«Encuentro de dos mundos», «Día de la Raza», «Día de la Hispanidad»: la llegada de Cristóbal Colón a América el 12 de octubre de 1492 recibe un sinfín de nombres. Cada uno evoca una sensibilidad distinta, pero todos apuntan a lo mismo: el cambio de paradigma que dejó el choque entre dos culturas, se diga de forma más o menos políticamente correcta.
Me detendré en la idea de “celebrar la hispanidad”, ya que quienes colonizaron la mayor parte de América Latina llegaron bajo la Corona española. No pretendo ocultar mi orgullo por la lengua de Cervantes, ni por la forma en que nuestro continente la reinterpretó con sus dialectos y acentos. Parte de la belleza de esta región está en distinguir el acento santiaguino del rosarino, el caleño o el maracucho. Y eso sin hablar de la música, el arte y la literatura: el kalós, «lo bello», que nos dejó España.
Sin embargo, la hispanidad en abstracto me parece una performance vacía. ¿Qué celebra, exactamente? ¿Qué heredamos de España? La pregunta no es inocente. La fecha está cargada políticamente, y la nueva derecha la reivindica como la expansión de Occidente y del catolicismo. Ahora bien, ¿es ese el verdadero Occidente o solo su versión más conveniente?
Occidente no es solo la herencia judeocristiana. También es la cultura grecolatina, y entre ambas hay una tensión de valores que no se puede ignorar. Hesíodo anunció que, terminada la «edad heroica», Aidós abandonaría a los hombres; Nietzsche, en La genealogía de la moral (1887), contrapuso la moral del guerrero a la del sacerdote. Occidente es las dos cosas a la vez. De un lado está la kalokagathía (del griego kalós kaì agathós): el ideal de ser a la vez bello y bueno; del otro, la convicción de que el bien superior se alcanza mediante el pudor y la humildad: el aidos.
El Occidente que llegó con Hernán Cortés, décadas después de Colón, fue una bondad hipócrita, sin aidos. No hace falta enumerar lo que hicieron sus hombres. Muchos buscaban reconocimiento y riquezas, con pretensiones legítimas o no, y en su nombre cometieron actos indecibles. Alguien dirá que buscaban “la gloria” como los antiguos griegos. No obstante, ese no es el kléos que los aedos homéricos habrían cantado.
El kléos, «la gloria verdadera», era inseparable de la kalokagathía, esa otra mitad de Occidente que la culpa judeocristiana terminó enterrando. El Occidente que llegó a América, el que hoy se reivindica como hispanidad, no tuvo ni el aidos que predicaba ni la kalokagathía que había olvidado.
Me pregunto si quienes hoy celebran la hispanidad saben que reivindican solo la mitad de Occidente, y ni siquiera la mejor versión de esa mitad.
Esta columna fue publicada originalmente en El Insubordinado.















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