Es extraño cómo vemos constantemente análisis que hablan de la crisis de la democracia y, sin embargo, los medios de comunicación internacionales enfocan su atención en distintos procesos electorales.
Viene la segunda vuelta electoral en Brasil, que, a decir de los expertos, habrá de reconfigurar el mapa geopolítico de América Latina entera. Más allá de la continuidad o reacomodo ideológico del gobierno en turno, ya sea por la permanencia de la izquierda con Luiz Inácio Lula da Silva o por el giro a la derecha con el hijo de Jair Bolsonaro, el tema se concentra en las alianzas internacionales de Brasil, en la posibilidad de voltear hacia China o hacia los Estados Unidos.
Y este mismo año tendrán lugar las elecciones en Israel, las cuales rediseñarán o mantendrán los equilibrios políticos de Medio Oriente. Benjamín Netanyahu, el famoso «Bibi», enfrentará el juicio de los votantes no solo como gobernante de su país, sino como el conductor de una guerra que ha dañado la imagen de Israel a un nivel sin precedentes en la época reciente.
No obstante, tras su intervención en la ONU (Organización de las Naciones Unidas), no sería muy inteligente dar por perdido a «Bibi», pues ha construido su carrera recuperándose de fuertes caídas y no dejándose doblegar por la adversidad.
Finalmente, están las elecciones intermedias norteamericanas, que tienen a más de medio mundo pendiente de su resultado. Si bien las encuestas anticipan la derrota del Partido Republicano en la cámara baja, ya son muchos los especialistas que advierten que eso no significará una disminución del rol internacional de Donald Trump; por el contrario, aumentará.
La tentación de las victorias exteriores
Al verse asediado y vencido en casa, es posible que Trump y su movimiento busquen triunfos internacionales en aras de apuntalar las aspiraciones del trumpismo de cara a los comicios presidenciales de 2028. En la mira están Cuba y México, puesto que Irán parece representar una alternativa cada vez más lejana de éxito para la narrativa del gobierno norteamericano.
En tales condiciones, insisto, no hay razones suficientes para dar por acertado el diagnóstico de «la muerte de la democracia». Todo indica que serán las elecciones y el sistema democrático los que determinen el rumbo de vastas regiones y, en el caso estadunidense, dada su injerencia, del planeta entero.
Quizá interpretamos equivocadamente la coyuntura histórica y lo que murió o está muriendo no es la democracia: es la democracia liberal. Después de todo, buena parte de las opciones electorales en pugna se distinguen por su iliberalismo o incluso por su antiliberalismo.
La precisión conceptual importa porque de ella depende, a corto plazo, la definición del sistema internacional. Lo que se cuestiona no es la participación popular ni el voto de las mayorías, sino el componente liberal. Una mala noticia para quienes creemos en la vigencia del orden universalista y legalista propio del liberalismo, pero también una advertencia para prepararnos ante lo que viene. Las elecciones seguirán siendo determinantes en la estructuración del poder; el derecho y la ley, no tanto.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.















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