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Recorriendo las páginas de Algoritmos Deshumanizantes, de Santiago Jiménez Londoño, voy encontrando diversas paradojas. Algunas de ellas aparecen de manera explícita; y otras, más sutilmente, se van revelando entre líneas. Son paradojas que, de una u otra manera, hacen parte de nuestra cotidianidad, y pueden resultar inquietantes. En esta reflexión abordaré tres, ya que tocan un elemento fundamental de nuestra vida en sociedad: la amistad.
- “Nunca habíamos tenido tantas posibilidades de estar conectados y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil sentirnos solos.”, cita la obra en cuestión, y la relaciona con el concepto de Walter Benjamin asociado a La pérdida del aura de la obra de arte cuando la reproducción técnica hace posible multiplicarla, repetirla, llevarla a cualquier lugar. Algo parecido está ocurriendo con la amistad. A través de algoritmos hemos reproducido infinitamente las posibilidades de contacto, pero en esa reproducción hemos perdido lo que hacía especial el encuentro: la presencia, la singularidad, la capacidad de afectarnos.
- Hemos construido tecnologías capaces de acercarnos a cualquiera, pero cada vez nos cuesta más encontrarnos realmente con alguien. La amistad, en su sentido más profundo, también implica incomodidad. Es ese otro que nos conoce lo suficiente para decirnos algo que tal vez no queremos, pero necesitamos escuchar; que, con sus argumentos, y buenas intenciones nos hace cambiar de opinión; y nos obliga a salir, aunque sea por un momento, de nuestra propia manera de mirar el mundo. La amistad no siempre debería hacernos sentir bien, también debería cuestionarnos.
- Nunca habíamos tenido tanto acceso a la vida, las ideas y las palabras de los demás y, al mismo tiempo, nunca había sido tan fácil dejar de verlos como personas. Esta es la paradoja que probablemente más me inquieta: la deshumanización del otro. Vivimos en una cercanía que, en lugar de acercarnos, nos autoriza a juzgar a ese otro que no tiene rostro, historia ni contexto.
La soledad contemporánea no es solamente la ausencia de personas, sino la ausencia de esos vínculos con aura: los encuentros que no pueden ser replicados, las conversaciones que no caben en un like, aquellas personas cuya presencia no puede ser reemplazada por una pantalla llena de contactos.
Con solo dar una mirada general a los comentarios de cualquier publicación en una red social nos encontramos con una sarta de opiniones ofensivas, juicios rápidos y palabras lanzadas contra alguien que, en la mayoría de los casos, ni siquiera conocemos. Cuando el otro deja de tener rostro, historia, contexto y presencia, resulta mucho más fácil reducirlo a una opinión, a una etiqueta o a un objeto sobre el cual descargar la propia frustración. Cuando no conozco al otro, puedo deshumanizarlo con una facilidad que probablemente no tendría si estuviera frente a él. Y, al no tenerlo frente a mí, tampoco parece necesario sentir culpa por lo que digo.
Hannah Arendt reflexionaba sobre la banalidad del mal a partir del juicio de Adolf Eichmann. Arendt encontró en Eichmann no una personalidad excepcionalmente monstruosa, sino una profunda incapacidad para pensar desde la perspectiva del otro. El problema no era simplemente la estupidez, sino la ausencia de ese tipo de pensamiento que nos hace detenernos, y preguntarnos por las consecuencias de los propios actos. En Eichmann en Jerusalén, Arendt llegó a plantear que esa incapacidad para pensar desde el lugar de otro podía convertirse en una forma de alejamiento de la realidad.
La historia del Holocausto nos mostró hasta dónde puede llegar una sociedad cuando un grupo humano es progresivamente convertido en un “otro” al que se puede excluir, señalar, despojar de derechos y, finalmente, dejar de reconocer como semejante. La deshumanización no comienza necesariamente con la violencia; puede comenzar con el lenguaje, con la indiferencia, con la repetición de etiquetas y con la incapacidad de reconocer al otro como alguien cuya vida tiene un valor propio.
Por eso me preocupa la manera en que los algoritmos pueden estar socavando, casi imperceptiblemente, algunos de los cimientos de nuestro relacionamiento como sociedad. No porque un comentario ofensivo sea comparable con los horrores del nazismo, sino porque existe una pregunta común detrás de ambos fenómenos: ¿qué sucede cuando dejamos de pensar en quien está del otro lado como una persona? La pantalla elimina el rostro, el algoritmo reduce el contexto y la interacción instantánea elimina el tiempo para pensar. Entonces podemos herir sin mirar, juzgar sin conocer y responder sin escuchar.
El riesgo de la hiperconexión no es el que nos conectemos demasiado, sino el que aprendamos a relacionarnos con representaciones del otro en lugar de relacionarnos con el otro. Y cuando eso sucede, también la amistad pierde su sentido: deja de ser encuentro, reconocimiento, confrontación y cuidado, para convertirse simplemente en interacción.
Recuperar el aura de la amistad implica que volvamos a algo que es en esencia sencillo, pero, en nuestra actualidad, revolucionario: estar presentes. Escuchar. Conversar. Disentir. Caminar juntos. Compartir silencios. Mirarnos sin la intermediación de una pantalla. Algoritmos Deshumanizantes nos recuerda que, en un mundo hiperconectado, volver a encontrarnos es una forma de resistencia.
Pensar también es detenerse frente al otro. Intentar comprenderlo. Preguntarnos qué estamos haciendo y qué consecuencias tiene aquello que hacemos. Recuperar esa capacidad de pensamiento es una urgencia en el camino de recuperar nuestra humanidad.














Gran artículo, un contenido con mucho sentido para reflexionar
Valiosa reflexión para confrontarnos en estos tiempos y hacer parte de la resistencia a la deshumanización