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Por qué el liderazgo de Iván Cepeda no define —y puede estar ocultando— la estrategia real del petrismo para 2026.
A un año de que empiece a definirse el tablero presidencial, Iván Cepeda aparece como el rostro visible del petrismo. Las encuestas lo confirman. Según la medición de GAD3 para Noticias RCN (enero de 2026), lidera la intención de voto en primera vuelta con alrededor del 30%. AtlasIntel lo ubica, junto a Abelardo de la Espriella, en la cima de la contienda, como uno de los candidatos con mayor probabilidad de pasar a segunda vuelta. El ponderador de La Silla Vacía, con base en encuestas de Invamer, le atribuye niveles de favorabilidad que superan el 45%.
Ese liderazgo, sin embargo, no resuelve la pregunta central del poder. La desplaza. Cepeda puede encabezar la fotografía inicial, pero eso no implica que encarne la estrategia real de continuidad del gobierno. En contextos políticos tensionados, la visibilidad rara vez coincide con la centralidad. Todo indica que su papel es otro: ocupar el escenario mientras el movimiento decisivo se organiza fuera del foco.
Tras la consulta interna del Pacto Histórico, Cepeda logró concentrar la mayor parte del voto progresista. Ese dato, que suele leerse como fortaleza, también marca un límite. Se trata de un electorado ya capturado, con bajo margen de expansión. Cuando la competencia deja de ser identitaria y se vuelve agregativa —cuando la elección se define por la capacidad de sumar rechazos ajenos— aparecen las fisuras.
Las encuestas no contradicen esta lectura; la precisan. Cepeda lidera la primera vuelta con un piso cercano al 30%, pero enfrenta un cuello de botella cuando el escenario se ordena por bloques. Frente a un candidato capaz de unificar el voto antipetrista, como Abelardo de la Espriella, la ventaja se reduce de forma significativa e incluso se revierte en algunos escenarios de segunda vuelta. AtlasIntel, por ejemplo, muestra a De la Espriella imponiéndose en un eventual balotaje. La fortaleza inicial de Cepeda se convierte así en un techo.
Pensar que el petrismo va a apostar su continuidad política a un candidato que activa tempranamente su propio límite electoral supone desconocer cómo actúa el poder cuando se siente en riesgo. Aquí no hay épica. Hay cálculo. El oficialismo ya entendió que no puede ganar otra vez desde la confrontación ideológica. El país está fatigado, la inseguridad pesa, la economía aprieta y el discurso moral dejó de ser suficiente para construir mayorías.
En ese contexto, Cepeda cumple una función precisa: mantener cohesionada a la base, monopolizar el debate público y ofrecer a la oposición un adversario visible. Atacarlo es sencillo. Derrotarlo, incluso, puede ser posible. Pero concentrarse en él es políticamente irrelevante si no se comprende el movimiento de fondo.
El verdadero giro estratégico no pasa por radicalizar, sino por moderar. Bajar el volumen ideológico. Cambiar el lenguaje. Presentar continuidad sin nombrarla. No una ruptura, sino una administración del legado presentada como estabilidad.
Por eso la pregunta no es si Cepeda será finalmente el candidato. Los incentivos del poder apuntan a que no lo será. La pregunta relevante es por qué el petrismo necesita un perfil distinto al suyo. Y la respuesta no es ingenua: porque necesita garantizar condiciones de gobernabilidad y protección política más allá del actual mandato.
En política, cuando el poder te ofrece un adversario cómodo, casi nunca es el verdadero. El plan no se anuncia ni se expone en público. Se ejecuta en silencio. Cepeda no es el plan. Es la distracción.












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