Tanto le pesó el amor

Entró al museo, cargando un peso invisible, pero perceptible. Su rostro tenía una expresión cansada, como de quien ha mandado al carajo la vida. Llevaba una blusa color crema, una falda roja y unos zapatos blancos, bajitos. Yo estaba junto a la recepción y le di la bienvenida. Esbozó con dificultad una sonrisa y caminó con pasos lentos. Le eché el cuento, pero de forma breve: que en esa casa había nacido Alfonso López Pumarejo, dos veces presidente de la república, que en las salas iba a encontrar esto y aquello y en el pasillo algo de la historia de Honda, y que, además, teníamos nuestras Piezas del Mes de agosto: ‘Los amores de López’.

Le propuse que entráramos a la Sala de la Palabra, donde estaba la exposición, y le hablé un poco de las historias de los dos matrimonios de López Pumarejo: primero se casó con María Michelsen Lombana, una persona con una formación académica y familiar muy diferente a la de él y por eso uno de sus hijos, Alfonso López Michelsen, sostuvo en sus memorias que sus padres eran complementarios y gracias a ello habían emprendido proyectos juntos. Luego María murió en 1949, pero López Pumarejo se casó en 1953 con Olga Dávila Alzamora, quien lo acompañó hasta el 20 de noviembre de 1959, cuando López murió en Londres.

Ella me miraba con esos ojos que parecían cargados de pena y asentía a todo lo que le contaba. Le dije que así como reconocíamos en nuestras colecciones un patrimonio de los colombianos, también lo hacíamos con las memorias y los sentires de nuestros visitantes, por lo cual la invitaba a escribir una carta de amor a quien quisiera y a pegarla en un tablero que habíamos dispuesto junto a las fotografías, porque queríamos exponer ambas riquezas patrimoniales y me interrumpió:

«¿O sea que me puedo sentar en esta silla y escribir la carta de amor sobre la mesa?»

«Claro – le contesté -, para eso dispusimos el espacio. Sigue».

Ella corrió el asiento, tomó el esfero, cruzó sus piernas y se puso a escribir. Yo salí de la sala y me puse a hacer lo habitual: recibir y hacer llamadas, enviar correos, responder preguntas que comienzan, por lo general, con un «Felipe, imagínese que…»; atender personas que tenían cita conmigo, otros que no la tenían y con todo pensaba en la carga de esa mujer. Apenas tuve un respiro, fui a la Sala de la Palabra. Allí se encontraba en la misma posición. Aproveché que estaba cerca a la puerta de salida del museo para ir a la alcaldía, preguntar por el alcalde, «No, mi amor, no está», me contesta la secretaria; espero un poco, espero mucho, me levanto y salgo, voy a buscar a la secretaria de Cultura del municipio, «No, mi amor, no está», me contesta otra señora, «¿A qué hora la encuentro?», no saben, salgo de ahí y vuelvo a entrar al museo. Ella sigue ahí, sentada con las piernas cruzadas.

Entro a la oficina y pienso que Honda no es tan grande, pero uno haciendo cositas y yendo de aquí para allá se demora bastante. Yo me había demorado en lo habitual y ella seguía ahí. «¿Qué tanto estará escribiendo?», pensaba.

«Jefe, lo necesitan en la puerta», me dijo Andrés, uno de los vigilantes. Salí de la oficina y ahí estaba, con ese mismo peso y con el mismo esbozo de sonrisa. «Muchas gracias, allí la dejé pegada» y señaló una hoja roja en el tablero. Le agradecí por habernos visitado y por participar en la actividad que propusimos y que recordara que la Casa Museo Alfonso López Pumarejo era su casa. Dio media vuelta y se fue, con el sol perpendicular al piso.

No me aguanté las ganas y entré corriendo a la Sala de la Palabra para leer la carta.

«Aunque te amo, entendí que te debo dejar ir.

Aunque crea que voy a morir de amor, creo que lo importante es darme cuenta de que la vida sigue sin ti.

Te esperé por años para que tomaras la decisión de volver conmigo y me di cuenta que lo único importante que vale la pena es que supe que el amor que siento por ti es para siempre, aunque no sea correspondido.

Entendí que vivir con este sentimiento no correspondido lleno de amor es una enseñanza de vida, aunque la viva con otra persona».

Salí de la sala a buscarla. Se la había tragado el mediodía.

About the author

Felipe Lozano

Felipe Lozano es comunicador social de la Pontificia Universidad Javeriana, especializado en producción radiofónica. Durante catorce años de carrera, se ha desempeñado como presentador, locutor, periodista, asesor de comunicaciones, docente universitario, conferencista y tallerista. Ha trabajado en medios de comunicación como Radio Nacional de Colombia, Javeriana Estéreo, HJCK, la Súper Estación y El Tiempo. Estuvo vinculado al desarrollo de objetos virtuales de aprendizaje en la Universidad Nacional Abierta y a Distancia (UNAD) y trabajó en entidades como la Orquesta Filarmónica de Bogotá, el Museo Nacional de Colombia y el Programa Fortalecimiento de Museos. Ha sido ganador de las convocatorias de cuento corto '66 días de dibujos' y Microcuento.es. Actualmente, es el director de la Casa Museo Alfonso López Pumarejo en Honda (Tolima).