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El ensayo de la profesora Alejandra Jaramillo Morales, “La UNAL, en pugna por dos modelos de universidad”, aparecido el día de hoy en “El Espectador”, es una oportuna ocasión de pensar, repensar y volver a pensar, discutir, debatir públicamente qué deseamos para la UNAL, luego de esta nueva crisis que anida el mismo dañino ADN con diferentes metamorfosis desde la primera administración de Marco Palacios (2003) a hoy con Ismael Peña (2026).
Desde sus primeras líneas nos enuncia la profesora Alejandra Jaramillo Morales que va “evitar los nombres propios”, para no “exacerbar los ánimos”, precaución casi innecesaria, porque la comunidad universitaria sabe los nombres propios de las directivas que han dirigido, desde la primera administración de Marco Palacios a 2024, nuestra Universidad, y cuál es y qué representa la línea hegemónica rectoral de más de cuatro décadas de los mismos y las mismas con las mismas.
En alusión autobiográfica nos menciona la profesora Alejandra Jaramillo Morales que ella está casada con un ciudadano alemán, nación de “alto desarrollo industrial, de liderazgo en el comercio internacional, … que ha creado miles de empresas…” etc. “que apostó “a la educación pública y gratuita”. Y se pregunta: “¿Por qué no hacer lo mismo en Colombia?”, en el entendido de que ese modelo de educación gratuita, pública y de altísimo nivel es una clave posible para salir de nuestro atraso económico e injusticia social. Sobre todo, en la consecuencia de una de las raíces de esta: “en el negocio de la privatización de la educación”. Hay mucho de cierto en que la prosperidad alemana se debe a su sistema universitario estatal y que nuestra pobreza y atraso e injusticia social (van de la mano) se debe al sistema (que es injusto antisistema) de educación privada de elite y educación popular de baja calidad (o más bien de carencias de mejores y democráticas oportunidades).
Las ideas en general y sobre todo las ideas sobre la educación del género humano (que nace de la frase socrática, “solo sé o estoy obligado a saber lo que no sé”) y la universidad menos que opciones ocasionalistas son resultados de cambios históricos profundos. Estas no son meras ocurrencias o gustos: meras opciones como desojando margaritas. No debo excusarme ante mis colegas por dar un mínimo histórico de este intrincado asunto. Intentémoslo…. a riesgo o en el propósito de desatar un debate provechoso de ideas.
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Condorcet, al filo de las luchas entre girondinos y jacobinos en 1792, escribe el primer proyecto nacional sobre la instrucción pública, desde la educación primaria, hasta la superior y la academia francesa de ciencias. Llevó el título Cinco memorias sobre la instrucción pública. No era un capricho pues fundar un sistema nacional público de instrucción pública y estatal. Por el contrario, era un paso político imperativo para oponerse al sistema de las odiosas jerarquías del Ancien régime (que el “paseante solitario” Rousseau había deslegitimado con su “conjetura” del “hombre en estado de naturaleza”), es decir, el rechazo impostergable a la sociedad estamental pre-revolucionaria, fundada en el poder absoluto y divino de la monarquía corporativa señorial.
Con Napoleón se reestructura esta idea de Condorcet (que en realidad queda esbozada)[2] y, al lado de su Grande Armée y el Code civil, erigió la École Polythecnique, para sustituir la anacrónica Universidad de la Sorbona. Ejército (era el pueblo bajo en armas movilizado contra las grandes monarquías europea), Code y Polythecnique fue un tridente contra la Vieja Europa. La tarea misional primordial de esta institución de educación superior era la de formar ingenieros y administradores públicos para la gran nación. Hizo más inusitadamente: de su seno van a salir los díscolos discípulos del padre de la utopía industrial Saint-Simon. La asociación entre técnica ingenieril, valor militar y grandeza nacional es evidente; marca el curso de una discusión universitaria a favor del ideal de lo práctico que no ceja.
Tras la invasión napoleónica a Prusia, que le deparó las extraordinarias victorias militares en Jena y Auerstedt (ambas el 14 de octubre de 1806), se desmantela el rancio y soberbio Sacro Imperio Romano Germánico (de más de mil años). Con la derrota del Imperio germano la Europa burguesa, la Europa anti-señorial de los propietarios burgueses se abre a una nueva era de la historia universal. Napoleón desarticula el Imperio milenario y rediseña el mapa del Viejo mundo. Erige la Confederación Renana que va a contar con una efímera vida, hasta 1813. Bajo el impacto de la derrota Prusia, sus más destacados hombres ilustrados se esfuerzan por salir de esta situación límite. Karl Freiherr von Stein y Karl August von Hardenberg encabezan lo que la historiografía llama la Reformas prusianas. Estas fueron unas reformas “auto-defensivas”, es decir, reformas liberales que pretendieron remover las bases señoriales, anticuadas y decididamente anacrónicas del Imperio derrotado. Reforma militar (Clausewitz), reforma aduanera, reforma universitaria (Wilhelm von Humboldt), reforma administrativa del Estado (hacer la cuadratura del círculo jurídico de un Estado de derecho administrativo sin constitución).
Es nombrado rector el filósofo Fichte, el primer intelectual en sentido moderno en Alemania, pues habla a la “nación” y es escuchado por la “nación” (como entre nosotros Peña); profesor de historia el padre de la historiografía moderna Niebuhr (como entre nosotros Peña), profesor de filología, el fundador de la filología contemporánea, que desató la célebre polémica sobre la unidad literaria de la Ilíada y Odisea, Friedrich August Wolf (como entre nosotros Peña), es decir, una Universidad humanista compuesta por las más altas autoridades académicas y científicas, de la que emergieron Marx, Nietzsche, Heinrich Heine, Alfred Döblin, Max Plank, Einstein… y no Peñas y Peñas y Peñas que nos llevaron al desPEÑAdero.
Este modelo prusiano de Universidad cae en desgracia bajo el nazismo. Martin Heidegger, quien había aceptado el rectorado de la Universidad de Friburgo (y aspiraba a ser el Führer Rektor del imperio naciente), corroboró que la “Universidad alemana estaba muerta” (anotación en los Cuadernos negros). La causa del ocaso universitario para el autor de Ser y tiempo (1923) tenía un motivo muy lejano al nuestro. Nada tenía que ver con las pedreas, falta de prepuesto o los gestores del contratadero Rotorr, etc. Tenía que ver con la ausencia de los dioses griegos, que empezaron a circular en la Alemania culta de medidos del siglo XVIII con Winckelmann, Herder, Goethe, Schiller o Hölderlin, es decir, con los fundamentos universitarios que institucionalizó Humboldt en Berlín. Es decir, la decadencia de la Universidad estaba para Heidegger asociada a la implacable imposición creciente del cientificismo positivista.
Tras la Segunda Guerra mundial, y sobre todo en medio de la crisis universitaria europea de los años sesenta y setenta, tanto por la ampliación de la matrícula como por el origen social plebeyo de una parte del estudiantado (por vez primera un hijo de un chofer de tranvía pisa las aulas universitarias) y, sobre todo por los altos costos de la investigación científica para el Estado, que solo logró solventar la universidad privada norteamericana, el modelo alemán se encontró en una grave crisis. Ya no su errático rumbo filosófico del que se quejaba Heidegger, sino la crisis universitaria se enfocó económica y sociológicamente. Se trataba de la imposibilidad de pagar profesores investigadores de gran rango internacional (al ser un sistema estatal universitario, con un salario estándar para su profesorado), y sobre todo acoplar el viejo autoritarismo profesoral de los años de antes de las dos Guerras mundiales a la cambiante sociedad de posguerra.
La crisis universitaria tenía que ver ahora con la anomia, como la analizó anticipadamente Talcott Parsons, al visitar a Max Weber en Heidelberg. Así fue la crítica al modelo epistemológico universitario imperarte, por parte del movimiento estudiantil contra hegemónico (hipismo, grupos de izquierda radical, SDS de Rudi Dushke etc.), la más razonable causa del epos juvenil de esos años rojos. Podemos constatar que la vieja y magnífica Universidad de Berlín, en la que estudiaron Marx, Stirner o Nietzsche, ha tenido una gloriosa, luego trágica y hoy melancólica historia: actualmente ocupa el número 100 del ranking mundial.
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Para Colombia los debates político-estatales, culturales, y económicos tienen comparativa importancia al preguntarse, como lo hizo el filósofo Rubén Jaramillo Vélez hace un par de décadas: “¿qué universidad para qué sociedad?”. La pregunta la formuló en su revista “Argumentos” (finales de los ochenta), que tuvo por tarea principalmente la difusión, traducción e interpretación de la llamada Escuela de Frankfort. Es decir, era una pregunta con un piso sociológico e histórico precisos, en el momento en que la crítica marxista a las armas se abría lugar, en medio de una pavorosa violencia en nuestro campus. ¿A quién se le puede borrar de la mente los hondos recuerdos de la masacre a estudiantes del 16 de mayo de 1984?[3] “Argumentos” repensó el marxismo para una sociedad plural, democrática, una universidad nacional para el estudiante comprometido con el saber, con la nación en su conjunto, con un sentido de la solidaridad social y un cosmopolita sentido de lo universal (que es también lo nacional). Reflexionó sobre Adorno, Horkheimer, Benjamin, Freud; la universidad colombiana, escribió el ensayista Rafael Gutiérrez Girardot.
“Argumentos” de Jaramillo Vélez salió en defensa, como se dice entre nosotros, de la universidad pública, pues ¿cuál otro modelo es factible de universidad? Era una pregunta ante todo histórica, a saber, la pregunta por el sinsentido de universidad privada inspirada, entre nosotros, o por el dominio doctrinal eclesiástico, que nos impuso Miguel Antonio Caro en su Constitución de 1886 (redactada a puerta cerrada en el Arzobispado), al destruir la Universidad Nacional; o por el modelo americanoide de elite que importaron Mario Laserna (gamonal del Tolima y presunto discípulo/amigo de Einstein) y Alberto Lleras Camargo, para su casera Universidad de Los Andes en 1948, con apoyo del departamento de Estado de Estados Unidos, para conjurar los efectos del comunismo que vieron en el asesinato del líder populista liberal Jorge Eliécer Gaitán.
La pregunta para Laserna y Lleras Camargo no era una pregunta, porque la respuesta estaba de ante mano servida. Ya la había dado Caro: aplastar el comunismo o como este se entendiera. En ambas ocasiones históricas eran destruir la Universidad Nacional. Tanto en el fanático clerical Caro como en los oportunistas jerarcas Laserna/ Lleras Camargo & Co era un asunto de “afinidades electivas”[4]. O mejor, afinidades complementarias a las del piadoso emprendimiento del jesuita Félix Restrepo al fundar la Universidad Javeriana (1936) y el no menos fervoroso de la curia medellinense al erigir la UPB (1937) como centro doctrinal de la región más católica del país.
Con ASCUN (Asociación Colombiana de Universidades), fundada en 1957 tras la caída del general Rojas Pinilla se llegó también a una especie de mitis/ mitis “frente nacional universitario”, mitad universidades públicas/ mitad universidades privadas, que favoreció ampliamente a los negocios de las privadas. Para la época de Julio César Turbay Ayala (nuestro Pinochet con corbatín) prosperó, al lado del contrabando y el narcotráfico, el tráfico de contrabando institucional de las universidades privadas, en un boom sin parar hasta hoy. Hubo universidades, amparadas por el ICFES, que brotaron a la vida pública como hongos en cuestión de semanas primaverales. Para eso se tenía el ICETEX, una institución perversa que, en su primera época daba becas al exterior a los nenés de Los Andes, y luego fue un vampiro para los plebeyos. También estuvo el programa, no menos perverso, Ser Pilo Paga de Juan Manuel Santos[5], que forró a las universidades privadas de élite(sobre todo a sus posgrados), mientras abultaba el déficit de las públicas. Este fue el déficit billonario que luego tuvo que absorber muy parcialmente Iván Duque, y que no se ha logrado zanjar del todo.
El lamentable hundimiento de la Ley Estatutaria de Educación en el año 2024, impulsado con todas las tretas parlamentarias de Paloma Valencia (ella sabe para quién trabaja, pues su abuelo Mario Laserna fue el fundador y rector de Los Andes[6], aparte de la presión decidida por las instituciones de educación religiosa que hicieron rodar piadosamente mucho billete), y favorecido por la inacción de la Ministra de Educación, Aurora Vergara (seguía fungiendo de Viceministra del uniandino Alejandro Gaviria) fue uno de los más duros golpes a las políticas sociales y culturales presidenciales de Gustavo Petro.
Pues es más factible remodelar el sistema de salud (por razones rentables para la EPS privadas) que tocar el sacrosanto sistema educativo. Porque, porque, porque las elites tradicionales del poder en Colombia primero dejan de traquetear que soltar las riendas de las educación privada y clerical de su propiedad. Es el corazón de su dominación social, cultural, carismática, a saber. el poder de moldeamiento de las jerarquías sociales y los sistemas culturales de adaptación a ellos, desde la primera infancia en adelante hasta su adultez. No son las instituciones de educación privada solo negocios, son sacrosantos símbolos inviolables (como los Andes, o el Gimnasio Moderno, o qué sé yo más) la condición misma del mantenimiento de la legitimidad histórica de las elites (por eso se oponen a que se dicte historia, para que se desconozca su cínico pasado). Elites semi parasitarias que datan de la época colonial (como el de Valencia y la Canal), de las guerras civiles del siglo XIX (como los Ospina o Samper), del boom empresarial y la Violencia del lago siglo XX (como los Echavarría) y de la alianza entre las elites tradicionales/ elites emergentes del Dorado narcotráfico, cuyos nombres es mejor callar. Elites más que parasitarias (gangrena moral y política) que hoy tienen y pelean cada una autónomamente o en compañía limitada por controlar, ampliar y dominar su centro universitario de bolsillo.
Por eso es muy difícil, muy imposible incluso eludir el debate histórico comparativo de la universidad colombiana en perspectiva con la historia europea y norteamericana (ni menos con la latinoamericana que arranca en Andrés Bello y sigue en La Reforma de Córdoba, etc.); es imposible eludir las catástrofes del sistema universitarios colombiano (que es el no sistema), sin aludir a los nombres propios, y sus apellidos y sus señas y malabares que han llevado a nuestra UNAL al abismo, postrada a sus pies. Sé que nos puede dar severa gastroenteritis o sufrir un chok viral al PC, al nombrar a los Wassermanes o Mantillas o Montoyas, pero q’liace, como decía mi abuela paterna de San Roque (Antioquia).
¿Cómo omitir, es decir, pasar la esponja del olvido a las fabulosas ideas que vendió en su oportunidad Marco Palacios al presidente Uribe Vélez, sobre los posgrados como autosostenibles financieramente, a costa del carácter democrático, público y popular de los pregrados de la Universidad Nacional? La Universidad de segundo piso. Proyecto realmente antinacional, que genera jerarquías, discriminación, desviación de muchos recursos para pocos y nada para la mayoría. Así que no hay dos modelos de universidad, como insinúa el título del valioso ensayo de Alejandra Jaramillo Morales escrito para “El Espectador”; solo hay uno que se ha dejado de lado.
Resulta muy cuellón, para utilizar una figura muy coloquial (y por eso la subraya en rojo este decente PC) soslayar nombres también más actuales por la elemental razón de que las ideas proceden de los y las pensadorxs, los encarnan y las encarnas; las ideas son actos y estos tiene un efecto real, dañino en este caso: provienen pues de poderosos sujetos dañinos o entidades propias socialmente dañinas. Pólipos sociales adenomatosos. Entonces, ¿cómo pasar por alto, es decir, omitir como inexistentes los exitosos esfuerzos de la senadora Paloma Valencia del Centro Democrático para “tumbar” al rector Leopoldo Múnera, como ella lo ha dicho en los medios públicos? ¿No es Paloma Valencia quien conduce, instruye, controla a voluntad la cruceta que, desde el Congreso entre semana o en los fines de semana desde una de las decenas de haciendas heredadas de su “sabio” abuelito, mueve la dócil voluntad de Ismael Peña, le direcciona el estilógrafo con que firma los contratos en Rotorr, le insinúa la remoción de directivos y decide soberanamente con una coz sobre el no futuro de la constituyente, como herejía?
No mencionar nombres propios es tanto como omitir las miles y miles de “jugaditas” de las últimas cuatro décadas con nombres propios, apellidos propios, intereses y convicciones con cartas marcadas; es tan poco plausible como omitir como padrino de bodas lo que opinamos de la institución, corazón de la sociedad burguesa: “cásate o no te cases, siempre te arrepentirás”. Los nombres son parte de las ideas, las enaltecen o degradan; las hacen propias, como el nombre de un Manuel Ancízar como rector fundador (autor de una de las obras más significativas de nuestra tradición intelectual colombiana, Peregrinación de Alpha). Por esta misma razón no nos inhibe escribir públicamente lo que pensamos de Ismael Peña, quien una mañana amaneció de rector, como en la alegoría de Kafka, convertido en un “alimaña repudiable”.
[1] Profesor Universidad Nacional, Sede Medellín.
[2] Como queda en ciernes su Esbozo de un cuadro de los progresos del espíritu humano, al ser ejecutado en la cárcel por los jacobinos, que no le perdonaron su voto negativo en la Asamblea en la ejecución del rey. Condorcet fue además defensor de la participación activa en la política y de la ciudadanía a los esclavos negros.
[3] Solo nuestros exrectores no estuvieron presentes, por indeseables, el día en que se conmemoró su 40 aniversario.
[4] En Los elegidos (1953) de Alfonso López Michelsen se caricaturiza la caricatura de la Universidad del Cabrero, ergo, Los Andes. Hay también una caricatura, con una dosis más letal de sorna, de estas fundaciones depredadoras de educación superior (escuelas de malabares burocráticos y especulaciones del más diverso orden) en El hostigante verano de los dioses de Fanny Buitrago.
[5] Este llegó a decir jocosamente ante los medios con un cinismo sin casi precedentes, al salir de un Consejo de Ministros: “Me siento como en una clase de Los Andes”. Todos sus ministros y altos funcionarios eran, en efecto, egresados de ese mezquino campus, acuñado sobre los céntricos cerros bogotanos, que custodiaba la Policía Militar para proteger a sus estudiantes y profesores. Al contrario de las órdenes para los de la UNAL: “darles balín”.
[6] La expropiación a los muchísimos bienes no muy trasparentemente habidos de las universidades privadas de élite podría empezar con la devolución a la Nación de las obras de Vásquez y Ceballos que cuelgan en el despacho rectoral de esa Universidad.














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