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No sorprende. El presidente Petro, empeñado en darle continuidad a su Gobierno, está echando mano de una estrategia tan peligrosa como antidemocrática: erosionar la credibilidad y legitimidad de la organización electoral. Tampoco es un libreto nuevo. En las elecciones del 2022, previo a la segunda vuelta, el Petro candidato también sembró dudas que se disiparon en el preciso instante en que se impuso por un estrecho margen a Rodolfo Hernández. En el camino, el Pacto Histórico amplió la votación de su lista al Senado –frente a una omisión en el escrutinio inicial que, en principio, se calificó como fraudulenta– y se activó una costosa megaoperación de testigos electorales que curiosamente no se reportó en los gastos de la campaña y que ahora tiene a Ricardo Roa, a la usanza gerente, contra las cuerdas.
Todo esto para concluir que Petro ya tiene cancha en ambientar una matriz mediática que desestima la transparencia y credibilidad en el proceso electoral poniendo en tela de juicio a las instituciones responsables de su organización, en cabeza, según mandata la Constitución y la ley, de una Registraduría Nacional del Estado Civil liderada por un registrador que es elegido por los presidentes de las altas cortes – luego de la reforma política del 2003– previo concurso de méritos. Pero Petro duda de tal independencia.
Y eso es algo bastante particular, porque desde que suscribió un acuerdo de paz que puso fin al M-19 como insurgencia y se aventuró en la arena electoral, Petro ha sumado más victorias que derrotas. Desde 2006 su plataforma electoral no ha parado de crecer –elección tras elección– y su única derrota por amplio margen fue en las presidenciales de 2018. Tal vez, el hecho de haber sido integrante de una guerrilla que nació a raíz de un fraude electoral condicionó su perspectiva del proceso electoral. Pero eso no es una justificación razonable, ya no estamos en la Colombia de 1970, y si en ese año se consumó un fraude a favor de Misael Pastrana (el candidato del Frente Nacional), fue a instancia del presidente Carlos Lleras. Por eso nunca es bueno que los presidentes metan mano al proceso electoral.
Volviendo al punto, resulta muy, muy preocupante que Petro siembre dudas y le meta mano al proceso electoral, ya es evidente que no ve ningún problema en fungir como jefe de debate de la izquierda y que prácticamente desde su segundo día en la Casa de Nariño empezó a atizar la necesidad de elegir otro Gobierno progresista, se supone que los mandatarios –desde el alcalde al presidente– no se deben inmiscuir en el proceso electoral, y si lo hacen, pues la Procuraduría General debe entrar a investigar y sancionar conforme lo fija la ley, pero eso no pasará con Petro, quien está usando sus últimos meses en el cargo para allanarle el camino a una continuidad y tampoco ve lio en dar instrucciones o desautorizar al registrador Hernán Penagos. Vaya si Duque hubiera hecho algo medianamente parecido.
Que un presidente con todo su poder y control mediático deslegitimé al árbitro a pocas semanas de jugarse el partido me resulta harto problemático, no preciso el sentido de la intención; sí es que Petro está pensando –ante la posibilidad de la derrota– en desconocer los resultados; o, si acaso, tiene información que el resto de los colombianos no tenemos. ¿Qué sabe el presidente?
Yo solo sé con certeza que la organización electoral que declaró su victoria en 2022 (con un registrador más cuestionado que el actual) sigue siendo la misma y que las dificultades que ha tenido el Pacto Historico y sus candidatos ha sido por obra y gracia del Consejo Nacional Electoral -CNE-, una instancia politizada que no ofrece la más mínima garantía de transparencia, pero cuyo rol en la gestión y organización del proceso electoral es realmente secundario. Así que no hay que sumar peras con manzanas: una cosa es la Registraduría y otra cosa es el CNE. ¿Por qué darle instrucciones o desautorizar al registrador?
Dicho libreto también ha tenido sus capítulos en la región con especímenes clásicos en la historia del autoritarismo, desde Trump a Bolsonaro, que, imbuidos en una creciente sensación de derrota (Trump en 2020 y Bolsonaro en 2022), sembraron dudas sobre la credibilidad y legitimidad de las elecciones, atizando teorías de fraude que, consumadas sus derrotas, llevaron a su bases más radicalizadas a tomarse las sedes de los poderes públicos. Y aunque considero que Petro no es un presidente autoritario (su autoritarismo tan solo es discursivo y no pasa de la consigna caliente en plaza pública), dicho talante sí se podría poner a prueba si eventualmente es derrotado y se ve obligado a iniciar la transición del mando con alguno de sus más enconados opositores.
Si ese es el caso, totalmente factible en una democracia que se precia de alternancia, habrá que ver si al cierre de la jornada llama al ganador para felicitarlo (tal como hizo Boric con José Antonio Kast); si se toma la clásica “foto del relevo” (tal como hizo Duque cuando lo condecoró previo a entregarle las llaves de la Casa de Nariño); o si opta por convocar la furia en las calles tal como hicieron Trump y Bolsonaro. Es claro que se medirá su talante. Amanecerá y veremos.
Por el momento, es importantes exigir respeto a la autonomía de las instituciones que vienen organizando el proceso electoral, demandarle a los partidos políticos o candidatos de nuestra preferencia la inscripción y capacitación de testigos electorales –también de testigos de escrutinio–, y, algo muy importante, confiar en el criterio de las misiones electorales internacionales que se despliegan en cada jornada y que en nuestro país siempre han sido muy bienvenidas.
Que la burbuja de quien gobierna por X no atice tormentas innecesarias.













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