Resonancias del Banquete de Platón: una invitación a desarmar el ego académico

Hace un tiempo, después de leer El Banquete (1982) de Platón, consideré que la obra ofrece mucho más que una reflexión sobre el amor. Si bien despliega diversas dimensiones de Eros, también sugiere —al menos desde mi lectura— una comprensión profunda de cómo se produce el conocimiento cuando las personas se reúnen a conversar, debatir y disentir sin temer al conflicto. El banquete no aparece solo como un escenario literario en el que varios personajes pronuncian discursos sobre el amor; se configura, más bien, como un dispositivo dialógico donde la pluralidad de voces, la divergencia argumentativa y la escucha activa permiten construir sentidos comunes. En esa medida, este diálogo puede ser leído como un antecedente remoto de lo que hoy llamaríamos una comunidad académica o de aprendizaje: un espacio en el que las ideas, más que los egos, ocupan el centro, y donde el encuentro intelectual se vuelve una práctica de construcción colectiva antes que una competencia por la razón o la superioridad.

La escena del banquete, tal como la presenta Platón, se desarrolla en un ambiente de camaradería intelectual: cada comensal ofrece un discurso distinto, desde la visión mitopoética de Aristófanes hasta la densidad conceptual del relato de Diotima en la voz de Sócrates. Lo relevante no es determinar qué discurso resulta más verdadero, sino advertir cómo cada intervención abre nuevas posibilidades para comprender el amor. Nadie impone una verdad, nadie clausura el diálogo; al contrario, la divergencia de perspectivas enriquece la conversación. El diálogo avanza porque existen diferencias, no a pesar de ellas. Este hecho, que podría parecer anecdótico, encierra una enseñanza fundamental sobre cómo debería operar el pensamiento académico y, por extensión, el quehacer docente.

Así, las escenas del banquete evidencian que los acuerdos significativos no nacen de la homogeneidad ni de la ausencia de conflicto, sino de la capacidad de poner las ideas en circulación, permitir que se tensionen y reconocer en esa tensión un proceso creativo. Leído desde esta perspectiva, el diálogo de Platón no es únicamente una meditación sobre Eros, sino también una guía para comprender que, en los procesos educativos, el intercambio dialógico constituye la base de la construcción colectiva del saber. De este modo, el banquete puede interpretarse como una alegoría del aula o de los encuentros entre docentes, donde la divergencia no debe temerse, sino asumirse como condición constitutiva del quehacer pedagógico y como práctica indispensable para gestar horizontes compartidos en la vida académica.

En esta misma línea, los espacios educativos contemporáneos suelen proclamar que la divergencia es parte constitutiva de la vida intelectual. Sin embargo, con frecuencia estas diferencias se interpretan como confrontaciones personales que deterioran las relaciones entre colegas y empobrecen el sentido mismo del debate. El Banquete nos recuerda algo distinto: discrepar es lo que hace posible el diálogo, siempre que la diferencia se entienda no como un ataque, sino como una exploración compartida. El debate auténtico no busca derrotar al interlocutor, sino poner a prueba los argumentos en un entorno donde la palabra se ejerce como acto de cuidado intelectual. Desde esta perspectiva, la escena del banquete se convierte en una metáfora de nuestras prácticas docentes: una mesa en la que nos reunimos no para aferrarnos vanidosamente a nuestras posturas, sino para ofrecerlas al intercambio con honestidad y apertura.

La tradición pedagógica ha insistido en la importancia del diálogo como eje del aprendizaje, pero pocas veces se reconoce que dialogar implica estar dispuesto a transformar y ser transformado. En El Banquete, los interlocutores no hablan solo para expresar lo que ya saben: hablan para exponerse a los demás, para permitir que sus ideas sean interrogadas, ampliadas o incluso desplazadas. Esta actitud contrasta con ciertos climas universitarios en los que el recelo, la competencia y la presión institucional dificultan la posibilidad de disentir sin miedo.

Si llevamos esta perspectiva al campo del quehacer docente, se vuelve urgente preguntarnos cómo recuperar espacios donde la conversación y discrepancia entre profesores esté guiada por la búsqueda colectiva de sentido y no por dinámicas defensivas o competitivas. La universidad contemporánea vive tensionada por múltiples fuerzas: sistemas de medición que reducen el trabajo académico a números, cargas administrativas que absorben tiempo y energía, y formas de interacción que muchas veces privilegian la eficiencia sobre la reflexión. En medio de este escenario, el encuentro desprevenido, la conversación abierta y la divergencia parecen perder lugar. Sin embargo, el modelo que presenta El Banquete nos invita a pensar que el diálogo, cuando es honesto y plural, puede convertirse en una herramienta poderosa para resistir esas tendencias y renovar la vida académica.

El ambiente del banquete platónico nos muestra un tipo de interacción donde la palabra circula sin miedo, donde los participantes se permiten debatir con rigor, pero también con humor y humanidad. No hay en la obra un afán por humillar o desautorizar al interlocutor. La ironía socrática, aunque punzante, no pretende destruir; más bien, apunta a abrir grietas en las certezas y a estimular la reflexión. Esta forma de conversar resulta profundamente pedagógica y dialoga directamente con las inquietudes que atraviesan nuestros propios espacios de formación. En ese sentido, puede ayudarnos a repensar las reuniones de profesores, los comités académicos, los seminarios institucionales y los espacios de discusión curricular como oportunidades para construir sentidos comunes, no como escenarios donde se dirimen rivalidades o se consolidan jerarquías.

En muchos casos, el problema no es que exista debate, sino que este se confunde con la destrucción de las posturas, ideas o proyectos de los colegas. Esa confusión deteriora la confianza institucional y limita la posibilidad de crear comunidades cohesionadas. Frente a ello, El Banquete ofrece una lección valiosa: las diferencias pueden convertirse en un acto de cuidado cuando se orientan a comprender, tensionar y enriquecer las ideas, no a deslegitimarlas. Lejos de ser un obstáculo, el disenso funciona como un recurso pedagógico que permite articular diversas perspectivas y vislumbrar horizontes más amplios. Esta lectura se enlaza con la necesidad, ya planteada, de cultivar prácticas dialógicas donde disentir no sea motivo de sospecha, sino parte de la construcción colectiva del saber.

Es en este punto donde el modelo del banquete adquiere un sentido aún más profundo: invita a imaginar formas de relación intelectual capaces de contrarrestar los egos académicos mediante la creación de espacios de encuentro. No se trata, por tanto, de descontextualizar El Banquete, sino de leerlo con una sensibilidad pedagógica que permita trascender su marco filosófico sin desvirtuarlo. Desde esa mirada, el diálogo platónico revela una ética conversacional en la que el desacuerdo no amenaza los vínculos, sino que los fortalece; una práctica donde pensar juntos se vuelve un gesto de cuidado mutuo antes que un ejercicio de competencia, susceptibilidad o afirmación del ego académico.

En síntesis, recuperar el modelo del banquete platónico nos permite imaginar una práctica docente más dialógica, crítica y ética. Frente a la tendencia a confundir el debate con la destrucción y la divergencia con una amenaza, este diálogo antiguo nos recuerda que la conversación cuidadosa es, a la vez, una forma de resistencia y una oportunidad de renovar nuestras prácticas pedagógicas. El Banquete nos invita a regresar a la esencia misma de la vida intelectual: el encuentro entre personas que piensan juntas, que se reconocen en sus diferencias y que, mediante el diálogo, producen perspectivas que no emergerían desde el pensamiento individual.

Referencia bibliográfica

Platón. (1982). El banquete o del amor. Fedón o del alma (L. Gil, Trad.). Planeta.

Jorge Alberto López-Guzmán

Politólogo, Antropólogo, Filósofo, Especialista en Gobierno y Políticas Públicas, Magíster en Gobierno y Políticas Públicas y Doctor en Antropología.

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