![]()
El 10 de agosto la tierra tembló en el Chocó. Tembló en Quibdó, en los ríos, en las veredas donde la noticia llega tarde y la ayuda llega más tarde todavía. Casi ningún municipio se salvó. Y en medio del miedo, del polvo y de las casas partidas, vi algo que no se derrumbó: a nuestra gente.
Vi vecinos sacando escombros con las manos. Vi mujeres cocinando en ollas comunitarias para familias que no eran la suya. Vi jóvenes remando horas para llevar agua a otra orilla. Vi a los mayores contar que ya habían vivido otras tragedias y que, de todas, el Chocó se había levantado. Ahí entendí que esto no empieza con una ley ni con un decreto. Empieza con un sentimiento que nos pertenece a todos: que el Chocó resurja.
Resurgir no es volver a lo de antes. Lo de antes también dolía. Dolía la luz que se iba por días, las vías que nunca llegaron, los hospitales lejanos, los niños que estudian en escuelas que se caían antes de que temblara. El terremoto no creó nuestras heridas; solo las puso a la vista de un país que durante mucho tiempo prefirió mirar hacia otro lado.
Por eso, cuando hablo de que el Chocó resurja, no hablo de reconstruir paredes. Hablo de reconstruir la confianza. De que una madre en el Baudó sepa que el Estado también es suyo. De que un joven en el San Juan no tenga que irse para tener futuro. De que en el Atrato la luz no sea un lujo, sino un derecho que se enciende todas las noches.
Hablo de que la energía que alumbra nuestras casas empiece a ser también nuestra, gestionada con manos chocoanas. Hablo de que las máquinas que un día destruyeron nuestros ríos en la minería ilegal hoy abran caminos y levanten pueblos. Hablo de que las empresas que creen en este país encuentren en el Chocó el lugar donde su aporte cambia vidas. Son sueños concretos, y los estoy llevando a cada escenario donde puedo alzar la voz: al Congreso, a los ministerios y a la mesa del Presidente de la República.
Pero ningún documento va a hacer resurgir al Chocó si el país no lo siente como propio. Durante décadas se nos ha pedido paciencia, esperar el turno, entender que había otras prioridades. Nuestra gente ha sido paciente hasta el cansancio. Hoy no pedimos compasión; pedimos que Colombia nos mire a los ojos y reconozca que tratar igual a quien más ha perdido es otra forma de dejarlo atrás.
El Chocó es selva, es río, es Pacífico. Es música, es fe, es la resistencia de pueblos negros e indígenas que han cuidado esta tierra cuando nadie más lo hacía. Un territorio así no nació para sobrevivir a medias. Nació para florecer.
Yo creo en ese Chocó. Lo he visto en cada comunidad que he recorrido después del sismo, en la dignidad con la que la gente pide lo justo sin dejar de sonreír, en la fuerza con la que se vuelve a sembrar sobre la tierra removida.
Que el Chocó resurja no es un eslogan. Es una promesa que nos hacemos entre nosotros y que le exigimos al país. Y es también una invitación: a quien lea estas líneas desde Bogotá, desde Medellín, desde cualquier rincón de Colombia, a sentir que esta reconstrucción también le pertenece.
Porque cuando el Chocó resurja, resurgirá con él una parte del alma de Colombia.














Comentar