Luego de dos décadas de respaldo, la izquierda ahora intenta escaparse de Venezuela como quien se aleja de un cadáver incómodo. Primero lo celebró. Luego lo justificó. Después lo relativizó. Hoy intenta archivarlo como una “experiencia fallida”, desligada de su tradición política. Sin embargo, ese intento de fuga intelectual fracasa por una razón simple: Venezuela no fue una anomalía, fue una consecuencia.
Desde 1999 hasta enero de 2026, el colapso venezolano no puede entenderse fuera del eje izquierda–derecha, porque fue concebido, ejecutado y sostenido como un proyecto de izquierda, legitimado por una red política, cultural e intelectual que lo protegió incluso cuando ya era indefendible.
I. El chavismo no ocultó lo que era: la izquierda sí
Hugo Chávez no engañó a nadie, aunque muchos luego fingieran haber sido engañados. Una vez en el poder, dijo lo que iba a hacer y lo hizo:
- Declaró la guerra al capitalismo.
- Despreció el liberalismo político y económico.
- Identificó al mercado como enemigo.
- Subordinó la propiedad privada al poder político.
- Concentró poder en nombre de “el pueblo”.
Todo esto fue avalado explícitamente como audacia transformadora por la izquierda latinoamericana y europea. La realidad es que el chavismo no se radicalizó después: nació radical, mientras una izquierda entusiasta aplaudía su avance. Así, el proyecto se proclamó socialista, se articuló con foros de izquierda, recibió respaldo de gobiernos y partidos progresistas y gobernó durante un cuarto de siglo bajo ese mismo marco ideológico.
No se puede analizar tal movimiento si, al mismo tiempo, se le niega. No existe evasión semántica posible para este tipo de adhesiones políticas.
II. El autoritarismo no fue una traición: fue una herramienta
Una de las coartadas favoritas de los izquierdistas que se autoperciben democráticos es aquella que reza que “Venezuela fracasó porque dejó de ser democrática”. Pero es absolutamente falsa, puesto que la democracia liberal nunca fue el objetivo final, sino un instrumento descartable. La extrema izquierda, además, comparte una premisa peligrosa: si el poder se ejerce “en nombre del pueblo”, los límites institucionales son prescindibles. Por ello, siguiendo esa misma lógica, obtenemos los pilares principales del socialismo del Siglo XXI, ocultos tras una verdadera coartada discursiva:
- El control del poder judicial es “defensa del proceso”.
- La censura es “lucha contra la desinformación”.
- La represión es “contención del golpismo”.
- El fraude es “soberanía popular”.
Nada de esto sorprendió a la izquierda, precisamente porque lo conocía, lo toleraba y lo justificaba.
III. La izquierda internacional: cómplice por acción y por omisión
En principio, con el auge del chavismo, la izquierda celebró. Elogió cada una de las medidas que impulsó el flamante presidente exmilitar y aprobó los excesos cometidos en nombre “del pueblo”, contra los ricos, las empresas, el capitalismo, entre otros blancos habituales.
Luego, apenas aparecieron las primeras señales de autoritarismo, la izquierda miró hacia otro lado y comenzó a hablar de imperfecciones democráticas y de “acciones necesarias”. Con la llegada de la miseria —único resultado posible del asedio constante al aparato productor de un país—, atribuyeron el desastre a factores externos, sanciones que vinieron después y bloqueos que aún no existían.
Cuando la dictadura ya era imposible de excusar, eligieron el silencio estratégico. De ese modo, consolidaron el patrón que repiten con precisión quirúrgica. No hace falta que todos defiendan abiertamente a Maduro para que exista un bloque ideológico funcional. Basta con que:
- Eviten llamarlo dictador.
- Condenen más a sus críticos que a sus víctimas.
- Enfoquen la discusión en sanciones, no en presos políticos.
- Hablen de “crisis” sin hablar de responsables.
Ahora, a la luz de los acontecimientos, lo que aparentaba ser neutralidad y equilibrio se revela, sin máscaras, como complicidad descarada.
IV. Boric, el Frente Amplio y la hipocresía progresista
Ahora podemos entrar en el análisis de lo que algunos quieren denominar la “izquierda democrática”: aquellos líderes que alcanzan el poder con un amplio respaldo popular, trayendo consigo una batería de ideas y propuestas propias de la agenda progresista. Es aquí donde aparece la versión moderna del respaldo: la condena sin consecuencias.
Uno de los ejemplos más aplaudidos en la región es el de Gabriel Boric, presidente de Chile, próximo a culminar su mandato, sumido en crisis y con uno de los mayores niveles de rechazo hacia un líder de izquierda. Boric critica de frente el fraude electoral perpetrado por Maduro y sus cómplices, pero esquiva una ruptura política e ideológica real. Asimismo, prioriza el discurso anti-intervención por sobre la denuncia directa del régimen y se sitúa en una postura de equidistancia moral artificial entre víctimas y victimarios.
El Frente Amplio uruguayo opta por una estrategia más reveladora: se fragmenta discursivamente para no asumir costos. Evita definiciones claras y convierte la ambigüedad en doctrina. El resultado es una defensa calculada de Maduro, sin estridencias pero efectiva: legitima el totalitarismo venezolano a través de procedimientos. En definitiva, el efecto no dista mucho del de otras defensas: comprarle tiempo al chavismo.
V. El antiimperialismo como excusa final
Parte del discurso de la izquierda mundial encuentra su último refugio en el antiimperialismo que arrastran desde hace décadas y que utilizan tanto como bandera y paraguas ideológico. Bajo esa consigna, la izquierda ha aceptado:
- Hambre masiva.
- Migración forzada.
- Estados policiales.
- Economías destruidas.
- Represión sistemática.
El mensaje implícito es brutal: es preferible una dictadura aliada que una democracia incómoda. Y esto ya no se trata de una desviación moral menor; es una jerarquía ética invertida.
VI. ¿Por qué es indispensable señalar a la izquierda?
Señalar esa responsabilidad no es un ajuste de cuentas ideológico: es una exigencia de honestidad intelectual. Las ideas tienen consecuencias: el estatismo radical y el desprecio por los límites al poder generan resultados previsibles.
La izquierda se arroga autoridad moral, pero quien habla en nombre de los derechos humanos no puede elegir cuándo importan. La ambigüedad mata y cada eufemismo extiende el sufrimiento concreto de millones de personas. Sin culpa no hay aprendizaje, y negar la relación ideológica garantiza su repetición.
Venezuela como acusación histórica: conclusión
El caso de Venezuela no acusa solo a Maduro y al sistema chavista: acusa a todo un ecosistema político e intelectual que se enfrasca en proteger una narrativa antes que defender los ideales que se atribuyen.
Entonces, tomar a la izquierda como bloque no es injusto, sino que ayuda a describir cómo actuó cuando tuvo que elegir. Mientras la izquierda no rompa de forma explícita, total y sin matices con el chavismo —y con la lógica que lo hizo posible—, Venezuela no será un error del pasado, sino una advertencia ignorada.
Y las advertencias ignoradas, en política, siempre se repiten.












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