El invierno demográfico

¿Qué pensarías si una ciudad del tamaño de Medellín desapareciera al año?

Eso es precisamente lo que ocurre hoy en China. Las cifras dadas por el gobierno central —que no son muy confiables porque siempre se encaminan a minimizar los problemas— presentan que el número de fallecidos en el gigante asiático supera en 3 millones al número de nacimientos, y se estima que para el año 2100 su población se reducirá a la mitad. No es que China esté en guerra o en medio de una pandemia: simplemente su población no quiere tener hijos.

China no es un caso aislado de un país que comienza a afrontar el invierno demográfico. En el año 1994, Colombia registró el récord de nacimientos con un poco más de 900 mil nuevos ciudadanos. Solo 30 años después, la situación es diametralmente opuesta: se registró una cifra cercana a los 433 mil nacimientos durante el año 2025, a pesar de que la población aumentó en un 47%, pasando de 35,7 millones a 52,7 millones de habitantes. ¿Qué está pasando?

Sumado al problema de los pocos nacimientos, el DANE presentó la tasa de fecundidad para el año 2025 y la fijó en 1,0 hijos por mujer en edad fértil, lo que sitúa a Colombia entre los 15 países con la tasa más baja del mundo. Hay que recordar que, solo para que la población se sostenga, la tasa de fecundidad debe ser de 2,14 hijos por mujer en edad fértil.

Colombia atraviesa por la misma situación de otros 40 países esparcidos por todos los rincones del planeta cuyas tasas de fecundidad están por debajo de 2,14. Así que, en diferentes culturas, modelos de país, economías e ideologías, hay una constante: las nuevas generaciones no quieren tener hijos. ¿Será que hay un patrón que no se ha analizado?

 

Costo de oportunidad

En 1960, el economista Gary Becker, en un análisis sobre la fecundidad, trató la situación desde una perspectiva financiera. Su conclusión fue: «Lo que realmente encarece tener un hijo es el tiempo que dejas de dedicar a otra actividad». Tener un hijo genera costos de oportunidad tan grandes que muchas personas prefieren no asumirlos.

Cuando una sociedad se enriquece y las mujeres reciben mejor educación, al acceder al mercado laboral y mejorar sus ingresos, la correlación es evidente: la tasa de fecundidad cae. Todo lo contrario ocurre con el modelo tradicional de familia. Durante la generación del Baby Boom, en donde las mujeres se quedaban en casa y los hombres estaban en el trabajo en una época de bonanza posguerra, se dispararon las tasas de natalidad en los países europeos y en los Estados Unidos.

Becker solo abordó el análisis desde el punto de vista económico y en ningún momento entró en el campo de la ética o la moral; mucho menos dijo que las mujeres no tuvieran derecho a estudiar o a progresar profesionalmente. Solo presentó datos duros basados en su investigación.

Al no tener en cuenta esa variable en la que las mujeres son activas dentro del mercado laboral, los planes que aplican los gobiernos para aumentar la tasa de natalidad tienden sencillamente a fracasar. Un bono por cada hijo o licencias de maternidad prolongadas no son tentadoras para la generación de mujeres altamente educadas que trabajan y cuentan con buenos ingresos; pero sí lo son para las mujeres que no acceden al mercado laboral, que no estudiaron, que no quieren trabajar o que son inmigrantes. Así que esos bonos simplemente aumentan el nacimiento de hijos en las comunidades más pobres que requieren más ayudas del Estado.

El contrato intergeneracional

Para analizar esa dimensión que no analizó el economista Becker, es necesario retornar a diciembre de 1956 en la ciudad de Bonn, entonces capital de la República Federal de Alemania. El economista Wilfrid Schreiber presentó el libro llamado Seguridad existencial en la sociedad industrial, en donde expuso el «contrato entre generaciones», del cual nace el sistema de reparto del modelo pensional que hoy se aplica en gran parte del mundo.

El sistema propuesto por Schreiber tenía tres pilares: la generación actual, la generación mayor y la nueva generación. El modelo consistía en repartir las cargas entre todos de la siguiente manera: la generación actual de trabajadores sostenía a la generación que ya dejó de laborar por edad (los pensionados) y, al mismo tiempo, tenía que sostener a la nueva generación que aún no estaba en edad de trabajar y requería crecimiento y educación. Con el paso de los años, esa generación que venía creciendo y educándose pasaba a ser la generación actual que sostenía a los otros dos pilares, mientras la generación que los sostuvo ya podía gozar de su pensión.

Sin embargo, el canciller alemán Konrad Adenauer retiró del modelo el pilar del sostenimiento de la nueva generación, argumentando que las personas siempre tendrían hijos. A esto respondió la socióloga Eva Maria von Boehmer: «la carga de la vejez se colectivizó y la carga de los hijos continuó siendo un asunto privado», lo que hizo que el sistema colapsara, como se evidencia hoy en prácticamente todo el mundo, donde los sistemas de pensiones tienen problemas cada día mayores al no ser sostenibles.

Los padres tienen la absoluta responsabilidad y cargo de sus hijos durante al menos 20 o 25 años con el fin de formar adultos responsables que serán la nueva generación de trabajadores que sostenga el sistema pensional del país. El problema radica en que los aportes al sistema van hacia una bolsa común para pagar las mesadas de todos los que ya tienen ese beneficio, incluso de personas que nunca tuvieron hijos.

En economía existe una situación en la que unos se benefician a costa de otros que no aportaron, conocida como el «problema del gorrón» (free rider), que siempre termina reduciendo la producción de ese bien. En el caso particular de las pensiones, menos personas quieren sacrificar recursos presentes para beneficiar a otros en el futuro y tener que criar hijos —lo cual financieramente es muy costoso—; por eso prefieren no tener hijos y que sus pensiones futuras sean pagadas por otros. Muchos pensando de la misma manera significan menos cotizantes cuando se requiera usar el beneficio. 

La bomba demográfica

En 1968, Paul Ehrlich publicó La bomba demográfica, vendiendo millones de ejemplares en todo el mundo, en donde anunciaba hambrunas masivas para los años 70 y 80. Fue algo que nunca ocurrió, pero comenzó a calar en el imaginario colectivo la idea de una catástrofe. En 1972, el Club de Roma publicó el libro Los límites del crecimiento, donde el argumento central era que el planeta no podía sostener a tantos seres humanos. Hoy somos más de 8.200 millones de habitantes y hay sobreproducción de alimentos, pero la idea de la sobrepoblación sigue llenando de tinta los medios y anunciando un colapso de la civilización.

En 2017, la revista Environmental Research Letters publicó un estudio sobre las consecuencias del cambio climático y la conclusión planteada fue que el principal productor de CO₂ son los seres humanos y, por ello, se debía reducir en 1 hijo el número de niños por familia. Tiempo después, otro informe en la misma revista refutó el artículo mencionando lo parcializado de la afirmación y señalando que se debían analizar otros aspectos; pero el daño ya estaba hecho: si quieres salvar el planeta, ten menos hijos o, incluso, no los tengas. En 2021, la revista The Lancet Planetary Health realizó una encuesta a 10.000 jóvenes de entre 16 y 25 años ubicados en 10 países, de los cuales el 75% veía el futuro como aterrador y el 39% dudaba en tener hijos a causa del cambio climático.

Setenta años vendiendo la historia de la sobrepoblación y de que el mundo se va a acabar si nos reproducimos tienen sus efectos.

 La generación del «Yo»

El temor al futuro o el costo de tener un hijo no son las causas exclusivas del descenso en la natalidad; se debe tener en cuenta otro aspecto que se ha enraizado fuertemente desde la generación de los millennials: la «generación del Yo».

Se creó una vida de lo reversible: se puede cambiar de trabajo, de ciudad, de pareja, de suscripción, de celular, de ropa, de carrera, de todo, sin pagar grandes consecuencias. La meta es tener el mayor número de alternativas abiertas posibles para poderse desarrollar como persona y alcanzar la autorrealización.

El sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman lo llamó Amor líquido en el año 2003, y su premisa central se caracteriza por la transitoriedad, la falta de certezas duraderas, el consumismo desenfrenado y la fragilidad de las instituciones sociales tradicionales: «Una cultura que trata los vínculos igual que los productos de consumo y que aprende a evitar sistemáticamente cualquier compromiso que ate».

Un hijo se ve como un bloqueo a la autorrealización, un hijo cercena la libertad, un hijo deteriora el nivel de vida, un hijo destruye el planeta, un hijo es un obstáculo para mi proyecto de vida en donde el «yo» es lo más importante.

Sin embargo, la única puerta que se va cerrando incesantemente y que nadie puede cambiar, sin importar su autopercepción, es el reloj biológico. Para el año 1995, la edad media de las madres en Colombia para tener su primer hijo era de 24,4 años; en el 2025 ascendió a 28,2 y no ha parado de subir en las últimas tres décadas. En Europa la edad promedio ya supera los 30 años, y la ventana de la fecundidad se acorta cada vez más. 

El futuro

Cada vez son más los países que se están tomando en serio el problema del invierno demográfico. Sin una generación de niños, en menos de 50 años serán países llenos de viejos que no pueden trabajar y sin quién los atienda. Por eso, el foco es aplicar medidas que reviertan la tasa de natalidad a niveles que permitan, al menos, hacer sostenible la población actual.

Pero los políticos de hoy, en su gran mayoría, tienen como horizonte de largo plazo las próximas elecciones y piensan solucionar un problema de décadas en cuestión de días, sin pagar los costos de las medidas.

España y gran parte de Europa consideran que la inmigración es la solución a su problema poblacional, a pesar de que ya hay estudios que señalan que la inmigración ilegal poco calificada y con costumbres de vida distantes resulta más costosa en términos económicos que lo que aporta a la sociedad. También hay evidencia de que la tasa de natalidad de esas migrantes en la segunda generación es casi idéntica a la de las nativas.

China está en el peor de los mundos: la política del hijo único envejeció al país a niveles alarmantes y hoy enfrenta un decrecimiento poblacional. Su solución está enfocada en el desarrollo de androides autónomos que reemplacen la mano de obra humana, aunque también hacen falta seres humanos para ciertas actividades; por ello impulsan la natalidad con bonos económicos y altos impuestos a los preservativos.

Estados Unidos está en una guerra sin cuartel entre dos modelos de pensamiento incompatibles: la cultura woke, que pretende endiosar el «yo», y la posición republicana que aboga por retornar a los valores y a la familia como núcleo de la sociedad. Quien gane definirá el futuro de la primera potencia global.

En Colombia, para lo único que los mandatarios analizan la tasa de natalidad es para abordar el problema pensional. No hay políticas para el fomento de la reproducción ni cátedras que analicen la situación. Los políticos de hoy no quieren asumir consecuencias y por eso buscan solucionar el problema pensional por tres vías que resultan nocivas para los ciudadanos: aumentar la edad de jubilación para pagar menos en el futuro; subir el salario mínimo para que todos los salarios tiendan a él y sacar a millones del mercado laboral formal; y permitir una alta inflación para reducir el poder adquisitivo del dinero. Cada uno de esos temas daría para un artículo independiente, pero será tema para otra ocasión.

No sé qué deparará el futuro si no se toman medidas a tiempo. Lo que sí sé es que esperar sin hacer nada es la vía expresa para la extinción como especie, luego de haber sido los únicos capaces de amoldar la naturaleza a nuestra conveniencia. Espero que ese no sea el precio que paguemos por llevar al extremo el individualismo.

 Refresquemos la política desde Antioquia para Colombia.

 

Carlos Echavarría

Ingeniero Civil con especialización en Gestión para el Desarrollo empresarial. Análisis político desde otros puntos de vista que te invitará a pensar diferente.

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