¿Y NADIE VENDRÁ A PREGUNTARLES POR SUS SUEÑOS?

Seré siempre el que no ha nacido para eso;
seré siempre el que tenía condiciones;
seré siempre el que esperó que le abriesen la puerta
al pie de una pared sin puerta
y cantó la canción del Infinito en un gallinero,
y oyó la voz de Dios en un pozo tapado.
¿Creer en mí? No, ni en nada.
(Fernando Pessoa)

 

Quería ser artista, soñaba un día con sus dibujos recorriendo el mundo, quería entrar a una escuela de artes y aprender mucho, mucho.

Cada calle de El Pacífico tiene su huella, las paredes fueron quedando grabadas con una parte de sus ilusiones; era tatuador, los cuerpos de sus amigos lo recordarán por siempre. Por él, se hubiera pasado la vida tatuando, dicen sus parceros. Llegó siendo muy niño a este sitio, un barrio aferrado a las piedras del Pan de Azúcar y desde allí vio pasar su niñez.

Como parte de un sino de cientos de jóvenes de los asentamientos de población desplazada que no registran en los indicadores ni como problema, llegó a sexto y abandonó los estudios; ahora que converso con sus amigos entiendo que desertan como parte de una lógica de vida, entre la pobreza y la inercia, entre el desencanto y la exclusión, ni siquiera recuerdan por qué salen, “nos fuimos aburriendo y nos fuimos saliendo” me dice Pipe, como si fuera normal, como si fuera un destino implacable que los lleva a cerrar la última puerta de la esperanza.

A él, como a tantos jóvenes, jamás le llegó la transformación de la ciudad, se quedó en la última calle del barrio viendo cómo pasaba y se empequeñecía su vida, cómo se iban muriendo una a una sus esperanzas, cómo se contagiaba de un mundo sórdido que lo llevaba a perder, siempre a perder.

En el último tiempo aprendieron a decir sin temor que no querían nada, que solo querían estar parchados en la esquina, que no le creían a nadie, que el Estado era una mentira, que su abandono era real, que no tenía caso hablar de sueños. Refugiados en la música encontraban el placer de la complicidad para construir su único mundo posible. Gueto de amor para jóvenes olvidados a 15 minutos del centro de Medellín.

Le llegaron oleadas de alegría, el amor como a todos los humanos quiso venir a salvarlo, se le vio alegre, quería tomar decisiones que le evitaran pasar los límites que ponían en riesgo su vida, quería demostrarle que era lo único importante para él, que quería cuidarse para ella.

El último tiempo rayaba las paredes, en un muro dibujó a todos los parceros, hacía murales, pintaba el escudo punk del Nacional, al tiempo que se tatuaba el cuerpo, lo llenaba de sus símbolos. Tatuaba los brazos de sus amigos y las piernas de sus amigas. Quería ser artista, no lo tenía muy claro, quería ser artista.

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Los últimos días se le veía melancólico, como si una tristeza irreparable le fuera consumiendo el alma, se dejaba ver menos, la soledad y el silencio se apoderaron de él, y se fue desterrando entre sus angustias que ninguno de sus parceros pudo descifrar.

Murió la madrugada del día de la madre, sus amigos no se perdonan haberlo dejado solo esa noche cuando lo vieron especialmente poseído de una enorme tristeza, mientras se repiten ¿Por qué no nos pidió ayuda?

Vuelvo a ver esa solidaridad infinita que convoca a los pobres ante la muerte; la junta de acción comunal ha prestado la sede para la velación, las mujeres rodean a la mamá, los hombres adultos se reúnen afuera de la sala, los niños juegan y los jóvenes cantan y escuchan música en lo más alto del Asentamiento, cada cierto tiempo vienen a verlo, lo saludan y vuelven a subir. Ritos de vida y muerte que solo ellos entienden como el más intenso abrazo de amor a quien los ha dejado.

Y la vida continua, nadie vendrá a preguntarles por sus sueños, viven tan cerca que no le llegan los efectos de la transformación de la ciudad, las políticas públicas no les alcanzan para sobrellevar sus exclusiones, ellos no conocen nada de otro universo que no sea su desesperanza, algunos me dicen que son un caso perdido, la muerte de él solo les confirma su abandono, uno de ellos que se cree pillo se acerca y me dice al oído: “lo peor de todo es que los que viene, los niños de 9 y 10 años se están volviendo malos y están bajando a robar”.

Y yo me quedo pensando, Medellín está en mora de crear un fondo que garantice y proteja los derechos de todos los niños y niñas entre los 0 y los 18 años, toda una generación que crezca con salud, nutrición adecuada, educación, que no padezca ningún tipo de violencia, abuso ni explotación, que esté libre del trabajo infantil. Las nuevas riquezas que produce la ciudad tienen que permitir que se cierre la brecha de las desigualdades.

Que poco vale el llamado progreso si no nos permite vivir en una ciudad más justa y en paz para todos.

Gerardo Pérez H.

Y al final me dí cuenta que vivir con amor, con pasión y lleno de causas perdidas, valía la pena

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