¿Por qué no le damos cien días?

     

Cuentan que en Inglaterra, cuna de la democracia liberal, cuando un primer ministro se posesiona, la bancada que esta en contraposición espera -por mandato legal- cien días para declararse en oposición y poder ejercer los derechos que como tal tienen. Esa espera le permite al mandatario entrante poder concentrar sus esfuerzos para poder delinear, con certeza, lo que ha de ser su mandato; cien días son suficientes para poder analizar, por parte de su contraparte, su abanico de propuestas y considerar si es necesario el ejercicio opositor o por el contrario se hace indispensable la coadyuvancia para impulsar al país. Es claro que importan las ideas y no el individuo ya que se sabe que, en ultimas, son las ideas las que bien desarrolladas procurarán el bienestar a la población. Eso sí es democracia.

En nuestra patria ocurre todo lo contrario. Somos busca problemas por esencia (y hasta por naturaleza), el ejercicio de la oposición se ha vuelto un ejercicio personal y no político. No hay una espera razonada sino que al conocerse los resultados de los comicios sale a la luz ese afán opuesto para lidiar, no contra las ideas, sino contra el ganador y sus respaldantes. Esto no es democracia, es canallada.

Esta oposición virulenta en Colombia no es de reciente data; en los tiempos de Laureano Gómez, era común oírlo en los debates haciendo una oposición violenta contra los gobiernos liberales y más común era el poder leerlo en el diario El Siglo, cuando en sus editoriales se lanzaba a despotricar de todo aquello que no le fuese correcto a sus ideas, por algo fue llamado el senador tormenta (sus arremetidas llegaron a tal punto que atacó a su discípulo en el poder: Mariano Ospina Pérez, por no gobernar como él deseaba). Su oposición condujo al país por sendas de radicalización política que encontraron su cúspide en su mandato cuando en los campos se vivió la época de la mal llamada “violencia” donde hordas completas de Pájaros y Chulavitas hicieron legión acribillando y desplazando a los campesinos a las ciudades.

Recientemente, y durante el gobierno del saliente presidente, la oposición fue violenta en las voces y en los actos. Fue una oposición ambidiestra que, sin medir consecuencias, critico todo lo que era posible llevando a los polos a un país que, y hace rato, venía pidiendo pista para aterrizar en ellos. Fue tanta la violencia, de esta oposición ambidiestra, que arribó a todos los estratos sociales con potente saña, acabo el dialogo de clases y atizo batallas ideológicas que ya se creían superadas, como por ejemplo: el macartismo. Y aquello empezó, apenas, cuando el gobierno saliente llevaba ocho (8) días en el poder. Al menos, para ese momento, dejaron posesionar al mandatario.

Hoy por hoy, sin ni si quiera a ver prestado juramento, el nuevo gobierno ya cuenta con un memorial de agravios más extenso que el elaborado por el sabio Caldas; cuenta con una oposición disoluta, que subrogándose una votación, se hace llamar adalid general y desde ya a prometido dividir al país aún más; es decir, dividir más y más los polos. Y con el estreno del estatuto de la oposición podríamos decir que la nación será separada por zanjas insondables.

Que mal han hecho las oposiciones nacionales al no dar un tiempo necesario para que el gobernante de turno pueda expresar su plan de gobierno; que mal hacen los opositores en radicalizar el debate apelando a la necesariedad de establecer un hito de partido sin ni si quiera saber si el nuevo mandatario responderá a la confianza ciudadana en el depositada… Y todo porque el nuevo ungido fue guiado por un viejo conocido, ¿Dónde queda el beneficio de la duda?

No ha terminado el viejo mandato y aún continúan sonando los filos de las espadas sacando chispas y sangre, acusándole de traición y otras cuantas cosas más; y no ha empezado el nuevo y ya afilan las dagas, la contraparte, para irse en contra del novel mandatario sin que sus hechos hablen por él.

No ha habido momento en la historia patria en que los contendores antagónicos se tomen un tiempo para pensar en las ideas del otro y concluir que una oposición no se hace contra la persona o contra su ideario; una oposición se hace cuando después de reflexionar se concluye que  es inevitable el debacle o la unión.

Que bueno sería esperar cien días para ver que pasa… Y después hablen. Por ahora lo que está haciendo esta oposición es hacer la pataleta del mal perdedor.

 

NOTA: En una de mis columnas, publicada hace varios días, había anunciado mi decisión de sufragar en blanco. Creo que no fue un desacierto o falta de compromiso con el país haber votado como voté porque ante el panorama que se cierne no habrá una oposición contra las ideas sino contra las personas y ese solo hecho llevará más a los extremos a una nación, que como Ricaute en San Mateo, está en átomos volando.

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Andrés Felipe Pareja Vélez

Editor de la sección de cultura de Al Poniente, escritor por gusto, defiendo al hombre, la ciencia y la razón, ergo no puedo ser ni de izquierda ni de derecha.