“Si el oscurantismo de la Edad Media se caracterizaba por el dogmatismo, la censura y el monopolio del saber, en la actualidad, el oscurantismo 2.0, paradójicamente, se caracteriza por la exagerada luminosidad que emana de la disponibilidad de información, sumada a la escasa práctica del pensar”.
Es paradójico que la luz tenga tanto la propiedad de iluminar como de enceguecer. En un buen día soleado, por ejemplo, pareciera que todo se ve en alta definición. Los colores y formas emergen con tal exuberancia que es posible contemplar tonalidades no antes percibidas. No obstante, esa misma luz que todo embellece puede también, de golpe, encandilar.
De la misma forma que es paradójica esta característica de la luz, es posible que pase lo mismo con la información. Esta ilumina rincones que parecieran indescifrables. Tener información permite hacerse una idea del mundo. Sin embargo, la información también encandila y hace que este se desdibuje en sus formas. Ejemplos a lo largo de la historia nos ilustran este aspecto. Esbozo dos casos en los cuales tener información no ha prevenido la ceguera: i) poseer información sobre la religión, y ii) estar informado sobre el Estado y sus leyes.
Estar informado sobre religión ha requerido esfuerzo intelectual y negarlo sería un despropósito. Esto se evidencia en el vasto corpus teológico y en el conocimiento de las doctrinas que definen cada fe. Sin embargo, multitudes formadas en una determinada doctrina religiosa, y atravesadas por disputas políticas de su tiempo, participaron en el asesinato de Hipatia de Alejandría poco más de cuatro siglos después de Cristo. Siglos más tarde, instituciones y concilios religiosos, profundamente informados por sus creencias y dogmas, legitimaron procesos de persecución, tortura y ejecución contra miles de personas.
Procesar la información sobre el Estado y sus leyes requiere dedicación, tiempo y capacidad intelectual. La Constitución, la jurisprudencia o el mismo espíritu que configura la unidad nacional, y el seguir sus disposiciones, demandan un conocimiento, bien sea especializado en el caso del legislador o cotidiano en el caso del ciudadano de a pie. No obstante, multitudes de legisladores y millones de legalistas facilitaron el Holocausto judío. El Estado alemán, regido por el Führerprinzip y enmarcado en las Leyes de Núremberg de 1935, determinó el marco de información necesario para regir la cotidianidad de la nación y el destino de los judíos.
Quien se ha tomado el trabajo de leer estas palabras muy seguramente calificará mi posición como una falsa causalidad, pero ciertamente no considero que tener información de por sí lleve a la barbarie. No obstante, siguiendo a Arendt, considero que existe un intermediario que, de estar ausente, puede hacer del acaparamiento de información algo vacuo: esto es, la falta de pensamiento. En esa línea, no hago un caso en contra ni de la religión ni del Estado; más bien, es una reflexión respecto a lo que implica la conducta posterior a la información.
Es innegable que estamos en la era de la información. No obstante, aun teniendo los datos del mundo en las manos, literalmente, hemos mantenido a la barbarie como compañera (c. f. Gaza). Lo paradójico, entonces, es que pareciera que una nueva era de oscurantismo se cierne sobre la sociedad; una era donde la información oscurece la razón. Ahora, el oscurantismo no es del conocimiento sino del pensamiento.
Si el oscurantismo de la Edad Media se caracterizaba por el dogmatismo, la censura y el monopolio del saber, en la actualidad, el oscurantismo 2.0, paradójicamente, se caracteriza por la exagerada luminosidad que emana de la disponibilidad de información, sumada a la escasa práctica del pensar. En la actualidad, múltiples aplicaciones se lanzan al mercado para enseñar de manera rápida el contenido de libros famosos o enseñar historia; entretanto, la IA amplía las posibilidades de lo cognoscible hasta fronteras inimaginadas.
No propongo caer en teorías de conspiración en las cuales se culpa a un núcleo de actores poderosos que quieren obnubilar a la población global; al menos no tengo evidencia empírica para llegar a esa conclusión. Lo que sí quiero es llamar la atención respecto a la necesidad apremiante de pensar, acompañado del conocer.
Para cerrar este texto, y retomando la paradoja inicial de estar encandilado por la luz, quisiera proponer una respuesta a la pregunta: ¿qué es pensar? Quizás pensar consista en no mirar directamente al sol o, cuando ello sea inevitable, ponerse unas gafas para evitar el enceguecimiento. Las gafas, en este caso, son el pensamiento. Porque el problema de nuestra época, y de muchas otras antes que la nuestra, no parece ser la falta de luz, sino la ausencia de criterio para actuar en medio de ella.















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