“No elegimos a nuestros padres, ni a nuestros hermanos, ni el sexo con el que nacemos, tampoco el lugar de nacimiento y mucho menos las experiencias externas”.
Hace días escuché una entrevista en el pódcast Almas Luminosas en el que la entrevistada decía que el libro El plan de tu alma de Robert Schwartz le cambió su vida y le ayudó a entender y a superar un abuso sexual que sufrió de niña por parte de un familiar.
La entrevistada fue una alta ejecutiva en varias empresas multinacionales que decidió renunciar al mundo corporativo porque empezó a cuestionar si la esencia de su vida -su plan de vida- debía seguir siendo centrada en el trabajo. Concluyó que no y emprendió otras acciones que le brindaban mayor plenitud y un mejor balance entre su vida personal y familiar.
El plan de tu alma parte de la tesis de que cada persona se reencarna y tiene múltiples vidas en diversas épocas; también plantea que el karma no es bueno ni malo, es neutro, o también una relación de causa y efecto y simplemente ayuda al crecimiento y evolución de cada alma; también, de manera provocadora, dice que cada persona planea su proyecto de vida y las experiencias dolorosas o placenteras que va a tener antes de nacer. Es lo que el autor del texto denomina planificación prenatal.
En particular, me cuestiona este último planteamiento porque desbarata de cierta manera la teoría del libre albedrío -que si bien el autor dice que tenemos, no parece ser tan relevante como la planificación prenatal de la que ni siquiera somos conscientes-; es decir que quien decidió ser un abusador sexual, asesino, nacer con una enfermedad incurable, ser drogadicto, habitante de calle o sufrir accidentes graves que “afecten” el normal desarrollo (son los ejemplos que pone el autor en su texto), es porque lo eligieron, siendo almas, antes de entrar a este plano, como parte de su crecimiento, el de otros y de la sociedad.
Siento que como seres humanos tenemos consciencia y que en este plano terrenal también estamos en constante aprendizaje y crecimiento. Sabemos cuándo nos equivocamos y cuándo estamos mejorando, por eso me parece difícil de entender -como lo plantea el texto- que quien decide jugar el rol de malo va a jugar ese rol hasta que se acaba su existencia, sin tener la posibilidad de cambiar y adoptar una nueva actitud frente a la vida.
La experiencia terrenal nos enseña que no hay verdades absolutas, que no todo es blanco o negro. Esta vida misma nos ha enseñado casos de personas que después de mucho equivocarse y cometer errores deciden cambiar y convertirse en buenos referentes para el mundo; también de personas que nacieron en condiciones vulnerables de pobreza y violencia pero que decidieron tomar un camino diferente. Al fin de cuentas parece que sí tenemos libre albedrío y como seres humanos todo el tiempo estamos tomando decisiones sobre nuestra vida.
Lo que sí creo que hacen parte de nuestra planificación prenatal -de la que no somos conscientes- son las experiencias que no controlamos y que su razón de ser es ayudarnos a crecer.
No elegimos a nuestros padres, ni a nuestros hermanos, ni el sexo con el que nacemos, tampoco el lugar de nacimiento y mucho menos las experiencias externas -que pueden ser traumáticas como el abuso sexual que enuncié al inicio, así como robos, accidentes, enfermedades, etc.-; pero también pueden ser experiencias placenteras, que cuando suceden, nos hace cuestionarnos por qué nos suceden. Aceptarlas sin juzga es parte de nuestra propia evolución y del disfrute de la vida que nos tocó.













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