Opinión

¿Quiénes son los alternativos?

El “extremo centro” de la política colombiana, proclamador de la decencia y la educación como elemento de transformación social, es quien hoy en día contribuye a la perpetuación del statu quo y la comodidad de la clase política tradicional.

Ya lo habíamos visto con Fajardo pidiéndole a los estudiantes de las universidades públicas que regresaran a clase luego de que el Gobierno Nacional insistiera en acabar con el paro y las manifestaciones, pero ahora podemos verlo en las actitudes de políticos que se hacen llamar alternativos tales como Antanas Mockus.

En medio de la situación convulsa que atraviesa el país de cuenta del escándalo del fiscal NHM y los sobornos de Odebrecht, este personaje ha resaltado por su cuestionable silencio y por realizar en el Congreso uno de sus frecuentes actos “pedagógicos” en compañía del expresidente Álvaro Uribe, con el propósito, según explicó, de “fortalecer la confianza a pesar de las diferencias ideológicas”.

Sin embargo, en cuanto al polémico video de Petro recibiendo fajos de billetes, el señor Mockus no tardó en pronunciarse ante la prensa aludiendo a la necesidad de una sanción social hacia el excandidato presidencial, y calificando los hechos del video como “faltos de estética”.

No sabría uno entonces dilucidar los criterios estéticos del senador que tan solo unos meses atrás pidió silencio en plenaria bajándose los pantalones, pero tampoco podría uno comprender por qué, siendo un político “alternativo”, le otorga confianza y legitimidad democrática a un hombre investigado por nexos con paramilitares y envuelto en múltiples escándalos como las chuzadas del DAS, la compra de testigos, los falsos positivos, los sobornos para su reelección presidencial (yidispolítica), entre muchos otros; mientras que le niega todo apoyo o incluso presunción de inocencia a una de las figuras de izquierda más importantes en el país con quien comparte mayores consensos.

¿A quién le hace oposición realmente? Al parecer, para el líder de la bancada verde en el Congreso, sus opositores políticos más acérrimos pueden eximirse de cuestionamientos (aunque todo apunte a que los merecen) mientras que sus aliados en temas como el proceso de paz y el cuidado del medio ambiente deben recibirlos todos.

Con esto no quiero decir que Gustavo Petro no merezca el control político respectivo por lo ocurrido, ni tampoco que su carrera política esté libre de errores; no obstante, lo curioso del asunto es la moral selectiva de Mockus, y otros personajes importantes en su partido, para condenar a unos y celebrar a otros de manera tan poco razonable; más aun teniendo en cuenta que esto significa contribuir a la estrategia que han utilizado los medios de comunicación para dar preponderancia al video de Petro y desviar la atención de la conducta del fiscal con el caso Odebrecht.

Lo anterior, sumado al frecuente discurso alternativo de “no polarizar”, resulta sumamente dañino para el país, pues niega el hecho de que históricamente una élite política se ha mantenido en el poder gracias al clientelismo, el nepotismo y la corrupción, y que asimismo, dicha élite ha llevado a cabo políticas económicas que han fomentado la desigualdad apostándole inescrupulosamente al libre mercado y la precarización laboral, y frenando cuestiones como la reforma agraria y la participación política de sectores e ideologías marginadas.

Si polarizar implica denunciar con vehemencia estos asuntos, debemos hacerlo. La política que se nos ha vendido como renovadora y alternativa que actualmente los encubre tiene que darse cuenta de que ya no le creemos.