Soy la daga y soy la herida

«Como el amor es la pasión más noble y divina del alma, así también a él podemos atribuir justamente todas las verdaderas satisfacciones de la vida; y sin él, el hombre está incompleto e infeliz».
— Aphra Behn, «Oroonoko» (1688)

No soy noble. Tampoco soy gentil. No sé si soy honesta; solo con mi silencio. Soy violenta, soy sutil; avasallante y peligrosa. Soy encantadora; una hechicera torpe, una bruja sin escoba, un ladrón de arma blanca con cuerpo y con alma.

Aprendí a llevar una daga en la mano izquierda, aunque sea diestra. La daga me hace peligrosa: apuñala, hiere y amenaza.

En la mano derecha debo llevar mi pluma: es sagrada. Es más importante que la daga porque la uso para escribir. ¡Necesito escribir! A veces también apuñalo el papel cuando ha escuchado mis verdades siniestras y debo destruirlo.

Mi verdugo menos cruel, quien, aunque no me condena, hace algo mucho peor: me recuerda. Lo rompo con mi verbo irreverente; dejo que la tinta sangre y manche todo; dejo mis huellas en mi desastre.

Soy la culpable.

Con la pluma le atino a la precisión: a ser directa y concisa. La verdad no suele ser hermosa o poética; es desastrosa, cruda y caótica.

La daga en mi mano izquierda, en cambio, es torpe. Es bullosa. El papel mínimamente tiene la decencia de no gritar cuando lo apuñalo. La daga hace que todos griten y señalen; basta con verla para ser condenada.

A la daga le gusta la sangre: la de otros y la mía.

A veces me lastimo con ella; aún no la sé usar tan bien como debería. Me lo advirtieron cuando se me otorgó.

La pluma es sagrada… la daga, también. Sin ella, sabrán que soy débil, que soy indefensa y que pueden hacerme daño.

Pocos saben que llevo una daga conmigo; trato de esconderla para no asustar.

Me ha hecho despiadada. Me ha convertido en prófuga de mis propias verdades; no sé cuándo apuñalar para no salir herida, ni mucho menos a quién clavársela para no herir a quienes he querido.

Me he equivocado de víctima un par de veces. Hay un par de cuerpos a mi nombre.

Sin embargo, todavía la llevo conmigo; necesito defenderme con algo.

Si todos vieran la daga me pondrían esposas, y yo no me quiero casar; no quiero ser la esposa de nadie.

Podrían condenarme fácilmente; sé que he sido criminal —hasta “bandida”, dirían algunos porque llevo un arma, robo corazones, rompo reglas y me escondo entre mis plumas—.

Me cazarían como presa, y algún hombre desdichado podría devorarme.

Y entre papeles destruidos y los desastres que he generado por mi mala puntería, todos mis fallos apuntan a la única verdad: que soy humana.

No logro liberarme de la culpa. Me pesa. Soy humana y también me han clavado mis buenas puñaladas. Algunas me las he pegado yo misma.

Desafortunadamente, la culpa es de lo poco que ha sido verdaderamente mío; habrá menos de mí cuando la deje ir. No sé si seré menos sin ella; ¿cómo haré para recordar lo que he perdido a causa de mi torpeza y mi osadía?

A la culpa le gusta quedarse. Mas irónicamente, mi acto más honesto ha sido saber cuándo irme.

Y no he tenido la decencia de irme con gracia, mucho menos con gratitud o con sabiduría; solo me esfumo y oro que adonde me lleven mis plumas esté lejos y no tenga que tropezarme con los escombros de mi pasado.

Oro, y pido a quien escuche que me enseñe a usar esta daga para no cortarme más: para no cortar a quienes quiero y a quienes me han querido. Pido que me hagan menos peligrosa… y que tampoco me dejen indefensa.

Perdón… pero no.


Este manifiesto poético, publicado originalmente en El Insubordinado, toma su título y concepción de la inspiración en la novela Soy la daga y soy la herida, de Laura Restrepo.

Isa Ramelli

Narradora de la vida y artista de la realidad. Periodista en formación, lectora apasionada, escritora y futura novelista. Founder Member de El Insubordinado.

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