Una universidad para merecer esta denominación debe hacer ciencia, y no cualquier tipo de ciencia

Después de más de 7 siglos de existencia, uno de los cambios más potentes que ha tenido La UNIVERSIDAD fue el que se produjo a finales del siglo XVIII en el ambiente cultural creado por dos corrientes filosóficas cuyas diferencias teóricas terminaron induciendo esos cambios. Por un lado, la Ilustración Escocesa (Hume, Smith), enfocando el conocimiento al sentido común (más útil y comunitario), la moralidad a las elecciones de vida y la economía a la práctica, asentando los fundamentos del liberalismo económico clásico, y por el otro, el Idealismo crítico alemán (Kant) con su propósito de sintetizar la razón y la práctica y con su aporte definitivo a la ética liberal.

En esa especie de encuentro entre desencuentros, que son comunes en la historia, se echaron las bases y se inició el modelo de universidad que conocemos hoy: un centro de educación superior para la producción de conocimiento práctico, orientado al progreso social y al mismo tiempo un centro de formación para la crítica tanto de la propia cientificidad de lo científico como para la crítica de la cultura, que es lo propio del humanismo liberal. Es decir, le educación como un motor para las transformaciones sociales, económicas y culturales mediante la formación de científicos y de ciudadanos útiles para la sociedad y progresistas.

Los académicos escoceses consideraban como primordial la utilidad del conocimiento para la mejora de las condiciones sociales y, en consecuencia, generaron escenarios para la especialización disciplinar y la investigación centrada en ciencias, economía y ética. Por su parte, el Idealismo Alemán, coetáneo, aportó la concepción de educación liberal que promovió la formación humanista, la autonomía académica y la investigación.

Gracias a las condiciones académicas, sociales y políticas de la época, la Ilustración Escocesa encaminó universidades como las de Edimburgo, Glasgow y Aberdeen hacia una visión pragmática y empírica, mientras que el Idealismo Alemán produjo en la Universidad de Berlín, a partir del liderazgo de Wilhelm Von Humboldt, una institución científica y humanista preocupada por la búsqueda de la verdad. Se consolidó el modelo de universidad (humboldtiana) que buscaba con igual empeño tanto la formación humanista como la utilidad pública, pero a través de la investigación científica.

Pero fue en Estados Unidos donde se le dio la otra vuelta a la tuerca de ese modelo de universidad moderna ideado en la Europa de finales del siglo XVIII: el salto hacia la creación de la universidad de investigación contemporánea. La sociedad norteamericana se convirtió en el crisol para crear instituciones caracterizadas por el fortalecimiento de la educación liberal y humanista, pero que al mismo tiempo tenían el propósito de producir conocimiento para dar respuesta a las necesidades de los sectores metalmecánico, agrícola, educativo y de la industria militar. De esta manera, la universidad se convirtió en un instrumento de la sociedad para usar el conocimiento como fuente de riqueza económica y bienestar social en casi todos los estados de la Unión. Esto se logró gracias a que esta institución combinó, de manera exitosa, la erudición, la investigación y la educación como elementos necesarios para acelerar los procesos de innovación. Por tanto, la investigación llegó a ser un instrumento que ofrecía respuestas a las necesidades de diversos actores de la sociedad; por un lado, se solucionaban los problemas de las comunidades, pero por otro, permitía aumentar la rentabilidad del sector productivo gracias a la comercialización de los nuevos desarrollos tecnológicos.

El modelo universitario estadounidense permitió que la misión del servicio público, que partía de una visión pragmática del mundo, se entrelazara con las misiones de enseñanza e investigación. Dicha misión de utilidad pública se puede definir como la capacidad de poner a disposición y al servicio de la ciudadanía el conocimiento útil y la investigación académica. Y “Útil” solo significa capacidad para resolver necesidades sociales.

La creación y construcción de grandes universidades de investigación permitió el avance del conocimiento básico y al mismo tiempo proporcionó la experiencia técnica que requería una sociedad industrial moderna. Un ejemplo de esto fue el Instituto Tecnológico de Massachusetts, que tenía como misión fundamental la producción de conocimiento para la transformación productiva y el crecimiento económico. Pero, también se crearon universidades de un corte educativo más liberal, enfocadas en un concepto de investigación más amplio, como por ejemplo la Universidad Johns Hopkins. Independientemente del enfoque, que se explica por una mayor influencia del modelo escocés o alemán en el origen de muchas de las nuevas instituciones, las universidades de investigación se convirtieron en los principales agentes de cambio de los Estados Unidos, gracias al impacto que la investigación y el desarrollo tecnológico han tenido en el crecimiento económico y en las transformaciones de la sociedad desde finales del siglo XIX y a lo largo del siglo XX.

En la segunda mitad del siglo XX el modelo de universidad norteamericana se extiende rápidamente, haciendo que las misiones de investigación y enseñanza de las universidades en todo el mundo se fusionaran con la misión del servicio público, de forma que ya no es posible analizar la universidad como un ente aislado, sino en conexión con el conjunto del sistema educativo y los elementos que determinan el progreso económico y social de las regiones o los países. El éxito de este modelo conduce a que sea considerado hoy como el referente a seguir por gobiernos en todo el mundo, así como por organismos multilaterales que promueven el desarrollo económico y social.

Sin embargo, el modelo universalizado de la universidad de investigación contemporánea no está exento de falencias que, en un entorno diferente a su creación y consolidación en los dos siglos pasados, obliga a proponer alternativas que permitan dar respuesta a situaciones como las siguientes:

  • Las universidades de mayor prestigio pretenden lograr mayor influencia científica y política mundial y por tanto pierden de vista responder a las necesidades de las comunidades locales o regionales.
  • Hay una competencia muy desigual por acceder a los recursos financieros, pero también por atraer a los mejores profesores, investigadores y estudiantes.
  • Existe una excesiva preocupación por la protección del conocimiento con fines de lucro económico lo que conduce a la consolidación del capitalismo cognitivo.
  • Las comunidades académicas en muchas de estas universidades tienden a desconocer formas de conocimiento diferente al científico, así como a marginalizar el conocimiento aplicado.
  • Se le da prelación a los indicadores que permiten posicionar a las instituciones en diferentes rankings lo que promueve actividades y actitudes individualistas y poco solidarias por parte de los responsables de la producción académica.

Estos y posiblemente otros factores ponen en crisis el modelo de universidad actual que difícilmente puede ser asumido por países como el nuestro. Se requiere que la universidad mantenga el espíritu humanista que promovió la universidad Humboldtiana unido a una producción científica que se preocupe por desarrollar procesos de innovación para responder, de forma solidaria, a las necesidades y desafíos de la sociedad mediante el dialogo con las diversas formas de conocimiento propias de las comunidades.

Pero este modelo de universidad y los que se creen como alternativa, enfrentan el reto adicional de la creación y consolidación de certezas no científicas, no racionales e incluso irracionales basadas en falsedades, mentiras y medias verdades que ponen en riesgo la importancia e incluso la utilidad de las certezas propias de la ciencia que tiene por principio minimizar los errores y mantener la duda metódica sobre opiniones, saberes y conocimientos. Ese reto no es solo para la actividad científica -la profesión del científico- sino para la cultura política en los centros educativos donde se hace ciencia; es decir, para la moral política universitaria y para sus reglas de debate tanto sobre asuntos académicos como sobre la vida política universitaria en la que, con infortunada reiteración se relega la racionalidad, la honestidad y la decencia que les son consustanciales.

Pablo Javier Patiño Grajales, MD, MSc, DSc.

Decano Facultad de Medicina, Universidad de Antioquia

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