![]()
Escribo desde una convicción incómoda: el poder en Venezuela ha quedado suspendido y los vacíos no esperan. Cuando se abren, la historia demuestra que no permanecen neutros; son ocupados. La pregunta decisiva no es si ocurrirá, sino quién lo hará y con qué legitimidad.
Sostengo que la salida menos costosa —política, social y simbólicamente— es que ese vacío sea ocupado por liderazgo venezolano reconocido, con pleno respaldo latinoamericano. No como imposición externa, no como tutela, sino como acompañamiento regional visible. En ese marco, el apoyo a Edmundo González Urrutia representa una vía coherente: un actor civil, interno, capaz de encarnar una transición que no humille al país que intenta reconstruirse.
No escribo desde la ingenuidad. Sé que América Latina no es homogénea. Pero también sé que comparte un punto irrenunciable: la independencia costó sangre. Esa memoria común es más fuerte que nuestras diferencias coyunturales. Permitir que una potencia externa administre directamente la transición venezolana no sería solo un error estratégico; sería una herida al orgullo regional que tardaría generaciones en cerrar.
Por eso afirmo, sin consignas, que la consigna verdadera es existencial: Venezuela para los venezolanos. Y para que no sea una frase hueca, los Estados latinoamericanos deben ocupar el espacio político ahora. No mañana. No cuando el vacío ya haya sido llenado por otros y solo nos quede discutir las consecuencias.
El apoyo regional no niega la realidad del poder global; la condiciona. Exige que cualquier ayuda externa se articule bajo un paraguas latinoamericano, con reglas claras, plazos definidos y un objetivo único: devolver soberanía efectiva a Venezuela.
Cierro con dureza deliberada. Si América Latina no actúa unida en este punto, no estará perdiendo una disputa diplomática. Estará renunciando en silencio a una parte de su historia, aceptando que la independencia fue un episodio y no un principio. Y cuando los pueblos aceptan eso, el futuro deja de pertenecerles.












Comentar