Proyecto de vida para los estudiantes universitarios

PROYECTOS DE VIDA PARA ESTUDIANTES UNIVERSITARIOS

A propósito de una columna del profesor Julián De Zubiría

“La perfección será alcanzada a través de las relaciones entre los hombres y la comunidad”.

“La moralidad consiste en esta correlación entre Dios y el ser humano. Pero, sin embargo, esa correlación no puede consumarse si antes no se consuma la correlación entre un hombre y el otro hombre”.

Emmanuel Taub

El 31 de julio de 2018, el reconocido profesor Julián De Zubiría Samper, publica en la revista Semana, una columna que lleva por título: Proyecto de vida: asignatura pendiente en las universidades colombianas. Como puede inferirse, la columna contiene la iniciativa de crear una cátedra en la cual los estudiantes universitarios, tengan la oportunidad elaborar sus proyectos de vida. Por lo que he podido percibir, la iniciativa ha sido bien recibida en general y, más que objeciones (que no he encontrado ninguna), las respuestas son halagadoras y favorables, confirmando que la iniciativa es la respuesta a una necesidad largamente identificada de la que no se hace eco suficiente.

No quiero señalar de manera pormenorizada los distintos puntos que contiene la columna. No obstante, para poder plantear mis observaciones, debo señalar, al menos de manera sumaria, los que me llaman la atención. En primer lugar, el profesor De Zubiría afirma que, históricamente, en Colombia la educación tiene un “marcado sesgo académico”. A esto atribuye que los contenidos enseñados son “abrumadoramente cognitivos”. Sumado a lo anterior, las universidades resultan orientadas de manera peor. Sus criterios, por ejemplo, solo reconocen la dimensión académica para la admisión, evaluación y promoción de los estudiantes. A su juicio, admitámoslo parcialmente correcto, las universidades descuidan las dimensiones emocionales y éticas de los estudiantes. Yo añadiría la dimensión histórica, esto es, política y social. Aunque en distintos registros, como misiones, visiones, fundamentos pedagógicos, lineamientos y mallas curriculares, planes de curso, documentos maestros, entre otros, se declare que el hombre es un ser complejo que no puede reducirse a una única dimensión, en la práctica, las universidades optan por resolver con criterio administrativo, qué estudiante se admite, cómo se lo evalúa y por qué se lo promociona. Es decir, el profesor plantea que las universidades descuidan las dimensiones emocionales y éticas de los estudiantes bajo el imperio de lo académico, pero, en la práctica, lo cierto es que sí, en efecto, a los estudiantes se les descuida, pero no solo por el imperio de lo académico, sino por uno más temible: el administrativo.

El segundo lugar, con estadísticas traídas de Estados Unidos, el profesor De Zubiría sostiene que el 42% de los estudiantes universitarios han pensado en el suicidio; cosa que, por lo demás, los profesores “ignoran” y, por lo tanto, dejan por fuera de su intervención pedagógica. Con prudencia, el profesor introduce la responsabilidad que llama a la consciencia de los profesores por la esfera emocional y ética de los estudiantes. Los profesores “ignoran” y, no obstante, moralmente no hay justificación para esta ignorancia. Como nos enseña Judith Butler, somos responsables no solo de lo que causamos sino de todo aquello que nos interpela. Los profesores universitarios somos tan responsables de los estudiantes que piensan en el suicidio, como lo son las universidades y las demás instituciones del Estado. En un sentido amplio, la cultura está interpelada por la necesidad de crear condiciones de habitabilidad para la vida (no solo humana).

En tercer lugar, a propósito de las causas de la deserción universitaria (aspecto que preocupa con especial atención a las universidades), el profesor De Zubiría recuerda una investigación realizada años atrás en la Universidad Nacional de Colombia, en la que se conoció que los estudiantes con vínculos afectivos y sociales amplios, tienen mayores posibilidades de adherencia a la vida universitaria, puesto que estos vínculos actúan como mecanismos de protección y de afrontamiento frente a las crisis vitales. Para el profesor De Zubiría, los grupos sociales de los que participan los estudiantes estarían asumiendo lo que corresponde a las universidades, caracterizadas por “una actitud indiferente e indolente hacia el desarrollo socio-afectivo de sus estudiantes”.

En términos generales, la columna del profesor está motivada por el interés de: “proponer en las universidades que he acompañado pedagógicamente en esta época, la creación de la asignatura de Proyecto de vida para ser trabajada en el primer semestre. Se trataría de un espacio que ayudaría al joven a conocerse y comprenderse a sí mismo y a los otros. Una asignatura que abordaría tanto la autobiografía como el proyecto de vida futuro del estudiante, en la que se analizarían los motivos que explican por qué ingresó a esta universidad y carrera; por qué está enamorad@ de quién lo está y por qué actúa de cierta manera”.

Seguramente, y debido al peso académico del profesor De Zubiría (no solo en Colombia), la asignatura se generalizará para las universidades. Seguramente, el Ministerio de Educación Nacional (MEN), pondrá en cintura a las universidades para que se ocupen de los proyectos de vida de los estudiantes (por lo demás, abstractos para el mismo Ministerio). A su vez, las universidades harán la transferencia hacia los profesores de esta puesta en cintura, para que estos acompañen la cátedra propuesta. Seguramente, la iniciativa se generalizará de la misma manera que se generalizan este tipo de iniciativas: primero el acto administrativo de Estado (Ministerio-universidades), luego amonestar a los profesores para que sean conscientes y responsables de lo que les corresponde (y de lo que casi nunca se ocupan) y, paso siguiente, un nuevo procedimiento, con una carga más, recaerá sobre (contra) ellos.

De un modo insidioso, se consigue mostrar que no es la cultura, no es el Estado y no son las universidades, las responsables de las esferas emocionales y éticas de los estudiantes, sino los profesores. Insisto, con delicadeza, el profesor De Zubiría insinuó, a propósito del suicidio, que los profesores se hacen ajenos al imperativo más importante, por lo menos formalmente, como lo es el de la preservación de la vida.  Aquí cabe apuntar, si importa preguntarse por: qué proyectos de vida pueden elaborar para sí mismos los profesores universitarios, toda vez que dichos proyectos tampoco hacen parte de las preocupaciones de las universidades. Basta mencionar el régimen de ansiedad, como forma de vida, que supone las dieciséis horas de clase directa (con grupos cada vez más cercanos numéricamente a los de la educación básica primaria y secundaria), las investigaciones cofinanciadas (siendo el profesor el que debe garantizar la cofinanciación), las publicaciones en revistas indexadas (SCOPUS para que cuente como verdadero conocimiento), la participación (sin presupuesto) en redes del “conocimiento”, las actividades de extensión académica y la presencia actualizada en Google Académico, CvLac, Orcid, Academia y demás dispositivos de vigilancia. Dejemos para otro momento el sistema de contratación, permitido por el Ministerio Nacional de Educación, de hasta cuatro meses para los llamados profesores ocasionales. De los profesores de cátedra, que son la mayoría en este país, no me autorizo a decir mucho más: con ellos hay una deuda histórica solamente comparable con la que se tiene con las mujeres empleadas del servicio doméstico.

Sin ánimos de polemizar, pero tampoco con la actitud aquiescente del que todo lo soporta, vale la pena puntualizar, así sea de manera breve, algunas observaciones. Desde la Segunda Guerra Mundial, como bien lo ha demostrado el filósofo español Manuel Reyes Mate, se ha hecho creciente una crisis civilizatoria a gran escala. Tres manifestaciones de esa crisis son: el olvido del por qué y del para qué educar, la burocratización de la vida humana (lo que incluye nacer, educarse, casarse y morirse) y la conformidad con el estado de cosas dadas, recurriendo a una que otra reforma (de ser necesario).

El olvido radica en que no se educa para reconocer lo humano en su radical diferencia antropológica, sino para responder por la calidad, las competencias y la innovación. La burocratización de la vida se constata en que esta no es más que un mero dato estadístico que se gestiona, administra y controla mediante procedimientos de invasión del cuerpo (nótese el acceso al sistema de salud, el sistema carcelario, los polimorfos códigos de policía e, incluso, la maligna propuesta de ley para regular la protesta social). La conformidad con el estado de cosas dadas tiene como corolario una actividad política que, incluso, cuando rechaza las formas como somos gobernados, solicita no en la intervención radical del gobierno del hombre por el hombre dentro de las estructuras de dominación vigentes, sino en pequeñas reformas que hagan tolerable la dominación.

Expuesto lo anterior, la iniciativa del profesor Julián De Zubiría resulta ingenua, cuando no cómplice de las estructuras de dominación, en la medida en que elude la pregunta por si es posible elaborar proyectos de vida en un país donde lo que abunda es la incertidumbre exacerbada por las desigualdades y la injusticia. Elude la pregunta por las reales condiciones materiales y simbólicas para que todo ser humano en Colombia, universitario o no, pueda darse para sí la posibilidad de elaborar y dar forma a una vida lograda o una vida buena (como informa la filosofía práctica). Al final, lo importante no son los proyectos de vida (aunque sean de marca Stanford, Harvard y Yale), puesto que, en cualquier caso, lo más probable es que jamás se realicen. Lo importante es que a todo ser humano, en reconocimiento de su humanidad, debe propiciársele las condiciones para que pueda crear una vida lograda y buena. No me resta más que afirmar, aunque lluevan condenas de azufre, que toda reflexión que no incluya la pregunta por las condiciones materiales y simbólicas que constituyen el objeto de su reflexionar, solo evidencia un pensar abstracto que pontifica desde el tribunal de los privilegios.

Alexánder Hincapié García

Doctor en Educación de la Universidad de Antioquia, Magíster en Psicología, con estudios de pregrado en psicología y filosofía. Realizó su estancia doctoral en la Universidad Nacional Autónoma de México. Su tesis doctoral obtuvo la máxima calificación, Summa Cum Laude. Reconocido como Investigador Asociado por COLCIENCIAS. Ha sido profesor de pregrado y postgrado en distintas universidades. Se define más que profesor como un investigador social sin credos epistemológicos.