“Mal-estar, en verdad es una palabra muy diciente. Parece que habitamos sin remedio una realidad en la que no puedes no afrontar el malestar. Pero ¿qué hay más allá? ¿cómo podríamos forjarnos una forma de vida menos opresiva? ¿cómo es posible que “pinches tiranos” grandes en su insignificancia, necedad y violencia como un Trump o Uribe, o pequeños en su anonimato como el vecino autoritario o violento, nos descoloquen e incomoden?”
Estos tiempos dan para recordar una lectura de universidad. El autor fue un científico social de renombre que, por serlo, tenía y tiene en la actualidad una autoridad muy grande. Al comienzo de uno de sus ensayos decía que una vez salió a dar un paseo junto a un amigo por un lugar luminoso y paradisiaco. Todo se veía tan perfecto. El agua discurría dulcemente por entre las piedras brillantes de un sereno cauce. Las plantas y sus flores eran mecidas por un viento cálido y tenue. Ellos fumaban y conversaban animadamente. Todo era perfecto y sereno durante aquella tarde que parecía discurrir sin sombra alguna.
Sin embargo, al tiempo que percibía sus pisadas con el murmullo que les devolvía la hierba bajo sus pies y pensaba en lo mucho que apreciaba aquel amigo que junto a él caminaba, no podía olvidar o disimular el sordo vacío que prosperaba justo en el centro de su pecho. La promesa de felicidad era solo eso, una promesa inacabada e inalcanzable.
La experiencia sensitiva humana cobra sin apelaciones su precio. Puedes avanzar algunos pasos, saber algo, aunque sea poco sobre lo que te rodea, pero más allá, como una atmósfera lejana está la angustia, el temor, el dolor. El autor llamó a eso “el malestar”. Mal-estar, en verdad es una palabra muy diciente. Parece que habitamos sin remedio una realidad en la que no puedes no afrontar el malestar. Pero ¿qué hay más allá? ¿cómo podríamos forjarnos una forma de vida menos opresiva? ¿cómo es posible que “pinches tiranos” grandes en su insignificancia, necedad y violencia como un Trump o Uribe, o pequeños en su anonimato como el vecino autoritario o violento, nos descoloquen e incomoden?
Otro gran autor escribió en el siglo XVIII que tal vez al fin de cuentas lo único que debe perseguir el ser humano es “cultivar su propio jardín”, y sí, pero es que no estamos solos, somos una especie de entidad arrojada al mundo que no puede estar sola, que se debe a su colectivo. Sucede además que algunos habitantes de esa entidad se preguntan por la forma de no pasar una vida sin hacer algún aporte para el bienestar común, que se refleje a su vez en bienestar propio. ¿Es mucho pedir? ¿Acaso más que malestar es impaciencia o simple egolatría? Egolatría, ese pariente cercano del egoísmo y del narcicismo, ahora tan actual por la deleznable presencia de Trump. Tal vez la utopía se reduzca a cultivar el jardín junto al otro, para el otro. Aunque duela es bueno pensarlo en especial durante tiempos tan oscuros como los que discurren en el presente.
Qué curioso, el autor que disertó sobre el malestar murió el mismo año, el mismo mes y casi el mismo día en que estalló la segunda guerra mundial.














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