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Durante la segunda mitad del siglo XX, México y Corea del Sur enfrentaron retos similares y apostaron por el crecimiento económico. Sin embargo, las estrategias que eligieron produjeron economías profundamente distintas.
A mediados del siglo XX, Corea del Sur y México no parecían destinados a trayectorias económicas opuestas. Ambos eran países de ingreso medio-bajo, con amplias brechas sociales y una apuesta explícita por industrializarse. De hecho, México partía con una ventaja clara: en 1960 su ingreso por habitante era aproximadamente el doble del coreano, según las series históricas del Banco Mundial. Corea, en cambio, salía de una guerra devastadora, con infraestructura destruida, sin recursos naturales relevantes y bajo una amenaza militar permanente. Que hoy Corea sea una economía intensiva en conocimiento y México continúe enfrentando problemas estructurales persistentes no es una curiosidad histórica ni una cuestión cultural. Es el resultado acumulado de decisiones políticas, institucionales y productivas muy distintas.
La divergencia comienza antes de la industrialización acelerada. Tras la Guerra de Corea, el país asiático enfrentó una ruptura profunda del orden social previo. La reforma agraria de los años cincuenta redujo drásticamente el poder de los grandes terratenientes y limitó la capacidad de veto de las élites tradicionales. Corea inició su proceso de desarrollo con una estructura social relativamente más igualitaria y con un Estado con margen para imponer decisiones impopulares. México vivió una experiencia distinta. El crecimiento del periodo 1940–1970, conocido como “milagro mexicano”, permitió industrialización temprana y estabilidad política, pero sin modificar de fondo la estructura de poder. El Estado optó por pactos corporativos, negociación constante y distribución de rentas para mantener estabilidad. El crecimiento existió, pero no estuvo acompañado de un proceso sistemático de aprendizaje productivo.
El papel del Estado es central para entender lo que ocurrió después. Corea del Sur construyó un Estado desarrollista de carácter autoritario, particularmente bajo el régimen de Park Chung-hee entre 1961 y 1979. No fue un Estado democrático ni transparente. El poder se concentró en el Ejecutivo, se restringieron libertades políticas, se reprimió la organización sindical y la participación democrática quedó subordinada al objetivo del crecimiento económico acelerado. Historiadores y economistas del desarrollo como Bruce Cumings, Alice Amsden o Atul Kohli han documentado con detalle este periodo: la industrialización fue concebida como una prioridad nacional, aun cuando ello implicara sacrificar derechos políticos y aceptar altos costos sociales en el corto plazo.
Tampoco fue un Estado ajeno a la corrupción. La relación entre el gobierno y los grandes conglomerados industriales —los chaebols— estuvo marcada por financiamiento político opaco, asignación discrecional de crédito y una estrecha colusión entre burócratas, banqueros y empresarios. Informes históricos del propio Banco Mundial, particularmente el estudio The East Asian Miracle, reconocen que el éxito coreano no se construyó mediante reglas impersonales de mercado, sino a través de una intervención estatal selectiva, muchas veces poco transparente.
Este enfoque se tradujo en una política industrial con secuencia clara. Corea transitó deliberadamente de bienes ligeros a industria pesada, luego a bienes durables, electrónica y finalmente semiconductores. Cada etapa se apoyó en la anterior. La protección fue selectiva y temporal, y siempre acompañada de exigencias verificables. Conglomerados como Samsung o Hyundai no nacieron innovadores. Durante años copiaron tecnología extranjera, luego la adaptaron y finalmente desarrollaron capacidades propias. El aprendizaje no fue espontáneo; fue forzado.
México nunca consolidó una secuencia comparable. La industrialización por sustitución de importaciones protegió sectores amplios, pero sin mecanismos de evaluación. Posteriormente, la apertura comercial se implementó sin haber construido capacidades tecnológicas internas. La integración a cadenas globales fue exitosa en términos de volumen, pero limitada en términos de aprendizaje. Hoy, aunque México es una potencia exportadora, buena parte del valor agregado proviene de insumos importados. Exportar mucho no fue sinónimo de aprender a producir bienes más complejos.
Los datos ayudan a dimensionar esta diferencia. De acuerdo con la OCDE, Corea del Sur destina entre 4.5 y 5 por ciento de su PIB a investigación y desarrollo, uno de los niveles más altos del mundo. México invierte alrededor de 0.3 a 0.4 por ciento. Más relevante aún es la composición: en Corea, cerca de tres cuartas partes de la I+D es realizada por el sector privado, estrechamente articulado con universidades y centros públicos. En México, la investigación sigue siendo predominantemente pública, fragmentada y con débil conexión con la industria. La diferencia no es solo de gasto, sino de estructura institucional.
La acumulación de capital humano siguió la misma lógica. Datos de la UNESCO muestran que Corea elevó rápidamente su escolaridad promedio y, sobre todo, orientó la expansión educativa hacia ingeniería, ciencias y formación técnica. La educación fue concebida como infraestructura productiva. México amplió cobertura educativa de manera significativa, pero sin una estrategia clara de alineación con su estructura productiva. Se formaron profesionales, pero el aparato productivo no evolucionó al mismo ritmo para absorberlos en actividades intensivas en conocimiento.
La divergencia se refleja también en la productividad. Las estimaciones de la Penn World Table muestran que el crecimiento de la productividad total de los factores en Corea fue sostenido durante varias décadas, mientras que en México ha sido errático y, en largos periodos, prácticamente nulo. No se trata solo de invertir más, sino de aprender mejor.
El papel de Estados Unidos suele mencionarse como explicación alternativa. Corea recibió ayuda financiera, acceso preferencial a mercados y asistencia técnica durante la Guerra Fría. Pero ese respaldo no explica por sí solo el resultado. Muchos países recibieron apoyo similar sin lograr una transformación productiva comparable. Corea utilizó ese contexto geopolítico como palanca para construir capacidades internas. México también ha gozado de acceso privilegiado al mercado estadounidense, especialmente desde el TLCAN, pero sin una estrategia industrial que obligue al aprendizaje tecnológico. El comercio amplió volúmenes, no capacidades.
La comparación deja una lección incómoda. Corea del Sur no se desarrolló porque fuera más democrática o moralmente ejemplar. Durante décadas fue autoritaria, concentrada y corrupta. Lo que marcó la diferencia fue que el Estado utilizó su poder para forzar aprendizaje, coordinar inversiones y empujar a las empresas a competir en mercados internacionales cada vez más exigentes.
México eligió otro camino. Optó por preservar la estabilidad política aun cuando ello implicara posponer transformaciones profundas en su estructura productiva. Frente a los intereses establecidos, el Estado prefirió la negociación constante sin imponer condiciones estrictas de desempeño a quienes recibieron protección o apoyos. La disciplina macroeconómica se convirtió en un fin, más que en un instrumento para construir capacidades industriales y tecnológicas propias. No faltaron recursos, ni talento, ni oportunidades de integración internacional. Faltó la decisión de convertir todo ello en una estrategia sostenida de desarrollo productivo.












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