Máquinas que piensan, humanos que se olvidan de hacerlo

El problema no es que las máquinas empiecen a pensar. El problema es que nosotros estamos dejando de hacerlo.

Hay una escena que muchos padres y maestros en Colombia reconocen sin que nadie tenga que describirla: un niño de ocho años con el teléfono en la mano, los ojos fijos en la pantalla, el cuerpo presente pero la mente en otro lugar. No está leyendo. No está jugando en el sentido antiguo de la palabra. Está consumiendo, deslizando, absorbiendo. Y junto a él, quizás, un adulto que hace exactamente lo mismo.

Esa escena no es un problema de tecnología. Es un problema filosófico. Y mientras sigamos buscando soluciones técnicas a preguntas que son, en el fondo, preguntas sobre qué significa ser humano, vamos a seguir llegando tarde.

La máquina que nadie nos enseñó a pensar

Llevamos años hablando de inteligencia artificial como si fuera un asunto exclusivo de ingenieros, empresas y futurólogos. Se habla de modelos, de automatización, de regulación. Se habla muy poco de lo que la IA le hace a la experiencia de vivir, de aprender, de crecer.

Filosofar la máquina no significa hablar de ciencia ficción. Significa detenerse a preguntar qué tipo de mundo estamos construyendo con estas herramientas, qué tipo de persona está emergiendo en ese mundo, y qué estamos perdiendo sin darnos cuenta. Esa es la tarea que la filosofía tiene hoy: no celebrar ni condenar la tecnología, sino pensarla. Con rigor, con honestidad y con la disposición de incomodar.

El filósofo surcoreano Byung-Chul Han lleva más de una década advirtiendo algo que hoy resulta urgente: no es que vayamos demasiado rápido, es que hemos perdido la capacidad de demorarnos. De demorarnos en una idea, en una conversación, en un libro, en una persona. Para Han, vivimos una fragmentación del tiempo, no una simple aceleración. El tiempo se escapa porque nada concluye, todo se siente efímero, y por eso nada deja huella verdadera. La inteligencia artificial generativa no inventó este problema, pero lo profundiza de una manera que todavía no terminamos de medir.

Los niños y el robo del aburrimiento

Los datos colombianos no dejan mucho espacio para la tranquilidad. Los menores de este país pasan en promedio cerca de nueve horas diarias frente a pantallas entre semana. Ocho de cada diez adolescentes tienen celular propio y el 77 % de ellos tiene presencia activa en redes sociales, la mayoría sin ningún tipo de supervisión adulta. Y hay una cifra que debería paralizarnos: uno de cada seis niños y adolescentes encuestados en estudios recientes ha buscado en internet cómo quitarse la vida.

Detrás de esos números no hay estadísticas. Hay niños reales, en familias reales, en ciudades reales de este país.

Lo que la IA y las pantallas le han robado a la infancia es, antes que cualquier otra cosa, el aburrimiento. Y el aburrimiento no es un problema: es una puerta. Un niño aburrido inventa, imagina, crea lenguajes propios. El aburrimiento es el silencio fértil del que emerge la creatividad y la pregunta por uno mismo. Para un niño de hoy, ese silencio dura aproximadamente tres segundos. Ese es el tiempo que tarda en abrir TikTok o YouTube, plataformas diseñadas por ingenieros muy inteligentes cuyo trabajo consiste exactamente en que la persona no pueda dejar de mirar. No es un accidente. Es un diseño.

Los adolescentes: construir una vitrina antes de tener interior

Si la infancia enfrenta el robo del aburrimiento, la adolescencia enfrenta algo quizás más cruel: la exigencia de mostrarse antes de saberse. Las redes sociales les piden a los jóvenes construir una versión pública de sí mismos antes de haber construido una versión privada. Antes de saber quiénes son, ya tienen que mostrar quiénes son.

La identidad no se forma en la vitrina. Se forma en la soledad productiva, en el conflicto con uno mismo, en las preguntas sin respuesta inmediata. Todas esas condiciones las destruye la hiperconexión. Y ahora la inteligencia artificial generativa entra a esta ecuación: el adolescente que conversa durante horas con un chatbot recibe algo que nunca falla, nunca se molesta, nunca lo juzga. Eso puede sonar benévolo. Pero un sistema que no tiene sus propios límites ni sus propias necesidades no es un compañero de crecimiento. Es, en el mejor de los casos, un espejo. Y quien solo se mira en espejos no aprende a encontrarse con el otro.

Los adultos: eficientes, agotados y sin tiempo para preguntarse por qué

Sería cómodo presentar esto como un problema de las nuevas generaciones. Pero los adultos estamos igual de atrapados, solo que con más capas de racionalización para justificarlo. Revisamos el correo antes de levantarnos. Consultamos el teléfono en mitad de las conversaciones. Usamos la IA para redactar mensajes que antes escribíamos nosotros mismos, no porque no tengamos tiempo, sino porque hemos perdido la tolerancia a la lentitud que requiere pensar una frase, sentir lo que queremos decir y encontrar las palabras.

Han llama a esto la sociedad del rendimiento: un sujeto que se autoexplota hasta el agotamiento y que, cuando deja de producir, enferma. El ocio dejó de ser un espacio de libertad. Se convirtió en una forma vacía del trabajo. Y el riesgo particular frente a la IA no es solo la dependencia, sino la delegación del juicio. Cuando dejamos que una máquina decida lo que antes requería nuestra deliberación, no solo somos más eficientes: erosionamos la capacidad de razonar con criterio propio. Que es, precisamente, lo que debería distinguirnos de la máquina.

Lo que nos espera si no hacemos nada

Para finales de esta década, la mayoría de los trabajos cognitivos de nivel intermedio tendrán algún componente de automatización asistida por IA. Los niños que hoy tienen ocho años tendrán diecisiete. Los adolescentes de hoy serán los primeros adultos de pleno derecho en un mundo donde la IA sea tan ubicua como el agua potable.

La pregunta que nos debemos como sociedad no es si van a saber usar la tecnología. Eso lo aprenderán solos, como cada generación aprendió a usar la herramienta de su tiempo. La pregunta real es si van a saber quiénes son más allá de la tecnología. Si tendrán la capacidad de preguntarse por el sentido. Si podrán demorarse en lo que realmente importa.

Necesitamos con urgencia educar filosóficamente la relación con la tecnología: en la casa, en la escuela, en la universidad. No como una materia más. Como una pregunta permanente y transversal: ¿qué le estoy haciendo a mi capacidad de pensar cuando delego este proceso a una máquina? Necesitamos recuperar el arte de demorarse como práctica pedagógica real. Enseñarles a los niños que el aburrimiento no es un error sino una puerta. Que no tener respuesta inmediata no es un fracaso sino el inicio del pensamiento.

Que la IA piense más rápido que nosotros no debería asustarnos. Lo que debería asustarnos es que dejemos de querer pensar. Porque cuando eso ocurra, no habremos creado inteligencia artificial. Habremos creado vacío humano.

Y ese es un problema que ninguna máquina puede resolver.

Stiven Arteaga

Stiven Arteaga es filósofo de la inteligencia artificial de la Universidad EAFIT y autor del libro Máquinas orgánicas y humanos con engranajes: el tercer ente. Mentor en IA generativa, LLMs y agentes de AI, acompaña a personas y organizaciones a pensar y usar la inteligencia artificial.

Comentar

Clic aquí para comentar

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.