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“Si abrazamos el minarquismo no sería un mero ejercicio teórico; antes bien sería un acto de audacia liberal y una declaración de fe en la capacidad humana de autoorganización”.
Como ciudadanos de la poli, vivimos en una constante búsqueda de equilibrio, estabilidad y sobre todo, de sostenibilidad política, y para ello, como seres humanos, hemos creado el Estado, el gobierno, y los diferentes sistemas políticos existentes en las diferentes sociedades de hoy.
En Occidente ha prevalecido diferentes sistemas de gobierno (democracias, monarquías, tiranías, y para el caso latinoamericano, dictaduras.), sistemas políticos y de gobiernos que, de acuerdo con sus filosofías han buscado establecer mejores sistemas sociales.
Dentro de estos sistemas políticos y de gobiernos existe el minarquismo, una propuesta no relativamente nueva pero si heredera del liberalismo, que hasta el momento, figura como una filosofía política que busca o proyecta como finalidad: la reducción del Estado en ciertos sectores, por ejemplo: proteger el espacio aeroterrestre de una nación, proporcionar a sus ciudadanos la policía, los militares y los tribunales, protegiéndolos de la agresión y el robo, y haciendo cumplir las leyes de propiedad y proteger las libertades individuales. Como se puede entender, esta filosofía o teoría política está vinculada a la tradición antiestatista, que promueve la abolición de la mayor cantidad de funciones estatales posibles.
Si abrazamos el minarquismo no sería un mero ejercicio teórico; antes bien sería un acto de audacia liberal y una declaración de fe en la capacidad humana de autoorganización. Aquellos que temen un “vacío” de servicios deben reconocer que la ausencia de la bota estatal no implica el caos; simplemente abre espacio para que florezcan la filantropía, las asociaciones mutuas y las soluciones empresariales voluntarias.
El debate no es si debe existir un Estado, sino cuán limitado debe ser para ser, a la vez, justo y efectivo. El minarquismo, con su foco láser en la protección de los derechos individuales, nos recuerda que el mejor gobierno es aquel que menos interfiere en la vida de sus ciudadanos. Es hora de dejar de pedir más al Estado y, en su lugar, exigir que cumpla rigurosa y exclusivamente con su única y legítima función. Un Estado pequeño no es un Estado débil; es un Estado enfocado, justo y, en última instancia, el mejor guardián de nuestra libertad.














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