Paloma despega, Abelardo se diluye. La derecha colombiana empieza a escoger

Luis Carlos Gaviria

En política, hay momentos en los que las tendencias dejan de ser ruido y se convierten en destino. La carrera presidencial de 2026 en Colombia parece estar entrando en uno de esos momentos. Y el mensaje que envían las encuestas es cada vez más difícil de ignorar: la derecha ya no tiene dos cartas fuertes, tiene una está creciendo. Y no es un crecimiento marginal ni circunstancial. Es un ascenso sostenido, consistente, respaldado por estructura política, maquinaria electoral y, sobre todo, por algo que en política vale oro: viabilidad.

Mientras tanto, empieza a mostrar señales de lo que muchos temían desde el inicio: su candidatura podría estar tocando techo. Durante meses, Abelardo representó el grito de inconformidad, el discurso sin filtros, la promesa de una ruptura con lo tradicional. Pero las elecciones no se ganan solo con indignación; se ganan sumando. Y ahí es donde su proyecto empieza a flaquear.

Porque una cosa es ser tendencia, y otra muy distinta es construir mayoría. Paloma, en cambio, entendió algo fundamental: en un país polarizado, no basta con tener razón, hay que ser competitiva. Su paso por la consulta, los millones de votos que la respaldan y su capacidad para aglutinar sectores diversos de la derecha la están convirtiendo, poco a poco, en el punto de encuentro de un electorado que ya no quiere experimentar, sino ganar. El contraste no puede ser más claro.

Mientras Abelardo habla para convencer a los convencidos, Paloma empieza a hablarle a quienes definen elecciones: los indecisos, los pragmáticos, los que votan con cálculo más que con emoción. Y en política, eso lo cambia todo. Porque aquí está la verdad incómoda que muchos en la derecha no quieren admitir: hoy, el rival a vencer no es interno.  Se llama. CEPEDA? UN REGIMEN COMUNISTA

Y frente a ese escenario, las encuestas no dejan mucho espacio para la interpretación. Hay un candidato que compite. Y hay otro que, por ahora, perdería.

Ahí es donde entra la reflexión que dejó, casi como una advertencia: por encima de los nombres está Colombia. Traducido al lenguaje político real, el mensaje es otro: dividirse puede costar la elección. La pregunta entonces no es si debería haber una unión. La pregunta es cuándo será inevitable. Porque si las tendencias se mantienen, el desenlace parece cantado: la derecha terminará alineándose detrás de quien tenga opciones reales de disputar el poder.

Y hoy, guste o no(eliminaría esto), esa persona es Paloma Valencia. Abelardo todavía tiene capital político, visibilidad y una base fiel. Pero el tiempo en campaña es cruel: no espera, no perdona y no suele dar segundas oportunidades. Si su curva sigue descendiendo, su candidatura podría pasar de ser una alternativa a convertirse en un obstáculo para su propio sector. La política, al final, es selección natural. Y en este momento, la derecha colombiana parece estar empezando a hacer la suya.

LA DERECHA TIENE UN PROBLEMA. YA  ELIGIÓ CANDIDATA, PERO NO TODOS LO ACEPTAN

Hay algo que en política suele doler más que perder: darse cuenta de que la competencia ya terminó… pero algunos siguen jugando.

Eso es exactamente lo que está pasando hoy en la derecha colombiana.

Porque mientras muchos insisten en mantener la ficción de una contienda abierta, las cifras —frías, incómodas, testarudas— cuentan otra historia: Paloma Valencia ya se está quedando con ese espacio. Y no por discurso, ni por escándalo, ni por ruido mediático. Por algo mucho más simple y mucho más decisivo: votos.

El ascenso de Paloma no es un accidente. Es el resultado de una campaña que, sin ser espectacular, ha sido eficaz. Ha hecho lo que hacen los candidatos que terminan siendo competitivos: sumar, ordenar, consolidar. Mientras otros gritaban, ella contaba.

Y en política, contar siempre termina imponiéndose sobre gritar.

Al otro lado está Abelardo de la Espriella, el candidato que prometía romperlo todo… pero que ahora empieza a estrellarse con la realidad más básica de una elección: tener seguidores no es lo mismo que tener mayorías.

Su candidatura vive de la intensidad, pero sufre de aislamiento. Tiene volumen, pero no alcance. Tiene presencia, pero no crecimiento. Y en una carrera presidencial, quedarse quieto es empezar a perder.

Aquí es donde la discusión deja de ser ideológica y se vuelve brutalmente pragmática.

Porque el verdadero adversario no está dentro de la derecha. Está al frente, y se llama Iván Cepeda. Y frente a ese escenario, la pregunta ya no es quién representa mejor una postura, sino quién puede ganar.

Hoy, la respuesta es incómoda para algunos: no es Abelardo.

Esto no significa que su candidatura esté muerta. Significa algo peor: que podría volverse irrelevante en el momento en que más importa. Y en política, la irrelevancia no se anuncia, simplemente ocurre.

Por eso cobra sentido —y urgencia— la advertencia de Álvaro Uribe Vélez: por encima de los nombres está Colombia. Pero traducido al lenguaje real, el mensaje es más crudo: o se ordenan, o pierden.

Y aquí está el punto que muchos no quieren decir en voz alta: la derecha no necesita más candidatos, necesita uno viable. Uno que no solo entusiasme, sino que compita. Uno que no solo represente, sino que gane.

Hoy, ese perfil lo está llenando Paloma Valencia.

El problema no es que la derecha no tenga opción. El problema es que todavía no todos están dispuestos a aceptarla.

Pero las campañas no esperan consensos. Avanzan.

Y si algo enseña la política colombiana es que, cuando un sector se demora en entender quién lo puede llevar al poder, normalmente ya es demasiado tarde.

La derecha está frente a ese momento.

Y el reloj ya empezó a correr.

Luis Carlos Gaviria Echavarría

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  • Abelardo será el presidente; Paloma consiguió un vice flojo a quien le gusta más ir a los conciertos de Bosé y Maluma, que a los tinglados de la política sería.