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Pan y leche

En el supermercado, tras formar fila por media hora. Como completos extraños, sin identificarnos, sin reconocernos en noches de estadios o de carnavales.

Llevo semanas postergando lo en el calendario, valiéndome de diversos remedios para evitar este suceso. Pero aun así, sin implorarlo me ha saludado aquel día. En el cual, la falta de pan y leche coincidieron con mi número final. De este modo, se me fue concedido el título del “elegido”.

En mi caso, además de tener que abastecerme con lo posible, también quería apreciar un poco el ambiente. Tal vez, me encontraba un leopardo en plena plaza de Bolívar. O mejor aún,  si me paraba en puntas en un andén podría ver asomarse a la Torre Eifffel al lado del nevado del Tolima. Y todo gracias al despido imprevisto del smoke de la ciudad.

Miles de posibilidades se sumaban a mi imaginar, y ni corto, ni perezoso, Debía de aprovechar el 1/6 de día que tenía habilitado para deambular.

Pero por estos días, para poder salir no basta con la bendición de mamá. También, he tenido que hacer de injertos; guantes y tapabocas.  Los cuales dan nostalgia a mi ser, porque al sumarle una bata, me sentiría como en las clases de microbiología. Y si tan solo hubiera prestado más atención a la clase de virus con RNA helicoidal, podría dar solución a esta crisis mundial. Pero, en estos momentos mi mayor contribución será  disponerme con lista en mano a abastecer a mi familia.

Al salir, la desilusión no se hizo esperar, ninguno de los sucesos que me imaginé sucedieron. En vez de cuadrúpedos salvajes, presencié una cantidad anormal de caninos. Los cuales deambulaban en calles llenas de recuerdos del futuro, pero que ahora solo están ocupadas por estandartes rudimentarios.

Recuerdo que Anteriormente ver calles enteras con banderas ondulándose, provocaba hinchazón en el pecho en señal de patriotismo. Pero, todo esto cambió desde que el color de la sangre encubrió por completo el oro y el mar.  En este caso, solo causa sentimientos paralelos a la impotencia, en especial, al saber que en esas casas se están agotando (o se agotaron) los suministros, al igual que la esperanza. El inconveniente radica en que, el primero, no se revindica con un atún de 20 mil. Y el segundo, no está en venta en ningún sitio.

En el supermercado, tras formar fila por media hora. Como completos extraños, sin identificarnos, sin reconocernos en noches de estadios o de carnavales. Cada quien seleccionaba los elementos que necesitaba y partía hacia su hogar. Los contactos son casi nulos, dejando la fraternidad de lado y priorizando la salud.

Por otro lado, Noté que el uso de tapabocas no solo evita un posible contagio del virus, también ha mitigado nuestras inseguridades. En especial, para los que no cumplimos con un parámetro favorable de nariz. Obligándonos así a sostener miradas como método de identificación. Permitiendo visibilizar una pequeña parte del alma de nuestro intérprete. Entrando en contacto con sus tristezas  más puras, las cuales abundan. Y todo, sin tener que cruzar palabra alguna.

De esta forma, presencié un silencio insaciable, impotente y ruidoso. Creo que ni aquellos vecinos que tratan de anteponer sus gustos musicales a todo el barrio (eso sí, sin helicóptero) me han incomodado tanto como el sonido de aquel callar. Y mucho menos al descubrir que del pan, llegué falto de leche.