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“Vivo cada segundo, aunque hoy mantengo el luto, pues yo suelo morir 60 veces por minuto.
(…)
Yo quiero hacer un cambio para cambiar el mundo, sigo resucitando, hablando de lo profundo, ni sé por dónde ando, ni sé por qué me hundo, la vida te puede cambiar tan solo en un segundo.”
Rapsusklei, Hazhe-Cherokee
Cuando se va creciendo, no en edad cronológica, sino emocional y espiritual, uno se va dando cuenta de uno de los principios más fundamentales de la vida. El principio de la oportunidad. Cada segundo es una oportunidad de vida, cada minuto que vivimos y morimos de igual manera, pues ambas acciones coinciden de manera constante en el presente. Allí se forja lo que realmente significa madurar. Madurar, para mí, no es entender principalmente que existen responsabilidades sociales, culturales, económicas, como yo llamaría responsabilidades externas, sino comprometerse con la responsabilidad interna de ser. Esa responsabilidad interna viene ligada al principio antes mencionado, pues debe de entenderse que la responsabilidad, más que una carga, es un derecho que invoca la oportunidad de existir en ese segundo que se vive y se muere constantemente, encontrando amor y belleza en la pérdida misma de esa existencia.
Fue cuando comprendí este principio en mi vida que logré transformar mi entorno, aportándole amor. Revivo cada vez que me leen o recuerdan de mis temas de locura, luz y oscuridad, sintiéndome orgulloso de mis talentos, viviendo con mi deidad, aprendiendo cada segundo, sonriendo en cada instante. Acepto las lágrimas del sufrimiento y madurando espiritualmente sin perder mi esencia de niño curioso. Eso lo denota mi escritura, pues el principal asombro de mi vida es el presente: aprender a recoger los frutos de mis cosechas que una vez se fundamentaron en la sombra, pero donde logré encontrar luz entre tanto oscurantismo.
Puede que me vean como un solitario, pero soy un hombre en soledad disfrutando de sus instantes, gobernando su propio mundo por fuera de un status quo. Salgo de la distopia que observan mis ojos hacia afuera para caminar en mi utopía irresistible.
Entender que la vida es una oportunidad puede sonar demasiado facilista ante un mundo saturado de comentarios y opiniones a la mano en redes sociales. Sin embargo, si cada ser humano se detiene a observar, cuestionar y reflexionar sobre su propia existencia, se dará cuenta que el hecho mismo de existir es una oportunidad dentro de un mundo caótico y a veces inentendible. La cuestión es que la vida, como tal, no debe ser comprendida del todo: no somos únicamente sus creadores solamente de la misma, somos creados y creadores a la vez. Ella actúa como un ser superior, como una deidad del amor y no la represión. Por eso, quienes actúan en su contra terminan siendo castigados por la vida misma, no necesariamente en instancias jurídicas y sociales, sino personales: pues puedes engañar a todo el mundo, pero jamás al don sabio de tu propia conciencia.













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