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Una oportunidad histórica que difícilmente se repetirá en Colombia.
Hay decisiones políticas que no se toman desde la coyuntura, sino desde la convicción. Esta es una de ellas.
En las próximas elecciones presidenciales he decidido votar por Paloma Valencia en primera vuelta. Y no es una decisión improvisada ni emocional: es una elección que nace de la coherencia entre principios, preparación y visión de país. Pero, sobre todo, es una apuesta por algo que Colombia aún tiene pendiente: elegir a su primera mujer presidenta.
Paloma Valencia representa, en muchos sentidos, una candidatura que logra articular lo que históricamente ha estado fragmentado. No solo encarna una línea de pensamiento clara y firme, sino que ha demostrado apertura al sumar a su fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo, una figura que conecta con sectores del centro y con nuevas formas de liderazgo. Esa decisión, lejos de ser estratégica únicamente en términos electorales, envía un mensaje poderoso: en Colombia sí es posible que los distintos se encuentren y construyan juntos.
Esa capacidad de sumar, de tender puentes en lugar de levantar muros, es hoy más necesaria que nunca.
Pero más allá de la fórmula, hay una trayectoria. Paloma Valencia no es una improvisación política. Su formación académica como filósofa, economista y abogada no es un dato menor: es el reflejo de una preparación rigurosa que habla de disciplina, de profundidad y de una comprensión amplia de los problemas del país. En un escenario donde muchas candidaturas apelan más al discurso que al conocimiento, su perfil se convierte en una garantía de seriedad.
A ello se suma su ejercicio en el Congreso de la República. Desde su llegada, ha asumido el control político con constancia, participando en debates relevantes y en la construcción de iniciativas legislativas que han tenido impacto real. No es una figura decorativa ni de protagonismos vacíos: es una mujer que ha hecho política desde el trabajo.
Y sí, también hay algo que no debería ser subestimado: el liderazgo femenino. Durante años, las mujeres hemos demostrado —en lo público y en lo privado— una capacidad probada de administrar, de conciliar, de sostener y de construir. La dirección de un país no es ajena a esas habilidades. Por el contrario, las necesita con urgencia.
Por eso esta no es solo una invitación política, es también una invitación histórica: a que las mujeres de Colombia entendamos el momento que tenemos enfrente y actuemos en consecuencia.
Ahora bien, elegir también implica descartar. Y en ese ejercicio, he decidido no apoyar la candidatura de Abelardo de la Espriella. No desde el ataque personal, sino desde un análisis político.
Colombia no puede seguir apostándole a la improvisación. Más allá del éxito profesional en el ámbito privado, liderar un país exige experiencia en lo público, conocimiento del funcionamiento del Estado, y sobre todo, la capacidad de administrar recursos colectivos con responsabilidad. En ese sentido, su trayectoria no ofrece hoy elementos suficientes para generar confianza sobre cómo sería su desempeño como Jefe de Estado.
Adicionalmente, su discurso ha tendido a la exclusión más que a la integración. En un país diverso como el nuestro, donde convergen múltiples visiones, identidades y realidades, necesitamos liderazgos que convoquen, no que reduzcan.
Porque hay algo que no podemos ignorar: Colombia no es un país de extremos. Es un país de matices, de ciudadanos que quieren decidir con criterio, con libertad y con responsabilidad. Y en ese escenario, las candidaturas que se ubican en los bordes difícilmente logran construir mayorías.
Por eso lo digo con claridad: si en una eventual segunda vuelta el escenario fuera entre un candidato de izquierda como Iván Cepeda y una candidatura percibida como extrema, el resultado sería predecible. En cambio, un escenario donde Paloma Valencia represente una alternativa sólida, preparada y abierta al diálogo, cambia por completo las posibilidades del país.
Y ahí está, precisamente, la oportunidad.
La posibilidad real de que Colombia tenga, por primera vez, una mujer presidenta. Y que lo haga acompañada de un vicepresidente que también representa la diversidad de nuestra sociedad.
No es un gesto simbólico. Es un paso político.
Por eso mi invitación es directa: a las mujeres, a los sectores independientes, a la comunidad LGTBI y a todos aquellos que creen en una Colombia donde las diferencias no sean un obstáculo sino un punto de encuentro.
Este 31 de mayo no es una fecha más. Es una oportunidad.
Y las oportunidades históricas no se repiten.













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