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He aprendido a desconfiar de las palabras que el rebaño repite con demasiada facilidad.
“Tibio”.
La pronuncian con desprecio, como si nombraran una enfermedad. Como si con ese sonido bastara para degradar al otro, para reducirlo, para expulsarlo del juego.
Pero no es una descripción. Es un castigo.
Es el lenguaje del que no soporta al hombre que piensa.
Porque el hombre que piensa no obedece.
Y el que no obedece… desordena.
Yo no nací en el centro del poder. Nací en la orilla. Caribe. Afrodescendiente. Dreadlocks. Lenguaje propio. Ritmo distinto. Una existencia que no encaja en los moldes que el sistema considera “correctos”.
Y desde ahí entendí algo temprano: el mundo no está hecho para quien cuestiona… está hecho para quien se adapta.
Pero yo no me adapté.
Yo pensé.
Y pensar, en un entorno que exige alineación, es un acto peligroso.
Durante años caminé con la derecha. No por inercia, sino por elección. Porque creo en la fuerza del individuo, en la propiedad, en la creación de valor, en el hombre que se levanta y produce sin pedir permiso. Creo en el mérito como afirmación de la vida.
Pero nunca confundí pertenecer con rendirme.
Porque cuando la idea deja de ser cuestionada… se convierte en dogma.
Y cuando el dogma se instala… el pensamiento muere.
Ahí es donde yo rompo.
No porque abandone mis principios… sino porque me niego a convertirlos en cadenas.
Y eso, para el fanático, es imperdonable.
Porque el fanático no ama la verdad… ama la certeza.
Y necesita que todos la compartan para no enfrentar su propia fragilidad.
Por eso necesita nombrarte.
“Tibio”.
No porque seas débil… sino porque no te puede poseer.
Pero hay algo que no entienden.
El que no se somete a los extremos no es un hombre sin forma… es un hombre que se ha construido a sí mismo.
Y ese hombre no es tibio.
Ese hombre es peligroso.
Peligroso porque no necesita pertenecer.
Peligroso porque no reacciona, observa.
Peligroso porque no odia, comprende.
Y comprender destruye trincheras.
Lo que vivimos hoy no es política. Es psicología de masas. Es el triunfo del instinto sobre la razón. Es la necesidad desesperada de pertenecer a algo, aunque ese algo sea un discurso vacío.
Una derecha que muchas veces se alimenta del miedo.
Una izquierda que muchas veces se alimenta del resentimiento.
Y ambas necesitan del enemigo para existir.
Pero yo no necesito enemigos.
Yo no me defino en contra de otro. Me defino desde mí.
Y eso rompe el juego.
Miren las encuestas, pero no con ojos ideológicos… con lucidez. La mayoría no cree en ninguno de los extremos. La mayoría no grita. La mayoría observa. Pero esa mayoría no tiene voz, porque no tiene forma de masa.
Y entonces la minoría ruidosa gobierna la conversación.
Ahí está la decadencia.
No en la ausencia de democracia… sino en su deformación.
Ya lo advertía Aristóteles: cuando el gobierno deja de orientarse al bien común y se entrega a las pasiones, se corrompe. Se convierte en otra cosa.
Eso somos hoy.
Una estructura que se llama democracia… pero que se alimenta de impulsos, no de pensamiento.
Y en ese escenario, el hombre que piensa es una anomalía.
Yo soy esa anomalía.
No soy tibio.
Soy alguien que no entrega su conciencia a ningún grupo.
Soy alguien que no cambia de idea por presión.
Soy alguien que no necesita gritar para existir.
Soy un caribeño que entendió que la libertad no se mendiga… se ejerce.
Estoy tan seguro de lo que soy, que puedo permitir que usted no lo sea.
Porque no necesito que piense como yo para validar mi existencia.
Esa es mi fuerza.
Así que no me nombre con sus palabras pequeñas.
No me reduzca a su necesidad de clasificar.
Porque el problema no es que yo no elija su extremo…
El problema es que yo ya no necesito ninguno.
Y el hombre que no necesita… no puede ser dominado.













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