmelo no importa la hora a la que me toque partir rumbo a mi cotidianidad. Como si en ese plato quisiera ahorrarme todo lo que el camino pueda quitarme de encima.
También recuerdo acompañar a mis padres al Claustro San Ignacio. Mientras ellos asistían a sus clases, yo me quedaba en la biblioteca, feliz, rodeado de libros. Lo primero que corría a buscar en ese entonces eran las historietas de Tintín, esa bande dessinée creada por Georges Prosper Remi, más conocido como Hergé.
Recuerdo con la misma claridad el primer libro que leí: Buenos días, noche, de Jaime Alberto Vélez. Lo gané en un concurso de pintura infantil y todavía lo conservo como un tesoro. Cuenta la historia del señor Adán Nada, un hombre que está perdiendo la memoria. En ese olvido, y en su encuentro con tres niños, encuentra la oportunidad de darle un nuevo sentido a las cosas de todos los días. El libro incluso hace un guiño a René Magritte y a su obra Ceci n’est pas une pipe (Esto no es una pipa), que nos enseña cómo algo tan elemental como una pipa puede significar muchas cosas: en el cuento, quizá, un barco que navega por los mares.
Por eso, más que buscar significados en los libros, la música y las historias, siento que son estos benditos inventos de la humanidad los que le dan significado a mi propia vida.
Más allá de lo personal, creo que buscar y encontrar belleza en las palabras, en una historia o en los pequeños detalles que trascienden lo cotidiano es un acto de resistencia. Es resistirse al ritmo acelerado e hiperconectado al que nuestra realidad parece obligarnos. Hoy, más que nunca, los libros se convierten en las “armas” de esa resistencia: nos ayudan a liberarnos de una hiperconectividad que, sin darnos cuenta, nos encadena. Byung-Chul Han, el filósofo Koreano – alemán, en La sociedad del cansancio, nos ilustra sobre como nuestra realidad se ha transformado en una donde todo es pensado para buscar el rendimiento, prisa y estímulo, y donde hemos perdido la capacidad de simplemente contemplar. Jonathan Haidt, en La generación ansiosa, nos recuerda que nuestra atención está cada vez más fragmentada por pantallas que nunca se apagan. En medio de ese ruido, leer es una forma de volver a habitar el tiempo con calma.
Un libro nos obliga a ir despacio. No se puede leer de prisa una buena historia sin perderse lo esencial. Y en esa lentitud aparece lo que de verdad importa. Viktor Frankl, neurólogo, psicólogo, filósofo sobreviviente del holocausto, cuenta que, aun en el horror de un campo de concentración, un grupo de prisioneros se detuvo a mirar un atardecer, y uno de ellos dijo: «¡Qué bello podría ser el mundo!» (El hombre en busca de sentido). Esa capacidad de detenerse ante la belleza, incluso en el entorno más difícil, es una de las cosas más profundamente humanas que tenemos. La lectura la entrena.
Las historias, además, nos ayudan a darle sentido a lo que vivimos. Hannah Arendt recordaba que todas las penas pueden soportarse si las ponemos en una historia o contamos una historia sobre ellas (La condición humana). Y García Márquez lo dijo a su manera: «La vida no es la que uno vivió, sino la que uno recuerda y cómo la recuerda para contarla» (Vivir para contarla). Por eso leer no es huir de la realidad. Es aprender a mirarla, a nombrarla y a contarla mejor.
Al final, el amor por la lectura es también una forma de paciencia y de fe en lo que vendrá. Como escribió Alejandro Dumas al cerrar El conde de Montecristo, toda la sabiduría humana se resume en dos elementos: «attendre et espérer», «esperar y tener esperanza». Cada libro que abrimos es un poco eso: la espera tranquila de que, entre sus páginas, vamos a encontrar algo bello que no sabíamos que estábamos buscando.
















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