“[…] Si reducimos nuestra fugacidad en este mundo a un cúmulo de datos, no habrá palabra capaz de ser fiel a un tránsito tan breve, pues los datos en la era digital están en constante desaparición.”
Recientemente tuve la posibilidad de viajar a algunas ciudades de Europa y, en términos generales, la experiencia fue más positiva de lo que había llegado a imaginar. Esto resulta significativo, pues algo que siempre ha marcado el derrotero de mis acciones ha sido una tendencia a pensamientos poco optimistas, quizá derivada de ciertas inseguridades que me acompañan o del influjo de la educación recibida en mis primeros años de vida. Más allá de ello, en este último viaje pude constatar una preocupación que ya venía gestándose y sucede en el aula con los estudiantes a mi cargo: la escasa relación que, como sociedad, hemos venido experimentando con la materialidad del mundo.
Para explicar esta afirmación me valdré de algunas ideas recogidas del libro que leí durante este periodo de receso: No-cosas: quiebras del mundo de hoy (2021), del popular filósofo surcoreano Byung-Chul Han (1959). Soy consciente de los amores y odios que este autor ha despertado, especialmente a raíz del Premio Princesa de Asturias en Humanidades (2025), otorgado por su aguda interpretación de la sociedad contemporánea. Sin embargo, considero que esta imagen ambivalente que ha tenido, sobre todo en círculos académicos, no debería eclipsar ciertos aspectos relevantes que, como sociedad, hemos olvidado. Aunque en algunos pasajes de su obra las licencias poéticas, sumadas a la dinámica constante entre crítica y propuesta de solución, parezcan difuminar el límite tradicional entre filosofía y autoayuda, ello no invalida los aciertos que presenta el libro, los cuales, además, me remitieron de manera clara a una tendencia que pude observar durante mi viaje.
No es un secreto para nadie que el desarrollo tecnológico ha modificado de forma irreversible nuestra relación con el entorno; tampoco que existen investigaciones, rigurosas y no tanto, que advierten sobre los efectos nocivos de lo tecnológico. No me centraré en ello, pues contamos de manera constante con evidencias prácticas y teóricas que así lo muestran, por ejemplo, la excesiva dependencia de los teléfonos móviles. Mi interés en este caso es cómo se relacionan ciertas ideas de Han con mi experiencia de viaje, sobre todo con la idea tomada de Heidegger que señala cómo, en otro tiempo, nuestra relación con el mundo se daba de manera directa a través de la materia, permitiéndonos acceder de manera plena al ser, razón que le da sentido a la idea de cuidado.
Sin embargo, hemos ido cortando progresivamente nuestro vínculo con la materialidad. Mientras hace algunas décadas los juegos infantiles se centraban en el contacto y en un despliegue sensorial que integraba lo visual, lo sonoro, lo gustativo y, sobre todo, lo táctil, hoy nos encontramos en un momento en el que, a edades cada vez más tempranas, los juegos han pasado de ser análogos a digitales. No resulta extraño ver cómo niños muy pequeños prefieren el teléfono móvil a una pelota. La sociedad hipertecnologizada se ha inclinado por lo digital y por la estimulación excesiva de lo visual, relegando otros sentidos que también constituyen nuestro puente hacia el mundo concreto. Esto tiene diversas consecuencias, desarrolladas en el libro, que me han llevado a reflexionar sobre las limitaciones sensibles que la tecnología ha impuesto para una conexión más profunda con la materialidad del mundo.
Cuando llegamos con mi familia a Roma, última parada de nuestro “eurotrip”, deseaba con intensidad que el tiempo se acelerara para poder visitar al día siguiente el Coliseo y el resto de la Roma histórica. No se trataba de un deseo pasajero, como la incomodidad del hambre que desaparece al saciarse, sino de algo profundamente ligado a mi pasado. Desde que tengo memoria me ha apasionado la historia del Viejo Mundo y, en particular, la historia antigua. Mesopotamia, Egipto, Grecia y Roma fueron durante mucho tiempo mis polos de interés.
Recuerdo sentarme en la habitación principal de mi casa y leer con frecuencia un libro titulado Compendio de Historia Universal, que, si no estoy mal, pertenecía a una editorial antioqueña hoy desaparecida: Editorial Bedout. Mitos, faraones, dinastías, dioses y emperadores desfilaron ante mis ojos curiosos. Aprendí los nombres de los dioses griegos y sus equivalentes romanos, y recuerdo con claridad una imagen ubicada en una página impar del libro: en ella aparecía un león entrando a la arena de algo llamado “el Coliseo”. Aunque más adelante confirmé que la escena, pintada en 1883 por el artista francés Jean-Léon Gérôme, no representaba el Coliseo sino el Circo Máximo, esa imagen, junto con la información que exaltaba el poder de Roma como imperio antiguo, despertó en mí un interés duradero por esta cultura. Descubrí, por aquella época infantil que Roma fue la potencia imperial durante la vida de Jesús, que su dominio se extendía hasta Mesopotamia por oriente y el sur de Inglaterra por occidente, y, por supuesto, conocí los innumerables relatos en torno a sus emperadores.
En suma, Roma fue para mi infancia, la encarnación del poder humano. Con el tiempo, esa imagen se fue desmontando, pero resulta difícil, por no decir imposible, que la adultez se desprenda por completo de la infancia; más bien, es el resultado de su tránsito. Así como el número dos es distinto del número uno, pero lo contiene en su estructura, lo que somos como adultos se edifica sobre múltiples factores en los que la niñez constituye una base fundamental. De este modo, estar en Italia representó para mí una oportunidad especial para reencontrarme con aquel niño apasionado por la historia, ahora con el valor añadido de poder relacionarse materialmente con los objetos históricos que antes solo existían en los libros. Era una suerte de hechizo de cuento de hadas: extraer de una página un ser representado y materializarlo en tres dimensiones.
Ese era mi sentir en el segundo día en Roma, pues sabía que, en cuestión de minutos y gracias a la tecnología (el metro de la ciudad), podría ver aquella obra arquitectónica que definió buena parte del imaginario cultural del antiguo pueblo romano antes de su cristianización.
La llegada fue un poco tediosa. Como turista, es necesario aprender a gestionar la sensación de estar fuera de la zona de confort si realmente se quiere disfrutar del viaje; quizá sea precisamente eso lo que vuelve más valioso el encuentro con lo nuevo. Superar la expectativa y la incomodidad del desconocimiento en favor de la certeza puede representar una descarga libidinal. Así, al salir del metro y guiados por Google Maps, tecnología que favorece la supervivencia espacial de quienes nacieron con la orientación extraviada, llegamos finalmente al Coliseo. La estación más cercana, que lleva su mismo nombre, presentaba el desorden esperable de una ciudad altamente turística como Roma. Sin embargo, preguntando se llega a Roma, y eso fue lo que ocurrió: entre indicaciones de agentes de seguridad y la ayuda digital, dimos con la salida y allí estaba el Coliseo ¿Imponente? Sí, aunque más pequeño de lo que el cine me había hecho imaginar. Aun así, si se lo sitúa en el contexto humano antiguo, y aun actual, sigue siendo gigantesco.
Faltaban pocos minutos para las tres de la tarde y teníamos prisa, pues el paquete turístico que habíamos comprado incluía la entrada al Foro Romano, el cual cierra a esa hora. Por ello, el tiempo de contemplación de esta maravilla del mundo moderno fue breve. Como ciudad turística, Roma impone filas para casi todo. El flujo de personas era considerable; muchos, como mi familia y yo, se tomaban fotografías. Sin embargo, en mí surgió una inquietud: no vi en los demás aquello que yo estaba experimentando. No sé si se trataba de visitantes frecuentes, para quienes la novedad se había extinguido, o si simplemente lo importante era la foto y no el objeto en sí, es decir, el Coliseo. Lo cierto es que, tanto antes de ingresar al Foro como más tarde, cuando regresé al lugar en la noche, no vi a nadie detenerse a contemplar realmente la belleza arquitectónica que tenían en frente de sí.
Tenía el deseo de tocar el concreto, de sentir el desgaste y aquello que el tiempo había ido creando entre cada porosidad y cada grieta, y aunque era comprensible que existiera una cerca que impidiera a los visitantes palpar casi dos mil años de acontecimientos sedimentados en el aún sorprendente hormigón romano, el fulgor de mi deseo táctil encajaba con la lectura de la idea de Han sobre nuestra relación con la materia, permitiéndome comprender que, aun estando permeado por la tecnología digital, lo fáctico sigue siendo relevante en mi vida. Horas más tarde pude rodear el Coliseo y, para mi sorpresa, ninguna otra persona parecía estar haciendo lo mismo. Me resulta difícil comprender cómo, para muchos, estar junto a una de las obras fundamentales de la cultura occidental se vuelve secundario frente al acto de tomarse una fotografía destinada a generar “likes” y acumular millas de vuelo.
En nuestro tiempo, nos dice Han, el dato ha adquirido mayor relevancia que la materia. El dato es maleable; no hiere como lo haría una roca mal cortada del Coliseo. Sin embargo, también en las eventuales heridas que produce la materialidad reside su sentido y su ser. ¿Tiene sentido afirmar que se conoce el Coliseo si solo se lo utiliza como fondo para proyectar ante los seguidores una identidad de éxito y felicidad, válida ahora únicamente en redes sociales? Esta pregunta, con ligeras variaciones, aparece en una película que me impactó profundamente por su relato íntimo y, en apariencia, pausado, al punto de ser considerada aburrida por algunos espectadores acostumbrados al cine de acción y reacción. Para mí, en cambio, la película posee la potencia de mostrar, desde la sutileza y la elegancia, la importancia del conocimiento y el sentido que nace de la experiencia vivida. Se trata de Hiroshima, mon amour (1959). En ella, parte del diálogo entre los personajes gira en torno a lo que significa conocer Hiroshima antes y después de la bomba atómica: no es lo mismo haber estado a la distancia, en el bando vencedor, que haber habitado la ciudad durante la caída de “Little Boy” y pertenecer al bando que se rindió.
La libertad para significar el mundo se ve anulada cuando el conocimiento se limita a la mediación digital. Las fotografías digitales engañan bajo capas de filtro y belleza: no es lo mismo observar una imagen del Coliseo en una guía turística que enfrentarlo rodeado del caos contemporáneo. Gracias a ello, y a todo lo que me reportaron los sentidos, hoy poseo una visión más completa y, sobre todo, personal del mundo que rodeó y rodea al Coliseo, así como del ambiente que antes solo podía construir a partir de las ensoñaciones que me ofrecían las páginas de los libros de historia.
Muchas personas, en nuestro tiempo, valoran la acumulación de experiencias únicamente para transformarlas en datos que alimenten su imagen social, y no con el propósito de otorgar raíces más profundas y sólidas a su existencia. El Coliseo, salvo que ocurra algo extraordinario, seguirá erguido como testigo de los cambios del tiempo; nosotros, en cambio, somos efímeros. Si reducimos nuestra fugacidad en este mundo a un cúmulo de datos, no habrá palabra capaz de ser fiel a un tránsito tan breve, pues los datos en la era digital están en constante desaparición. La incomodidad frente al reposo es un rasgo distintivo de nuestra época, pero una existencia auténtica implica un vaivén entre el cambio y la quietud; por eso, la autenticidad trasciende el presente y se vuelve atemporal.












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