“Hace pocos días murió en Medellín un tanguero y aunque no era famoso como experto en tango o menesteres parecidos, era alguien muy querido entre sus amigos quienes, por serlo, erigen la memoria del ausente como la más triste de las pérdidas y, a nuestro modo particular, una pérdida para el tango porque ese género musical, como cualquier otro, vive, se recrea y crece gracias a sus oficiantes.”

Medellín es una ciudad tanguera, pero no solo por los mitos fundacionales que la erigieron como una urbe de la canción ciudadana luego de la muerte trágica del zorzal criollo o que haya sido la ciudad donde se domiciliaron muchos astros del tango, sino porque el gusto por el tango se aprende y se hereda.
Los amantes del tango son además una extraña especie en la que cada individuo se diferencia entre sí de formas sutiles pero definitivas. Existen tangueros clásicos a los que versiones contemporáneas de una milonga histórica les parece un sacrilegio. Existen también los omnívoros a los que todo el repertorio tanguero les viene bien. Otros son de estilo sobrador que dicen odiar los tangos más escuchados, o los eruditos que siempre refieren o piden el tango que nadie conoce. Existen incluso especímenes más extraños como los literarios, que aman los tangos casi exclusivamente por sus letras, o los melómanos, a quienes les gusta, dicen, sólo por la música.
Hace pocos días murió en Medellín un tanguero y aunque no era famoso como experto en tango o menesteres parecidos, era alguien muy querido entre sus amigos quienes, por serlo, erigen la memoria del ausente como la más triste de las pérdidas y, a nuestro modo particular, una pérdida para el tango porque ese género musical, como cualquier otro, vive, se recrea y crece gracias a sus oficiantes.
Óscar Suárez era su nombre. Una persona noble y querida que llevó su gusto por el tango y la música en general, al extremo de construir en un espacio de su casa una cantina con barra, licores, lavaplatos, fotografías en las paredes, nevera, mesas, sillas, basurera y, por supuesto, discos LP y equipo de sonido con tornamesa.
¿Cómo se llama esta cantina Osquitar? Le pregunté alguna vez.
No tiene nombre, cada quien que llega le puede poner uno. Me respondió.
Como toda buena cantina de tangos tiene además fotografías pertenecientes a los héroes culturales de las melodías: Carlos Gardel, Óscar Larroca, Albero Moreno y Carlos Dante; además de los emblemas del equipo de fútbol de los amores o de sus recordados exponentes, en este caso una del Atlético Nacional a la que el paso del tiempo le impregnó una pátina dorada.
Es curioso, pero un elemento reconocible de casi todas las cantinas de tango en Antioquia es que lucen la enseña del equipo preferido por su dueño o el que históricamente haya acompañado el local, de tal modo que todos los tangueros hinchas de cualquier equipo concurren a la misma cantina, con lo que no es casual que un buen porcentaje de las charlas bohemias giren entorno a las lides de fútbol presentes o pasadas, en un repertorio tal de bromas, anécdotas, conceptos deportivos, especulaciones y vaticinios que ya quisiera un templo religioso tener tantos dogmas y repertorios.
Otra verdad, tal vez nunca pronunciada, es que las cantinas de tango conversan entre sí. Es cierto que posiblemente esa conversación va menguando en vista de que las cantinas también van desapareciendo, sin embargo, entre la subespecie humana llamada tanguero no falta la conversación en la que un oficiante le comenta al otro que estuvo tal día en el Homero Manzi, en el Alaska o en Adiós muchachos, escenarios urbanos que reciben noticias de sus espacios colegas y que acaso sea el bálsamo que ayuda a que se mantengan en pie.
Con la despedida de Óscar se reduce un poco más la savia que alimenta el árbol otrora frondoso del tango en Medellín, pero el tango es como lo dijo Pepe Mujica “Pura nostalgia, de lo que se tuvo, de lo que no se tuvo, es una cosa para gente que haya aprendido a perder en la vida; hay que haber tenido algunas derrotas para que a uno le entre a gustar el tango”, y la muerte que es la mayor de las derrotas es también tango, así como el recuerdo nostálgico del amigo que se fue, porque ya lo cantó Gardel hace un siglo “Contra el destino nadie la talla…”












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