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“La innovación puede y debe surgir desde quienes viven el problema hacia quienes toman las decisiones.”
Hay una pregunta esencial cuando hablamos de soluciones a los problemas de política pública: ¿y si la solución ya existe, pero estamos mirando hacia el lugar equivocado? Cuando un gobierno, ya sea local, regional o nacional enfrenta un problema se suele recurrir a experiencias internacionales, modelos de referencia y estrategias diseñadas desde las propias instituciones estatales. Esto es necesario y sería un error desconocer su importancia. Sin embargo, también es fundamental buscar respuestas innovadoras en lugares que desde una visión tradicional no suelen ser considerados referentes de innovación.
Pensemos en un municipio de la periferia con recursos limitados que encuentra una forma más eficiente de atender a su población. O en una comunidad que desarrolla soluciones frente a un problema que ha sido ignorado por los gobiernos locales, regionales y nacionales. ¿Qué ocurre cuando estas experiencias funcionan? Y más importante ¿quién evalúa sus resultados y determina si pueden convertirse en modelos de referencia para otros territorios?
Estos cuestionamientos nos llevan a una idea que se denomina innovación inversa. Tradicionalmente, la transferencia de conocimiento ha estado marcada por una jerarquía implícita donde las mejores soluciones provienen de países de altos ingresos, grandes centros de pensamiento e instituciones consolidadas. La innovación inversa cuestiona esa lógica. Aunque el concepto surgió principalmente en el ámbito empresarial, trasladarlo al sector público nos invita a ampliar las formas en que los gobiernos identifican, adquieren y aprovechan el conocimiento para resolver problemas colectivos.
Los territorios son, en sí mismos, laboratorios de innovación. Allí, los ciudadanos experimentan de primera mano los problemas públicos y acumulan conocimientos que casi nunca quedan registrados en los informes institucionales. Reconocer esta realidad implica avanzar hacia modelos de co creación pública en los que la experiencia ciudadana no sea únicamente una fuente de consulta, sino también un insumo para diseñar, implementar y mejorar las políticas públicas.
El reto actual de los gobiernos no consiste únicamente en identificar soluciones trata de superar la idea de que innovar significa exclusivamente crear algo nuevo y reconocer que también es posible hacerlo aprendiendo de aquello que ya funciona en el día a día. En este sentido, los gobiernos locales tienen un papel fundamental como espacios de experimentación, aprendizaje y mejora, mientras que el Gobierno Nacional puede contribuir a articular estas experiencias, evaluar sus resultados y generar incentivos para que otros territorios conozcan y adopten las iniciativas que demuestren su utilidad y aplicabilidad.
La creación de soluciones desde visiones de las instituciones, la ciudadanía, la academia, el sector privado, la sociedad civil y los demás actores sociales no puede quedarse en el papel. Debe convertirse en una fuente de conocimiento para formular políticas públicas innovadoras y de co creación bajo la lógica del fomento de un gobierno abierto. Esto exige escuchar a quienes viven los problemas públicos en su cotidianidad, reconocer sus capacidades y establecer mecanismos para que sus experiencias contribuyan a las decisiones institucionales.
Pensar al revés no significa hacer las cosas al contrario, sino reconocer que las soluciones no siempre nacen donde tradicionalmente se está acostumbrado a buscarlas. La innovación pública no siempre está en crear nuevas respuestas sino en desarrollar la capacidad institucional para identificar, validar y escalar aquellas que ya están surgiendo en los territorios. Esta es una de las grandes oportunidades para los gobiernos: cambiar la dirección en la que buscan conocimiento y reconocer que la innovación también puede surgir desde quienes viven el problema hacia quienes toman las decisiones.














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