
La reciente muerte de Érika Morales, una joven que pasó casi cuatro años en estado de cuadriplejia tras una brutal agresión, ha reabierto un debate que nos incomoda, pero que debemos enfrentar: el derecho a una muerte digna. La desgarradora carta de Érika, clamando por su derecho a descansar, nos obliga a preguntarnos: ¿quién tiene la potestad sobre nuestra vida?
Los defensores de la vida a ultranza, atrincherados en dogmas religiosos, insisten en que solo Dios puede decidir sobre nuestro destino. Pero ¿acaso no somos nosotros los administradores de nuestra propia existencia? ¿No deberíamos tener la libertad de elegir cuándo y cómo ponerle fin a un sufrimiento insoportable?
La negativa de la Cámara de Representantes a regular la eutanasia en Colombia es un acto de crueldad disfrazado de moralidad. Al dejar a los pacientes en un limbo legal, los condenan a una agonía innecesaria, a una vida artificial sostenida por máquinas y tubos. ¿Es esto lo que entendemos por «proteger la vida»?
Los argumentos de los opositores, que temen una «pendiente resbaladiza» hacia el suicidio asistido en casos de depresión, son un insulto a la inteligencia. ¿Acaso no podemos establecer criterios claros y rigurosos para garantizar que la eutanasia se aplique solo en casos de sufrimiento extremo e irreversible?
La falta de acceso a cuidados paliativos adecuados es otro factor que alimenta el debate. Si el sistema de salud colombiano fuera capaz de aliviar el dolor y ofrecer un acompañamiento digno a los pacientes terminales, quizás la eutanasia no sería vista como la única salida. Pero la realidad es que muchos colombianos sufren innecesariamente por la negligencia de un sistema que los abandona en el momento más vulnerable.
La vida es un derecho, sí, pero también es una responsabilidad. Y como individuos racionales y autónomos, debemos tener la libertad de decidir sobre nuestro propio destino, incluso cuando ese destino es la muerte. No se trata de promover el suicidio, sino de garantizar que aquellos que sufren un dolor insoportable tengan la opción de una muerte digna y pacífica.
La pregunta sigue abierta: ¿es digno vivir cuando la vida se ha convertido en una tortura? ¿Es humano obligar a alguien a soportar un sufrimiento que no tiene fin? La historia de Érika Morales nos exige una respuesta, una respuesta que no podemos seguir postergando.
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