![]()
En medio de los recientes llamados para desacelerar el desarrollo de los grandes modelos de lenguaje y de la huida de algunos científicos hacia horizontes más esperanzadores, resurge la pregunta fundamental sobre cuál es el sentido último de la existencia.
Para Kevin Amaya
Cada tantos meses, o semanas, —los ciclos son cada vez más breves— aparecen voces de alerta en torno a los riesgos de la IA. Cuando no son las comunidades de científicos, académicos y pensadores quienes se dirigen a los gigantes tecnológicos para que desaceleren el desarrollo de sus modelos y dar paso a una regulación que ponga límites éticos a la insaciable IA, son los mismos titanes llamados Dario Amodei, Sam Altman, Elon Musk, dueños de Anthropic, OpenAI y xAI, respectivamente, quienes prenden las alarmas y llaman a una pausa para respirar y repensar. Pausa necesaria a la que deben acceder todos los actores, grandes y chicos, para evaluar y analizar los derroteros, riesgos y fronteras de lo que ellos crearon y siguen desplegando de manera frenética.
Estos intentos de ralentizar el desarrollo exponencial de la IA son fútiles; es imposible conseguir templar las riendas a unos caballos desbocados que van rumbo a la conflagración de la humanidad. Al día siguiente de la mea culpa de Amodei, con la que estuvieron de acuerdo Altman y Musk, dos noticias cayeron como un balde de agua fría sobre la sensata pero ingenua invitación de estos tres hombres, quizás los más ricos y poderosos del planeta que juegan, sin decirlo, a ser Zeus: el presidente de los Estados Unidos advirtió que lejos de frenar la carrera hay que acelerarla, de lo contrario su país queda atrás de China en la pugna por la hegemonía global. Por otra parte, los mercados de Wall Street, los inversionistas, castigaron el valor de la acción de esas empresas propiciando una caída de cerca del 20 de su valor en bolsa. Así, todo quedó de vuelta a la casilla inicial de juego. Puro humo.
Dos casos singulares
Pero hay otros hechos puntuales que, a pesar de pasar más inadvertidos, son sintomáticos de la complejidad y peligro de lo que está en juego. En ocasiones, actos individuales, cuasiheroicos, son más significativos que grandilocuentes acciones masivas. Dos jóvenes científicos, epítome de los cerebros y artífices que hay detrás de estas monstruosas empresas, acaban de abandonar la nave que parece dirigirse inexorablemente a estrellarse contra el Sol.
El primero, Jacob Coxon, científico británico de 27 años especializado en el preentrenamiento de modelos (como GPT-4), renunció lanzando una dura advertencia pública en la que acusó tanto a OpenAI como a Anthropic de no actuar de forma responsable. Coxon afirmó que ambas compañías compiten de forma descontrolada hacia una «superinteligencia capaz de mejorarse a sí misma», advirtiendo de forma tajante que están «jugando con nuestras vidas» ante el riesgo de que la humanidad pierda por completo el control de la tecnología.
El segundo es más impresionante. Se trata de Mrinank Sharma, quien hasta hace unas semanas era líder del equipo de investigación sobre salvaguardias o firewalls de Anthropic, la compañía fundada por exempleados de OpenAI, hoy la primera a nivel global y dirigida por Darío Amodei. Sharma abandonó su puesto —y por consiguiente su exitosa carrera— presentando una carta pública de despedida donde alertó que el mundo está en peligro debido a una red de crisis globales descontroladas (incluyendo la IA y las armas biológicas). Al marcharse, confesó que la presión comercial obligaba constantemente a dejar de lado lo más importante, señalando así una crisis ética global provocada por el desarrollo de la IA y amenazas interconectadas como el bioterrorismo tecnológico. Explicó lo difícil que resulta que los valores humanos gobiernen las acciones dentro de las presiones corporativas de Silicon Valley. Sharma decidió desistir de la industria de la tecnología, regresar al Reino Unido para «volverse invisible» por un tiempo y dedicarse a estudiar poesía, buscando en el arte las respuestas sobre el significado de la humanidad que los algoritmos no pueden dar.
Estos casos son más que elocuentes: no solo muestran una gran integridad y coherencia con valores personales sino que desnudan las principales falencias de las compañías que desarrollan estos modelos hipersofisticados de lenguaje. Sus renuncias —con seguridad las vacantes fueron cubiertas antes de 24 horas por otros científicos al alza— demuestran lo que puede sentir alguien cuando está en la cabina de control de una empresa de IA: la mentira, el engaño, la falsa promesa, pero también el desengaño y el desencanto.
De lo anterior se desprenden un par de ideas, una consecuencia de la otra.
La paradoja de Faetón
La primera es la que aquí llamaremos «la paradoja de Faetón». Al observar los fallidos intentos de la industria para autorregularse —o de someterse a medidas estatales o internacionales—, es imposible no evocar el mito del carro de Faetón, el joven mortal, impetuoso y arrogante, hijo de Helios, que desea ufanarse ante sus amigos de ser hijo del Sol. Para ello convence a su padre que le preste el carro que él conduce cada día, del amanecer al anochecer. «Por un día, padre, solo por un día» implora Faetón y este, incapaz de contrariar a su hijo, cede, pero con la advertencia de hacerlo con precaución por todos los riesgos que conlleva dicha conducción. Apenas Faetón lo monta, los caballos —criaturas de fuerza divina, no domesticadas para un conductor mortal— se desbocan al notar la ligereza del carro y la inexperiencia del joven conductor, desviándose de su ruta habitual. El viaje errático genera inmensos daños. El carro sube demasiado y congela el mundo, luego baja demasiado y seca ríos, quema bosques y forma desiertos como el Sahara. Faetón es incapaz de controlarlos ni detenerlos: una vez en marcha, el mundo entero se incendia a su paso. Solo la intervención externa del gran Zeus evita la destrucción total del planeta: lanza un rayo que destruye el carro y mata a Faetón, quien cae al río Erídano.
¿No estamos hoy ante el carro desbocado de Faetón? ¿La arrogancia humana de querer conducir lo que solo pueden hacer los dioses? Los corceles, es decir, los algoritmos de la IA, haciendo estragos sin que Faetón, el hombre, en su mortalidad —pero no por ello inmensa impertinencia—, pueda hacer nada para evitarlo? Y, por otra parte, ¿cuál es el rayo divino de Zeus que puede frenar carro y corceles, que corren fuera de control? ¿Es necesario que Faetón vuelva a morir, fulminado por el rayo del progenitor, para que expíe su insolencia, su culpa, su error?
¿No presenciamos acaso, la encrucijada en la que se metieron Amodei, Altman y Musk —y detrás de ellos toda la industria de la IA— que a regañadientes toman conciencia del peligro mientras montan la fuerza descomunal de la IA que ya no obedece sino que comienza a actuar por sí misma? Una toma de conciencia que no surgió antes, y tampoco a posteriori, de la imposibilidad de frenar el carro de Faetón impulsado por los briosos caballos o algoritmos desbocados? ¿Es posible, a estas alturas, invocar un poder externo (regulación, gobiernos, algo que hoy no existe con suficiente fuerza) para detener lo que el propio conductor (el citado triunvirato) ya no controla? ¿Acaso no es evidente para la humanidad que el riesgo no es solo para el conductor sino que se trata de una conflagración planetaria —así se tilde a quienes advierten los peligros de apocalípticos— como ya vislumbran científicos desde Coxton y Sharma —de alguna forma apenas unas fichas dentro del tablero de juego—, hasta los mismos Amodei, Altman y Musk?
¿Dónde hallar la salvación de la humanidad en la penumbra del mundo; tiempos de penuria ética y moral?
De lo anterior se desprende la segunda idea que aquí se pretende formular. Es sorprendente —y alentadora— la decisión tomada por Mrinak Sharma; digna de un análisis más minucioso. Lejos de una bravata, una reacción impulsiva, largarse para buscar refugio en una universidad a leer poesía, su decisión parece estar en consonancia con la más alta conexión con la esencia humana. Para entender esto hay que remitirse a dos campos en donde el hombre ha resplandecido desde la antigüedad: la poesía y la filosofía. El imbricar ambas disciplinas nos arroja una luz esperanzadora en la noche de los tiempos que vivimos.
Vamos a hablar de Hölderlin —poeta como ninguno, mensajero de los dioses— y de un filósofo que nos ayudará a interpretar su trascendencia: Heidegger. Comencemos. Hay versos que condensan la quintaesencia de la problemática universal. Solo un genio es capaz de crearlos; con certeza por inspiración divina. Hölderlin nace en 1770, el mismo año de otro grande, Beethoven, y muere, enajenado y tras una larga reclusión, en 1843. El poeta, en su poema Pan y Vino, esculpe un verso que ha suscitado inmensas reflexiones:
«¿Para qué poetas en tiempos de penuria?»
Esta pregunta llega intacta a nuestro siglo XXI, con su desnuda interpelación. ¿Quién necesita la poesía hoy día? ¿A quién le hacen falta los poetas? ¿Acaso la poesía puede ser la única vía que nos salve de la catástrofe anunciada ya por quienes la han urdido? ¿Acaso tiene la poesía —y por consiguiente sus artífices, los poetas— semejante poder? Martin Heidegger (1889-1976), autor del célebre Ser y Tiempo, no parece tener la menor duda. En dos breves ensayos: ¿Y para qué poetas? Y el otro, Hölderlin y la esencia de la poesía nos dice que basta leer a Hölderlin —entre cientos de poetas magistrales que ha dado la humanidad— para encontrar la esencia de la poesía; y por ese camino, la del ser humano.
Heidegger explica que Hölderlin nos hace caer en la cuenta de que, desde cuando Hércules, Dionisio y Cristo abandonaron el mundo, nuestra época, la modernidad, la misma del poeta, atardece y nos hunde en el mundo de las tinieblas.
Reflexionemos. Nuestra era está determinada por la lejanía y ausencia de los dioses. ¿Acaso el cristianismo no liquidó a los dioses del politeísmo mucho antes de que el hombre se encargara de hacer lo mismo con el invicto dios del monoteísmo? La muerte de Dios, un lento y prolongado sacrificio que se inaugura en la cúspide de la Ilustración y recibe la sentencia inapelable con el acto notarial de Nietzsche: «Dios ha muerto». Desde entonces, desde la partida de Cristo y la dilatada agonía y muerte de Dios, somos habitantes de la noche en donde experimentamos la «falta de dios», en palabras de Hölderlin.
Heidegger aclara que la falta de Dios anuncia algo peor: no solo han huido tanto los dioses como el dios singular sino que en la historia se ha apagado el esplendor de la divinidad. Por eso vivimos la noche del mundo, el tiempo de la penuria, como lo indica Hölderlin en su verso memorable. Vivimos en tiempos de penuria porque esta época se torna cada vez más indigente. De hecho nuestros tiempos son tan pobres que ya no son capaces de sentir la falta de dios como una falta, dice el filósofo alemán.
¿Quién reemplaza la ausencia de Dios?
Alejémonos por un minuto de Hölderlin y de la exégesis de Heidegger. ¿Qué hizo el hombre mientras tanto? Buscó refugio en otro tipo de dios, uno que satisficiera todas sus necesidades y deseos inmediatos. El ser humano abre la puerta y permite la entrada del capitalismo con un falaz sustituto de dios, el impostor llamado dinero. El dios dólar ha intentado —con un poder avasallador— gobernar el alma humana desde hace siglo y medio. Ante la ausencia, la lejanía de dios, el dinero suple todas las necesidades; mas solo las materiales. Jamás el vacío, la sensación de despojo, de abandono, la búsqueda de sentido, el extrañamiento había sido tan grande.
Sin embargo, dado que el capitalismo es una hidra que se reinventa y regenera cada vez con más ahínco, ante la constatación de que el dinero no sustituye la divinidad, ahora el dios ausente que muta ya no se llama dólar, se presenta vestido con el ropaje de la IA. Novísima respuesta a esa sed que nunca se agota en la especie humana: la de entender su lugar en el mundo y obtener respuesta a sus múltiples interrogantes. Bienvenida la IA, la que todo lo sabe, la que todo lo puede y se convierte en la mejor consejera, el mejor soporte al hombre: sabe escuchar, empatizar, aconsejar y responder sin disgustar nunca a quien la invoca. Siempre está; jamás se ausenta. A diferencia de los dioses que solo se comunican con los hombres a través de oráculos, pitonisas o sacerdotes en el templo, la IA está disponible, es ubicua y no requiere acudir al templo para dialogar con ella, ni tampoco necesita de la intermediación sacerdotal.
¿Y para qué poetas?
Pero sabemos, nos consta, que la sed de espiritualidad está intacta; somos inseparables de la Naturaleza y por lo mismo de los dioses. El hombre necesita su arraigamiento en la Tierra, cuando se separa de esta, queda abocado al vacío; por eso, la palabra para abismo, en alemán, abgrund, es precisa en su etimología. El prefijo ab es ausencia y grund fundamento, suelo. Abismo es no tener piso; es la ausencia absoluta de fundamento. En la era de la noche del mundo, dice Heidegger al leer a Hölderlin: hay que experimentar y soportar el abismo del mundo; pero para ello es necesario que algunos —¿quiénes otros que los poetas?— alcancen dicho abismo. Ellos, solo ellos, tienen la capacidad de asomarse al vacío y ver allí la palabra divina. Dice Hölderlin:
…No todo lo
Pueden los celestiales. Pues antes
Alcanzan
El abismo los mortales. Así cambian
Las cosas
Con ellos. Largo es
El tiempo, pero acontece
lo verdadero.
Nadie más que los poetas conocen el lenguaje de los dioses, lo pueden interpretar y verter en palabras inteligibles —aquello que llamamos poesía— para goce y éxtasis de los demás mortales. Sólo los poetas, y nadie más que los poetas, pueden entrar en contacto con la esencia de la divinidad y por, el mismo conducto, con la esencia de la poesía —su lenguaje— y con la naturaleza del ser humano.
La esencia de la poesía; del ser humano
¿Cuál es esa esencia, de la poesía, del hombre? Hölderlin, en fragmentos dispersos, presenta cinco claves, según Heidegger. En primer lugar, en una carta a su madre, dice que la poesía es «la más inocente de todas las ocupaciones». Deslumbrante descripción que apela a los más íntimo y profundo del ser humano: la ingenuidad, casi pueril, que permite ver al mundo con otros ojos y desde otro lugar. Es a través de esta ingenuidad que se puede llegar a su esencia.
Luego viene una aparente dificultad: en otro escrito, el poeta dice:
Pero el hombre vive en cabañas, recubriéndose con un vestido recatado, pues mientras es más íntimo, es más solícito y guarda su espíritu, … que es su entendimiento. Y por eso se le ha dado el albedrío y un poder superior para ordenar y realizar lo semejante a los dioses y se le ha dado al hombre el más peli-
groso de los bienes, el lenguaje, para que con él cree y destruya, se hunda y regrese a la eternamente viva, a la maestra y madre, para que muestre lo que es, que ha heredado y aprendido de ella lo que tiene de más divino, el amor que todo lo alcanza.
Sorprende que Hölderlin, después de reconocer que la poesía es «la más inocente de todas las ocupaciones» pueda decir que el artefacto de la poesía, el lenguaje, en manos del hombre, —sólo él y nadie más lo posee— es el más peligroso de los bienes.
Aquí una pequeña digresión: ¿Acaso no es la IA nada más que un lenguaje, un modelo grande de lenguaje (LLM)?
En efecto, el lenguaje, es el que permite al hombre señalar, mostrar, decir, compartir, dialogar. Es a través del lenguaje que el hombre puede y debe demostrar —aquí sigo a Heidegger— , su propia existencia a través de su esencia: su pertenencia a la tierra. Esta pertenencia significa que el hombre es el heredero y aprendiz en todas las cosas. Pero las cosas están en conflicto y entones el hombre entra en «intimidad» con ellas, expresión usada por Hölderlin. La manifestación del ser del hombre —explica Heidegger—, acontece por la libertad de la decisión, su albedrio. El habla, entonces se constituye en el lugar abierto de la amenaza y del error del ser, y la posibilidad de perder el ser. Es a través del habla, de la palabra, que el hombre puede hacer tanto bien como daño.
¿La poesía, preguntamos, acaso no es también, entonces un arma formidable para derrotar al más temido enemigo?
En tercer lugar, hay otro argumento a favor de la poesía: Hölderlin dice, en otros versos:
El hombre ha experimentado mucho,
Nombrado a muchos celestes,
Desde que somos diálogo,
Y podemos oír unos de otros.
Aquí hay una conexión notable: el ser humano tiene el habla, y este se da a través del diálogo. El habla solo es esencial a través del diálogo. Desde que somos diálogo y podemos oírnos unos de otros. Hay que recalcar lo anterior. Antes de que fuéramos diálogo solo estaban los dioses y ellos tenían la palabra, y por lo mismo, el diálogo. Al aparecer el hombre y acceder, como los dioses, al don de la palabra, del diálogo, se puede nombrar a los dioses y nombrar el mundo; se puede llegar a ser en el mundo. Y si aceptamos que la poesía es el lenguaje de los dioses, ¿no estamos ante una proposición de que el habla es el acontecimiento más alto de la existencia humana?
En cuarto lugar, aparece otro verso de Hölderlin, igualmente deslumbrante, que resplandece en medio de la noche de los tiempos:
Mas lo permanente lo instauran los poetas.
¿Qué quiere decirnos aquí el poeta? Que la poesía es la instauración por la palabra y en la palabra. ¿Y qué es lo que instaura la poesía? ¡Lo permanente! Pero ¿puede ser instaurado lo permanente? —pregunta Heidegger— . ¿No es ya lo siempre existente? No, al contrario; precisamente lo que permanece debe ser detenido contra la corriente, lo sencillo debe arrancarse de lo complicado, la medida debe anteponerse a lo desmedido. Pero aún lo permanente es fugaz. Hölderlin reconoce que «Es raudamente pasajero todo lo celestial, pero no en vano». Pero para que eso, fugaz y deletéreo, pueda permanecer, debe estar «confiado al cuidado y servicio de los poetas», dice un Hölderlin inspirado, tocado por los dioses.
Y en quinto y último lugar, Hölderlin, no deja espacio a dudar cuál es la esencia de la poesía y de qué forma vive el hombre en este lugar que nos confiaron los dioses:
«Pleno de méritos, pero es poéticamente
Como el hombre habita esta tierra.»
Heidegger da la puntada final para entender el mensaje que Hölderlin ha enunciado:
«La poesía no es un adorno que acompaña la existencia humana, ni solo una pasajera exaltación ni un acaloramiento y diversión. La poesía es el fundamento que soporta la historia, y por ello no es tampoco una manifestación de la cultura, y menos aún la mera «expresión» del «alma de la cultura».
¿Puede poetizar la IA?
En este punto, no es pertinente entrar a especular si la IA es capaz de hacer poesía de valor. Ya sabemos que, bien entrenada, aprende y produce obras de arte, novelas, poesía. Pero nunca será poesía humana, porque la IA no está arraigada en la tierra, no se asoma al abgrund, al abismo, sino que habita el ciberespacio, lugar donde no hay fundamento alguno. Porque, insistimos, la poesía es la forma como el hombre habita la tierra. Y el hombre habita la tierra no solo desde el habla, desde la palabra, desde el diálogo, sino también desde otro lugar que hasta ahora —hay que ser cauteloso con lo que se afirma en estos tiempos acerca de las fronteras de la IA— es reservado para los dioses y para el hombre: el espacio del sentir; no es el espacio del pensar racionalmente, no el del entender, comprender u observar, pues este ya ha sido usurpado por la IA.
Cuando el hombre siente tiene la exclusiva posibilidad del dolor, del sufrimiento, de la angustia, del miedo y del pánico; del disgusto, del desengaño, del desencanto; de la sensación de vacío, de experimentar la futilidad; tiene la vivencia de la otredad, de la Nada; de ser y de no ser; de esta vida y de la otra.
Accede, de igual forma, a otros territorios privilegiados: el asombro, el goce, el deslumbramiento, el éxtasis, el placer, la sensación de plenitud, la inmanencia pero también la trascendencia. La IA puede entender todo esto, explicarlo, llevarlo a palabras (desde su lenguaje binario de unos y ceros) y explicaciones racionales, pero jamás —crucemos los dedos bajo esta esperanza— sentirá lo que siente el ser humano y, gracias a su condición humana, profundamente humana, y la forma como este habita la tierra, es que puede hacer poesía, la poesía más profunda y reveladora, la que nos puede salvar, si no de la catástrofe, al menos de la irrelevancia a la que nos parece tener condenados la IA.
Por esto, son absolutamente reveladoras las decisiones radicales de vida de Coxon y Sharma, en especial la de este último cuando dice que se guarecerá en un centro académico a leer poesía (no es tan arrogante para decir que escribirá poesía); pero además, dice algo que tampoco pasa inadvertido, quiere volverse «invisible». Palabra mayor.
¿Acaso en nuestra época, la de la noche de los tiempos, no es la vacuidad la mayor ambición humana ante el fin de la intimidad, en la sociedad de la trasparencia, en donde todo se sabe y nada se puede ocultar de la vida privada o pública? Hoy la vigilancia y seguimiento es permanente a través de cámaras, micrófonos, webcams y discretos ojos electrónicos. Vamos dejando trazos de dónde hemos estado, dónde estamos y a dónde vamos. Abrimos nuestra información a las aplicaciones para que nos permitan navegar; cada cual se autopromociona en las redes y se inmortaliza a través de miles de conspicuas selfis que inundan el ciberespacio. ¿Acaso, repito, la ambición más sublime hoy no es la «evaporarse» para vivir una vida de total anonimato, sin que nadie nos escrute, vigile o persiga?
Septiembre 2026














Comentar