«¿Y qué tal las chicas de Medellín?»

Vuelo Nueva York – Londres. Mostrador de una reconocida aerolínea británica en el Aeropuerto John F. Kennedy. Un empleado muy joven revisa el pasaporte y, sorprendido confiesa, es la primera vez que tiene en sus manos un pasaporte colombiano. Me mira y sonríe, inevitablemente pienso que me dirá lo que me imagino y que efectivamente sucede: “Mmm Colombia, Narcos, Pablo Escobar”. Le replico que, desafortunadamente, es una triste memoria de nuestro país, y él me sorprende diciendo que lo más aterrador había sido la capacidad de por poco tomarse el Estado. En ese momento pensé que sería una interesante conversación para contar justamente todas las consecuencias y las víctimas que este flagelo nos ha dejado.

Sin embargo, cuando le comento que vivo en Medellín inmediatamente cambia el tono de la conversación y una vez más una sonrisa se dibuja en su rostro diciéndome: “¿Y qué tal las chicas de Medellín?”. Algo extrañado por la pregunta de una persona que no conozco y el sentido en que la está formulando, trato de evadir una respuesta. Tan sólo necesito que me entregue mi pase de abordar.

El empleado tiene algún problema en el sistema por lo que pide ayuda. Llega su compañero, tal vez de su misma edad. Mientras navegan en la pantalla, inmediatamente le cuenta su primicia con el pasaporte colombiano. Acto seguido su compañero me pregunta si conozco Cartagena pues tiene el deseo de ir con sus amigos. Le respondo que he ido en múltiples ocasiones y me parece un lugar mágico e increíble en su ciudad amurallada. Se lo recomiendo. Pero la conversación no se detiene allí, su compañero replica: “¿Y a Cartagena llevan las chicas de Medellín?”. Por fin entiendo el sentido de la conversación. Por fin obtienen mi pase de abordar, lo tomo y me despido sin responder esa pregunta, pero negándolo con mi cabeza.

Esa inquietud me queda dando vueltas, pues dada mi experiencia desde el sector público en el turismo de Antioquia y Medellín conozco el esfuerzo que se ha hecho para promover el destino con todas sus bondades culturales y naturales. Pero también reconozco que estos esfuerzos han sido insuficientes a la hora de tomar medidas y explícitamente atacar el turismo sexual, que desafortunadamente está ligado a la explotación sexual y comercial de niños, niñas y adolescentes.

Además de la articulación institucional, especialmente con los organismos de inteligencia y Fuerza Pública para detener este flagelo en nuestras calles, se hace necesario realizar inversiones estratégicas de mercadeo más agresivas por los mismos medios (redes sociales) que se promueven este tipo de turismo no deseado en nuestra región y nuestro país. Se debe competir en un mercado abierto y de difícil regulación a nivel mundial, y es allí donde nuestras instituciones culturales se vuelven bastiones esenciales para promover nuestro destino desde los incentivos correctos.

Alternativas para ganar la competencia desde el turismo sostenible pueden ser (i) exenciones tributarias aún más agresivas en la industria cultural, (ii) fondos intensivos para producciones audiovisuales y cinematográficas de talla internacional, o (iii) estrategias de largo plazo -que trasciendan gobiernos- en los principales mercados internacionales desde los cuales nos visitan, como EEUU, enfocados en los nichos de personas más susceptibles a consumir el turismo que rechazamos. Así cuidamos nuestras comunidades, nuestra economía y nuestro entorno.

Aún estamos a tiempo para que en una próxima ocasión al ver un pasaporte colombiano nos pregunten por la locación de una película, el ambiente de una de nuestras festividades, o cómo ser testigos de nuestra resiliencia y transformación social.

Juan David Blanco

Estudiante Maestría en Política Pública, London School of Economics.
Ingeniero, UPB. Magíster en Economía Aplicada, Eafit.
Ex-P&G. Serví con alegría en la Gobernación de Antioquia.
Ciclista por pasión, atleta por motivación. Aún con esperanza en la humanidad.
Salsero. Aún con esperanza en la humanidad.

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