Misericordia

Jorge Diego Mejía Cortés

 Un día común y corriente, una mañana de rutina en el Sanatorio Ottamendi. El señor Abramovich recibió el dictamen médico en sobre cerrado de manos de la secretaria del doctor Greenberg. El diagnóstico: un tipo de miocardiopatía progresiva y crónica que requería de un trasplante casi de inmediato. Con cara compungida la señora Elizalde le informó al potentado que el doctor se encontraba en una junta médica y que la próxima cita se agendaría para junio. Abraham Abramovich de 67 años, bajó casi de manera automática por el parsimonioso ascensor, sin dar crédito al documento que a duras penas podía mantener en sus temblorosas manos. En la recepción del hospital se encontraba su esposa Bárbara quien al ver el rostro desecho de su esposo advirtió lo peor.

— “Está todo mal, vieja”

Bárbara no supo qué decir, contuvo dos enormes lagrimones que sin remedio brotaron y corrieron por sus ajadas mejillas. Solo acató darle un prensil abrazo y recostar su corta cabellera ceniza en un costado del corpulento señor Abramovich. Llamaron con un gesto a don Gonzalo el conductor, abordaron a toda prisa, cubriéndose de la fina garúa, doblaron por Belgrano hasta la Avenida Huergo. Mientras el auto andaba, una llamada al móvil cortó el frío silencio, su agente de Zúrich, en un alemán taimado, le indicaba algo acerca de sus negocios, él lo interrumpe en inglés, lo insulta, su rostro se torna agresivo, irascible. Bárbara, notablemente cansada, prefiere observar los transeúntes en la ventana contraria. Su cotidianidad le representaba serios quebrantos de salud.

Una vez en su apartamento, sin mediar una palabra, se quitó el sacoleva, subió rápidamente al estudio, observó con júbilo sus trofeos de caza, un alce canadiense, un lince ibérico, la cabeza de un elefante asiático y, al otro costado, la portada donde su semblante aparecía en la Revista Dinero, enmarcada en un cuadro negro con ribetes dorados. Como pudo, contuvo un llanto que provenía de lo más profundo de su ser, no podía permitirse que el presidente de un emporio se resquebrajara por nimiedades. Quiso beber un bourbon, quiso fumar un puro, pero sabía que lo tenía estrictamente prohibido, esta impotencia exacerbó más su frustración. Tomó un par de sedantes, un descafeinado y apagó su teléfono celular.

Al tercer día, ingresó al edificio de negocios en Palermo para asistir a la junta directiva del Consorcio de Bienes Raíces. Sin mediar palabra, un joven ejecutivo le acercó sonriente un portafolio, Abraham intuyó de soslayo que aquella sonrisa, más que un halago, se constituía en una burla; sentía que los miembros de la junta veían en él a un viejo decrépito incapaz de tomar determinaciones. Lo observó fijamente, con cierto fuego en la mirada, la sonrisa del joven desapareció y se convirtió en terror. Esto exacerbó más la súbita ira del presidente, quien en voz baja pero decidida, y sin dejar de mirarlo a los ojos, vocalizó: “estás despedido”.

El 14 de junio muy temprano, el señor Abramovich recibió una llamada del doctor Ignacio Greenberg que ni el licenciado ni su secretaria pudieron atender y que fue directo al buzón de la compañía. En tono cálido, pero sin muchos rodeos le dejó el recado, exhortando que se encontraran en el café de la esquina de Azcuénaga con la Recoleta para conversar sobre su padecimiento y una muy posible alternativa. A las 9: 49 de la mañana, que terminó la junta de asociados de la firma Daez & Cia. S.A., Abraham pudo escuchar el audio y de inmediato se comunicó con el doctor Greenberg a su móvil personal.

—¡Oye cheto, pelado que son buenas noticias! me comuniqué con el Sheba Medical Center y hay un hermoso corazón prístino esperándote. Es una posible donante joven con tu mismo tipo de sangre. ¡Una bendición! Nos vemos mañana—. De inmediato, Abraham suspendió toda reunión prevista y le comentó la buena nueva a su esposa. Entre Greenberg y el licenciado se había tejido una amistad de antaño, sus familias practicaban golf en el mismo club y asistían a la misma logia. Abramovich pasó la noche en duermevela, al igual que las noches anteriores. Al amanecer se dispuso al anhelado encuentro:

“¿De cuánto estamos hablando?” Preguntó el futuro receptor, mientras sostenía con fuerza una taza de cerámica china por la oreja, degustaba un café brasilero de dudosa calidad y miraba fijamente (con una ceja levantada) al médico Greenberg. “Unos cuantos ceros a la izquierda”, respondió con una sonrisa un tanto socarrona el médico, en tanto se pasaba la mano derecha por su cabellera blanca en forma de choza.  “Lo importante es transferir una cuota inicial en séqueles[1] a un banco en el exterior”. Repuso. “Cuente con eso”, cerró la conversación el licenciado.

En la teología católica, la misericordia de Dios puede concebirse de dos formas. En la primera, la misericordia divina se entiende exclusivamente como el acto de rescatar al hombre de la miseria del pecado. Quienes se centran en este concepto establecen, de hecho, una distinción entre el amor y la bondad de Dios, por un lado, y Su misericordia por el otro. Según esta postura, el creador expresa Su bondad y amor en la obra de la creación, en la santificación del hombre y en su elevación a la entrega total a él; siendo la naturaleza de Dios el darse a sí mismo y otorgar bienes o indulgencias. No obstante, vista de este modo, la misericordia del demiurgo se refiere únicamente a la miseria humana o al pecado. Si el pecado no existiera, el gran arquitecto del universo no tendría que mostrar Su misericordia; solo mostraría amor y bondad, tal como hace con los seres celestiales, con los no-terrenales.

En su diario Sor Faustina, citando a Kostecki, añade que el señor también otorgó a los ángeles bienes sobrenaturales, pero, en sentido estricto, no les ha mostrado Su misericordia, sino solo amor y bondad. Por lo tanto, según el Padre W. Granat, no se deben confundir los conceptos de amor, bondad y misericordia, sino ceñirse a sus significados estrictos. Dios creó el mundo por bondad y amor, no por misericordia, ya que el acto de traer a la existencia y el otorgamiento de bienes son un signo y una expresión de bondad, y no de compasión o lástima. En este orden de ideas, Abraham era un ungido de la santa misericordia al obtener la tan ansiada víscera en tan corto tiempo, una especie de elegido, un ser que gracias a su estatus, merece toda la gracia e indulgencia que la conmiseración celestial pudiese otorgarle.

Esa mañana, el trayecto hacia Recoleta le pareció eterno. El aire de Buenos Aires, denso y húmedo, se le antojaba como un recordatorio de que sus órganos vitales se estaban rindiendo. Mientras caminaba hacia el café en Azcuénaga, Abramovich no podía dejar de pensar en la frialdad con la que Greenberg había manejado el asunto. Había algo en la urgencia del médico que no terminaba de encajar con los protocolos habituales de las listas de espera. Se sentó a esperar, observando a la gente elegante pasar, sintiendo que él ya no pertenecía a ese mundo de vivos y ostentosos señores, sino a un mercado de sombras donde el tiempo se compraba con transacciones internacionales. Sufrió un episodio momentáneo de asco e incertidumbre existencial.

Después de varios exámenes y cuando supieron que se trataba de semejante cliente, la junta de médicos determinó que el paciente se encontraba listo para la cirugía. Se omitieron trámites engorrosos y buena parte de la parafernalia clínica de rutina. En la sala de operaciones el medico en jefe da luz verde al proceso de trasplante, el anestesiólogo certifica el estado estable del paciente que ahora se encuentra en trance, mientras el cirujano se pone sus guantes de látex y reproduce en sus audífonos una lista de melodías de heavy metal antes de comenzar la incisión. Uno de los auxiliares trae en un recipiente de Telgopor®, rotulado con una etiqueta que reza: “material biológico”, un músculo cardíaco completo, sano, fresco, casi palpitante.

 

“It is 1999
The human race has to face it
They are confronted with the truth
It’s secret, mysterious.

 

A surgeon said it in the news
The human race is dying
But the result is no disease
Searching for you.

 

Metal heart, metal heart
They found it everywhere
Metal heart, metal heart
Lifeless piece of Steel.

 

The scaring fact was even told
Total confusion
They found the same nightmare
Heartbeats, timebombs…”

Suena “Corazón de metal” del grupo Accept en los oídos del joven Cirujano Marco Rossemblatt mientras hinca su escalpelo.  Durante el procedimiento, el señor Abramovich, tuvo una especie de epifanía, en la que pudo ver y abrazar a su difunta madre y a su padre, recordó el Janucá de hace 30 años en el que conoció a su esposa, los paseos furtivos con su amante por las playas de Colombia y las frías montañas de Machu Pichu, la prematura muerte de su hijo Manuel y las incansables jornadas de trabajo en la oficina, en la bolsa y en su casa de campo. Momentos llenos de placer, de estrés, de ira, de soberbia e incluso de tristeza. Tras una breve reanimación, el paciente abre los ojos y comienza a recordar quién era y dónde se encontraba. Al principio, su visión borrosa le hizo pensar que estaba rodeado de ángeles, luego volvió en sí y supo que la intervención quirúrgica había salido bien.

Una hora después, fue remitido a observación en la unidad de cuidados intensivos, donde comenzó su proceso de recuperación. Una leve jaqueca, un poco de náuseas y un dolor punzante en el pecho, sin embargo, se encontraba estable y respondiendo satisfactoriamente según el dictamen del médico de turno. Los días siguientes fueron una especie de claroscuro en el convaleciente sexagenario, con episodios de lucidez y letargo. Se sentía enérgico en algunas ocasiones, pero, en el fondo sentía un inexplicable tufillo de culpa que emanaba de su ser, mezclado con sed física y algo de depresión. Prefirió no darle importancia. Se concentró en su recuperación y en su vida sibarita. En la mañana leía un poco (en ese momento releía algo de Chaim Potok); en la tarde, tomaba un baño corto en la pileta, ejercicios de rutina prescritos por el médico y una estricta dieta.

En ocasiones, le venían a la mente antojos extraños, cierto día se le antojó un plato de lentejas, a sabiendas de que las odiaba, las consideraba un plato popular y despreciable. Se sintió horrorizado por su capricho e intentó matizarlo pidiendo un chicharrón de mar (una de sus comidas preferidas) a su chef personal, don Gastón Sánchez, un peruano que trabajaba para él hace un par de lustros; pero, cosa extraña, al ver su plato servido fue incapaz de comerlo. Apenas probó bocado, le sucedieron las náuseas. Ordenó que lo retirase, se acercó a la cocina omitiendo a la mesera y con un poco de vergüenza y en voz baja le dijo: “Gastón, quiero un plato de lentejas”. Los sentidos del jefe de cocina no daban crédito a lo que escuchaba. Sin embargo, sin hacer ningún gesto o comentario, procedió a cocer libra y media de lentejas al vapor.

En la noche, después de consumir con voracidad el último plato de lentejas que quedaba (de forma poco glamurosa y ante los ojos de los criados que observaban atónitos), se levantó de la mesa y se fue a caminar por el jardín, se acostó en el prado junto al parterre y comenzó a tararear una canción en un idioma que no conocía. Se quedó un largo rato viendo las estrellas y cantando. Luego, se fue a su dormitorio, sin cepillarse los dientes, sin ponerse el pijama y sin despedirse de beso de su esposa (que era lo habitual). Aquella mujer contemplaba con espanto, pero con cautela, los abruptos cambios de carácter de su cónyuge. Era como estar con un completo desconocido. Con alguien que ha perdido por completo la razón.

Desde un agujero rectangular, donde alguna vez hubo una ventana (como un Rothko macabro), se divisa un sol canicular que agita las trazas de fósforo blanco que aún perviven en el suelo y cuyo aliento se levanta como un veneno sobre las cabezas polvorientas. Escombros grises por doquier, un niño harapiento, que corre hacia un balón hecho de trapos, sale súbitamente del habitáculo. Un certero disparo desde el atalaya, sesos y sangre se esparcen en cámara lenta, su alma se resquebraja. Un grito mudo / intenta despertar de su pesadilla. Se observa a sí mismo como una mujer con hiyab, que no puede controlar las lágrimas, pero tampoco tiene más líquido para derramar.

Despierta, sobresaltado. Su corazón late con frenesí, le duele el pecho, suda a mares. “Es por las lentejas”, piensa con enfado. Se incorpora bruscamente: “¡no debí comer esa basura!” En su mente recuerda una frase de su última lectura: “Mi hijo es mi posesión más preciada. No tengo nada en el mundo comparado con mi hijo[2]”. Su esposa finge que duerme, no lo consuela, no lo auxilia. Se levanta al baño, pero antes observa con detenimiento su alcoba. La encuentra encantadora: una lámpara con un curioso diseño, un cuadro gigantesco de alguien que seguramente conoce, iluminado por una luz tenue que viene desde el cielorraso; una inmensa cama de madera con grabados en su espaldar, una alfombra tejida que cubre casi todo el piso. Se pregunta: “¿todo esto es mío?”. Automáticamente regresa la cama, desvaría, no sabe qué es ficticio y qué es real.

En la mañana no pudo sacarse de la cabeza el intrusivo pensamiento sobre la pesadilla de la noche anterior. Sentía, además, que su cuerpo era demasiado pesado, que nunca había considerado lo incómodo que era desplazarse. Le maravillaba observar todo lo que tenía, lo que poseía y cómo sus súbditos le obedecían al unísono. Los miraba con una compasión que ellos jamás habían experimentado, una mirada que incomodaba por sincera. A decir verdad, a muchos de ellos jamás los había mirado a los ojos. ¿Tendrían familia? ¿Serían felices? Era como si apenas describiera el mundo. Su mundo. Estuvo tentado a preguntar si lo consideraban un buen jefe, si eran bien remunerados; no recordaba cuánto ganaban y, a duras penas, sus nombres. Sentía repentinas ganas de llorar. Sus ataques de llanto lo llevaban a esconderse en el baño, donde permanecía mucho tiempo mirándose al espejo, tratando de encontrar respuesta alguna.

─ ¿Qué me sucede? / exclamaba entre sollozos.

Según la Stanford Health Magazine Care, un trasplante de corazón suele ser una cirugía que transforma la vida. Al igual que ocurre con otros problemas médicos crónicos, los receptores de trasplantes de corazón tienen un mayor riesgo de desarrollar síntomas psiquiátricos significativos y trastornos psiquiátricos diagnosticables. Hasta el 50 % de los pacientes con cardiopatía avanzada experimentan ansiedad o depresión. Tras el trasplante, hasta el 63 % de los receptores de corazón desarrollan ansiedad y/o depresión durante el primer año posterior a la intervención.  Adicionalmente, el llamado “Síndrome de Frankenstein”, que alude a la dificultad del paciente para integrar el órgano de un extraño en su propio esquema corporal. El receptor puede experimentar una crisis de identidad severa, al sentirse “confeccionado” con retazos de otros. Esto genera estados de despersonalización, en los que el cerebro, al no reconocer el ritmo del nuevo corazón, proyecta una identidad ajena.

Después de tomar coraje, le pidió a su secretaria que agendara una cita con su psicólogo, cuanto antes posible. Y, por tratarse de un “hombre importante”, la cita fue concedida para el día siguiente. A las 8:50 de la mañana (diez minutos antes), el doctor Peretti se encontraba en el despacho de Abraham. Peretti, un hombre espigado, con un inmenso mostacho, rostro impávido, cejas tupidas, cabello ralo y corto, sombrero tanguero rioplatense, corbata y frac azabaches, ingresó a la oficina, pidió un café y agua mineral. Sin mucho protocolo, invitó a su paciente a sentarse en el sofá. Tomó atenta nota de todas sus aflicciones y, de manera casi automática, escribía garabatos en un cuadernillo. La sesión se extendió casi por dos horas, durante las cuales un ceremonioso monólogo se apoderó del recinto cual somnífero. Entretanto, el resignado terapeuta, esforzándose por no bostezar, pintó una flor y una canoa en cada ángulo opuesto, derecho e izquierdo, de la hoja de papel. Al final, escribió una lacónica pero lapidaria frase: “Daemonium meridianum” (Le démon du midi)

El término daemonium meridianum (“demonio del mediodía”) aparece en la tradición cristiana antigua y medieval para describir una forma de abatimiento espiritual, desgano profundo, ansiedad o desesperación, que atacaba especialmente hacia el mediodía. Proviene de una interpretación del Salmo 91: “la peste que avanza en tinieblas, ni la destrucción que devasta al mediodía”. Monjes del desierto, como Evagrio Póntico y Juan Casiano, relacionaron esa idea con la acedia: una mezcla de cansancio existencial, apatía, tedio y pérdida de sentido. En la literatura espiritual medieval, el daemonium meridianum no era necesariamente visto como un demonio literal, sino también como una metáfora de la crisis interior, el vacío emocional y la falta de propósito. Sin embargo, en el ámbito psicológico, filosófico y existencial, este concepto es más preciso y se despliega en dos grandes acepciones que, aunque nacieron en épocas distintas, comparten la misma raíz: la crisis ante el peso del tiempo y el vacío. No obstante, el dictamen de Peretti no era solo simplista, sino incorrecto: la crisis de la mediana edad aparece entre los 40 y los 50 años; Abramovich ya había sorteado con creces esa etapa.

Una mañana en que se sintió un poco mejor, le pidió a su chofer que lo llevara a su casa de campo, cerca de Carmen de Areco, sin consultarle previamente a su esposa. La servidumbre empacó lo que, entre dientes, le fue indicado y, cuando Bárbara regresó del chopin, su marido se encontraba presto a partir. No tuvo otra opción que acompañarlo, a pesar de su evidente enfado. Por un momento se sintió de nuevo el déspota potentado que siempre había sido: llamó idiota a uno de sus escoltas por la tardanza e inútil a su chofer por la poca velocidad; le ladró en alemán a su agente en Zúrich, telefoneó a la junta directiva de bienes raíces y solicitó un detalle de los últimos movimientos (le recordaron que aún no habían contratado a nadie y que la persona encargada había sido despedida por él de forma poco elegante); solicitó, vía correo electrónico, cuentas claras al viceministro de Finanzas en un tono despectivo y envío un WhatsApp al grupo de “Club de Caza” solicitando una reunión para planear el próximo safari.

Pero la noche no da tregua: es cruel e implacable, como los ejércitos. Entre el fragor de la calefacción vinieron los sueños y, con los sueños, las pesadillas. Era una tarde calurosa; en las calles, decenas de cuerpos envueltos en sábanas blancas. Sobre la superficie de las telas se asomaban manchas de sangre; mujeres y ancianos lloraban. Algunos clamaban al cielo, oraban en un idioma que no era hebreo, aunque se parecía bastante. Se escuchaban explosiones no muy lejos, gritos, verdaderos gritos de dolor y de horror: aquello era un apocalipsis. “¿Qué hacia allí?”, se preguntaba. De pronto llegó un convoy de soldados, quien comandaba el pelotón tenía un rostro muy similar a su hijo Manuel. Su rostro expelía maldad. Abrió fuego contra las personas que se encontraban llorando a sus difuntos. Caían los casquillos mientras las balas traspasaban la carne. Quería despertar, pero no podía. Una bala le perforó el vientre. Estaba en embarazo. / No eran las lentejas. Esta vez su esposa si lo auxilió: lo despertó, enjugó su rostro y lo tranquilizó, recostándolo en su regazo. “Tranquilo, tranquilo, estoy contigo”, le decía mientras tomaba su mano.

Manuel Abramovich era el hijo menor de Abraham, estudiaba negocios internacionales en la Universidad de Boston, Massachussets, más por la influencia y al dinero de su padre que por iniciativa propia. El sueño de chico de Manuel era ser artista, pintaba y dibujaba de forma brillante, pero su padre se negó a cumplir su deseo. Decía que debía estudiar negocios o derecho para poder direccionar las empresas familiares. No era precisamente un joven brillante; tímido y algo retraído, no era sociable ni mucho menos empático. Sus amigos lo buscaban por el dinero: con ellos probó la marihuana y el alcohol, después la cocaína y el fentanilo. Frecuentaba con ellos las prostitutas de los clubes nocturnos, su carencia de afecto era notable, su padre nunca estuvo presente, todo eran tarjetas de crédito, transferencias y regalos lujosos. Su madre lo despreciaba desde que nació. Murió de sobredosis en una discoteca de Palm Beach a los 22 años.

Pasaron nueve días y nueve noches, en los que los sueños se hacían cada vez más largos y realistas. Al segundo día soñó con una ciudad arrasada: casas incendiadas, personas quemadas vivas, niños degollados y madres pidiendo clemencia. Al tercer día vio cuerpos volando, calcinados por misiles termobáricos; personas muriendo de inanición; niñas violadas por grupos de soldados en el cuarto día; mazmorras con cuerpos descompuestos en el séptimo. Aquello le pareció el infierno. Un infierno que se negaba a ver con sus propios ojos, pero que, al parecer, su corazón quería recordarle. Al octavo día, el corazón de la mujer, incrustado en su caja torácica, le habló: “No son tus visiones las que ves en tus sueños; es el horror que tuve que padecer y que aún padece mi pueblo. Si tu sangre ahora es mi sangre, no podrás deshacerte de mi padecimiento, pues la sangre de mis hijos y de mis hermanos reclaman justicia”.

El día noveno, Abraham ya no era Abraham: su sistema nervioso estaba destrozado, era incapaz de dormir, comenzaba a perder la cordura. Cuando el carácter del hombre de negocios aparecía, como si fuese una posesión, comenzaba a gritar a todos y a dar órdenes por el altavoz. Rabiaba como un animal. Por al altavoz daba órdenes de comprar y vender acciones, de despedir empleados. Tiraba las comidas al piso, pasaba del alemán al inglés y al español abruptamente. En cambio, cuando el corazón de Fátima aparecía, se comportaba con una docilidad y una tristeza desconocidas en aquel hombre crudelísimo. Gimoteaba y lagrimeaba sin consuelo, hablaba en árabe levantino, oraba varias veces al día postrado en tierra, y su voz se hacía más delgada y femenina, lo cual aterrorizaba a su esposa y a sus empleados.

El rechazo, pues, no fue fisiológico; el corazón funcionaba perfectamente, según los médicos. Pero algo en la conciencia de Abraham se había quebrado. Ya no soñaba con sus negocios ni con su fortuna. De regreso a la ciudad, en su apartamento de la Avenida Huergo, el silencio se llenaba con el olor a za’atar y a tierra quemada. Cada vez que se miraba al espejo, no veía al “cheto” exitoso que Greenberg saludaba, sino la sombra de la joven de los ojos de oliva. Empezó a sentir que su propia vida era un robo, un injerto forzado sobre una tragedia que él mismo había financiado, sin preguntar el precio real. La jaqueca y el dolor punzante en el cuerpo se transformaron en voces: murmullos en un idioma que no hablaba, pero que su cuerpo, ahora híbrido, comprendía perfectamente. Era el peso de una donación que no fue tal, sino un despojo legalizado por la indiferencia del capital.

Tres de la mañana, Abraham marca con insistencia al móvil del doctor Greenberg, repica una y otra vez hasta que el adormilado médico contesta: “¿Pasa algo flaco?, ¿estás chiflado?”

—Si que pasa Ismael, me estoy enloqueciendo, necesito saber la verdad, ¿quién fue mi donante de órgano?

— No te apures loco, nada importante.

— Sí, sí que lo es, ¡Necesito saber quién fue!

Del otro lado de la línea un silencio absoluto

— Decime loco, ¿quién fue?

Levanta la voz significativamente, su esposa lo escucha inmóvil del otro costado de la cama, impertérrita, con los ojos abiertos. Greenberg se toca la blanca chivera y trastabilla un poco en su respuesta.

— ¡Dime! (insiste Abraham)

— Ehhh, nada importante, qué se yo…una terrorista palestina, la verdad no pregunto mucho al respecto, loco, mientras salte la guita…

Abraham sostenía el teléfono con una mano que ya no parecía suya. El silencio de Greenberg al otro lado de la línea era la confirmación de lo que sus pesadillas habían estado gritándole. Ya no necesitaba que el médico hablara; él sentía la respuesta en la cicatriz que le cruzaba el pectoral como una frontera impuesta. El delirio había cesado para dar paso a una claridad insoportable: él era el parásito de una historia de opresión. El corazón en su interior no era una bendición, sino el último resto de una existencia que había sido sacrificada para que un “potentado” pudiera seguir disparando a rinocerontes en África. Cuando Greenberg finalmente soltó la palabra “terrorista”, con ese desdén mercantil, Abramovich supo que la única forma de detener el sufrimiento de esa otra vida que habitaba en él era terminar con la suya propia.

El corazón que se inclina ante la miseria, miseria cordis (miseria del corazón), tiene sus raíces más profundas en la patrística y la escolástica. En su obra La Ciudad de Dios (Libro IX, capítulo 5), el santo teólogo define la misericordia de una forma casi quirúrgica: “¿Qué es la misericordia sino una cierta compasión de nuestro corazón por la miseria de otro, que nos impele a socorrerle si podemos?”, la fascinante idea agustiniana de que la misericordia no es solo un sentimiento, sino un movimiento: el corazón “duele” (se llena de miseria) ante el dolor ajeno, y ese dolor es el motor del acto de ayudar. En la Summa Theologiae (II-II, q. 30, a. 1), Santo Tomás retoma a Agustín y explica que la palabra procede de tener un corazón miserable (miserum cor) ante la desgracia ajena.

Aquino explica que sentimos la miseria del otro como propia. Esto podría interpretarse como si el corazón misericordioso “se infectara” voluntariamente de la tristeza del otro para poder sanarla. Sin embargo, al separar la miseria de la noble función de quien ama, solo nos queda la mezquindad, y de la mezquindad a la ruindad hay una delgada frontera humana. ¿Quién quiere vivir sobre las ruinas de otro? ¿Cómo cargar con el peso de los escombros de otro? ¿Cómo puedo ser feliz si llevo dentro este pesado legado de infortunio y miseria? —se pregunta para sí. Abraham cuelga el teléfono, abre el placar, saca su Smith & Wesson 9 mm y se dispara en la sien.


[1] Nuevo shekel

[2] Los elegidos, Chaim Potok.

Jorge Diego Mejía Cortés

Docente Normalista. Politólogo Universidad de Antioquia. Especialista en Gerencia Pública.

Comentar

Haga clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.